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Cambiar la clase política

Por Hugo Cox.- Es necesario que una buena teoría sobre la clase política debiera al menos explicar los siguientes puntos.

  1. ¿Cómo es posible que aún a algunos años de iniciadas las movilizaciones sociales, ningún partido político tenga un buen diagnóstico coherente de lo que está pasando en Chile?
  2. ¿Cómo es posible que ningún partido político tenga una estrategia o un plan de largo plazo creíble para sacar a Chile de la actual situación? ¿Cómo es posible que la clase política chilena parezca genéticamente incapaz de planificar y la discusión se da sobre temas menores?
  3. ¿Cómo es posible que la estrategia de futuro más obvia de Chile (Reforma estructural a la educación, fomento a la innovación, al desarrollo, la investigación, al emprendimiento), sea ignorada o no se le asignen los recursos necesarios para su desarrollo?

Es necesario tener en cuenta que los políticos que realizaron la transición tenían procedencias muy distintas. Unos venían desde la dictadura; otros, desde el exilio o desde la oposición clandestina en el interior del país. Ellos asumieron una transición pactada al amparo de una Constitución diseñada para proteger los intereses de una elite formada al amparo de la dictadura, diseño que obliga a mantener el modelo capitalista financiero (Documentos de Santa Fe).

Este modelo a pesar de las reformas que ha sufrido no da sustento a las nuevas realidades emergentes, y que con el actuar de muchos políticos ha llevado a la deslegitimación de las instituciones, con un severo deterioro del sistema político.

La política ha invadido otros ámbitos que no le son propios, y abandona lo que le es propio como el Parlamento. El Congreso no solo es el lugar donde se elaboran las leyes, es también la institución donde se deben rendir cuentas, función esencial en cualquier democracia,

Un sector importante de nuestra clase política ha capturado parte de las rentas para su propio beneficio por encima del interés general. (Véase como ejemplo la cantidad de intereses económicos que cruzan a ciertos sectores de la elite política, que van en sentido contrario al interés general, como en la Ley de Pesca, el Sistema de Evaluación Ambiental, etc.).

Una elite extractivista se caracteriza, según Acemoglu y Robinson en “Por qué fracasan las naciones”, por:

  1.  “Tener un sistema de captura de rentas, que permite sin crear riqueza nueva, traer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio”.
  2.  “Tener poder suficiente para impedir un sistema institucional inclusivo, es decir, un sistema que distribuya el poder político y económico de manera amplia que respete el estado de derecho y las reglas del mercado.”
  3. “Abominar la “destrucción creativa” que caracteriza al capitalismo más dinámico. En palabras de Schumpeter, “la destrucción creativa es la revolución incesante de la estructura económica desde dentro, continuamente destruyendo lo antiguo y creando lo nuevo”. Las innovaciones tienden a crear nuevos núcleos de poder y por ello son detestadas.

A partir de lo anterior existe un sector importante de nuestra clase política que no está en condiciones de responder a las preguntas iniciales, ya que son parte de esta elite extractivista, en términos activos o por relaciones. En ella, prevalece el interés particular por sobre el interés general.

Por ejemplo, el gobierno frente a los movimientos sociales, en vez de ofrecer reformas, ofrece ajustes tributarios, recortes en algunas áreas, esperando que amaine el temporal, con el fin de ajustar, y no cambiar nada que sea esencial. Como eso no va a ocurrir, en algún momento la clase política chilena se tendrá que plantear en serio, el dilema de desarrollar las reformas estructurales que la sociedad demanda o vivir con estallidos sociales permanentes e inseguridad social, lo cual va a polarizar la sociedad en menor tiempo de lo que la elite extractivista piensa. Y esto ocurrirá más temprano que tarde.

Los movimientos sociales son la expresión objetiva de las contradicciones estructurales que genera el modelo de desarrollo capitalita financiero y, por tanto, son la punta del iceberg de un proceso que viene madurando desde la década de los noventa, y que la estructura política por intermedio de su clase política no da cuenta de ello.

La importancia de cambiar el sistema electoral parte del hecho que la clase política chilena es producto de varios factores entre los que destaca, el sistema electoral en que parte con listas cerradas y bloqueadas, confeccionadas por las cúpulas de los partidos políticos.

Este fenómeno les da un poder mayor a los dirigentes de los partidos políticos, y ha acabado produciendo una clase política disfuncional.

Si bien es cierto, no existe un sistema electoral perfecto, no es menos cierto que un sistema mayoritario, ofrece la posibilidad de que se producen cargos electos, que responden ante sus electores en vez de hacerlo de manera exclusiva ante sus dirigentes partidarios. Como consecuencia, las cúpulas de los partidos tienen menos poder y la representatividad que dan las urnas esta menos mediatizada.

El rasgo relevante es que un sistema mayoritario en cualquier versión, en donde el electorado tiene poder de decisión no solo sobre los partidos, sino también sobre las personas que salen elegidas.

En síntesis, sin cambiar una clase política disfuncional no puede abordarse un programa de reformas estructurales, que Chile necesita para su nuevo ciclo histórico.

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