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La tecnología en la política

Por Fernando Martínez.- ¿Por qué interesarse en el saber y la tecnología en Chile en momentos como este, con tantos problemas inmediatos dando vuelta? Porque definitivamente nuestro futuro estará ligado a decisiones políticas muy importantes que se deberán tomar en el futuro, que involucran inevitablemente el modelo desarrollo, la matriz productiva y sus relaciones entre la ciencia, la tecnología y la sociedad.

El cimiento técnico de la sociedad chilena en su conjunto compromete el interés de todos, como el derecho a la educación, y conocerlo es fundamental para responder a los requerimientos de las situaciones que van a cambiar. En aditamento se inaugura dramáticamente un nuevo período donde situaciones como la pandemia instan a nuevas reflexiones y a modificaciones importantes en la manera de vivir, de producir y cómo participar en las decisiones que configurarán nuestro futuro. Como premisa básica, el saber y la tecnología deberían ser por definición herramientas al servicio de los objetivos humanos y no camisas de fuerza diseñadas con fines diferentes a la superación y al bienestar.

Se puede entender fácilmente que en momentos en que la tecnología ofrece evidentes opciones aplicables a las necesidades sociales y económicas, se enuncie con mucha fuerza la inminencia de una revolución tecnológica susceptible de cambiar la realidad corriente. Así ha sucedido en el pasado y así sucederá en el futuro. Esta vez se trata de lograr que la tecnología se ponga al servicio de las necesidades humanas en el singular escenario que nos corresponde vivir.

Por ese motivo, ante las reflexiones de diferentes orígenes que se discuten en la actualidad, hay cuestiones substanciales, no son fáciles, que deben ser consensuadas: ¿Qué efectos tendrá la evolución tecnológica?, ¿Qué beneficios se puede esperar de ella?, ¿Será un salto cualitativo de la especie en su conjunto o será gradual? ¿Será a beneficio de todos o sólo de unos pocos? Sería más que pretencioso suponer que tenemos las respuestas a estas incógnitas. La reflexión que sigue sólo intenta poner en relieve aspectos de la evolución tecnológica en relación con las grandes orientaciones que componen la dimensión política y el interés de todos. En una primera parte, se exponen algunas orientaciones que constituyen derivas no deseables, adosadas a un lenguaje de modernidad aparente que se aparta del interés común. La segunda parte se refiere a lo que razonablemente y en toda lógica, debiéramos esperar y exigir de las grandes orientaciones que serán discutidas a partir de octubre 2020.

Un azaroso intento de secuestro que la aleja del interés común

En la realidad social y política donde hay considerables conflictos de interés, la percepción de los efectos y beneficios que supone la modernidad tecnológica puede tener lecturas muy diferentes. La sociedad chilena, al igual que la de la mayor parte de los países que conocemos, fundamenta sus éxitos y fracasos en un conjunto de ideas que pretenden dar un sentido superior a sus formas de organización política y social. Estas ideas se refieren habitualmente a la justificación de sus instituciones y a la legitimidad de sus relaciones y mecanismos sociales. Existen dos elementos que están siempre presentes en estas ideas: 1) Los argumentos y proposiciones que justifican la propiedad y los fundamentos y efectos de los espacios territoriales delimitados por las fronteras. 2) Existen ideas que dominan la estructura social e intentan determinar gran parte de las decisiones políticas. Para estas ideas que constituyen una visión ideológica, el saber y la tecnología son objetos de propiedad privada y nacional. El saber y la tecnología son, por lo tanto, asuntos sobre los que se ejercen presiones desde una idea de poder, donde las intervenciones no obedecen a conspiraciones organizadas estructuralmente, sino a una forma ideológica. Hay razonamientos que expresados en buen chileno serían: “Si soy yo quien pone las lucas, tengo derecho a decidir por dónde va la micro”.

Así, se puede reconocer en llamativas ofertas para la “modernidad”, promesas atrayentes y engañosas que ocultan otros designios, que no forman parte del interés general. Voceros de opinión relacionados con importantes temas de negocios, deslumbrados funcionarios de gobierno excesivamente cooperadores, universidades e investigadores en busca de protagonismo, prensa aparentemente especializada y otros “expertos”, nos informan desde hace algún tiempo que estamos frente a una inflexión tecnológica en un derrotero “postindustrial” que cambiará en plazos breves el mundo en que vivimos, cómo nos educamos, cómo trabajamos y cómo nos relacionamos. Nos dicen que se trata de pronósticos irrebatibles que se fundamentan en las visiones prospectivas de las mejores mentes científicas del mundo. Recomiendan desde cómo vivir estos grandes cambios, cómo sacar provecho y hasta cómo no ser arrasados por ellos. Dan origen a difusiones más o menos especializadas, propuestas por adelantados personajes que detienen el secreto del saber y que profetizan cambios de tal magnitud que no será nunca más necesario volver la vista atrás. Para ellos el futuro es el crecimiento, la productividad y muy poco empleo para la gente corriente, porque la automatización es necesaria e inevitable. Promueven necesariamente nuevas reglas sociales que permitan ponerse a la par con lo que ellos suponen que debe hacerse, que incluye por supuesto flexibilidad para nuevas formas de trabajo.

Ya habíamos escuchado los vociferantes pronósticos sobre el término de la historia antigua, con una emergente modernidad, donde la tecnología y el emprendimiento estarían definiendo un mundo nuevo, donde serían piezas claves para el crecimiento y la productividad, la información y la robótica. Es curioso que quienes son tradicionales defensores de la inmovilidad, parecieran valorar que todo esté cambiando. No ocultan el deseo de ver instalados ambicionados mecanismos globales de estructuración social, requisitos necesarios y fundamentales de la utilización de nuevas tecnologías. Aquí, la conservación es dentro del cambio y ha pasado a ser un componente habitual del discurso más conservador, bajo el supuesto que en la era postindustrial la economía se ha transformado, la industria es irrelevante y se requieren ahora servicios basados en el conocimiento y en la tecnología, lo que impone nuevas reglas. Esta sería la única vía para el desarrollo de la organización social, con transformaciones significativas en la división del trabajo, la repartición del trabajo y en su externalización. En ninguna parte se aclara el porqué de las definiciones sociales específicas, ni la extensión y profundidad de los cambios tecnológicos necesarios, ni tampoco de su vínculo con el desarrollo de la sociedad. No se menciona tampoco que la necesidad de mejorar la productividad, involucra más que nada la producción de servicios.

Hay que ser conscientes del poder desplegado para imponer esta visión que es ideológica, donde es la propiedad quien determina el curso del desarrollo tecnológico y social. Aunque parezca ilusorio, no son sólo sueños pueriles. Son proyectos para sumisión pretextando liberar las capacidades humanas, pero previamente, son proyectos para modelar el pensamiento en la educación, infiltrar las administraciones y por sobre todo propagar falsos mitos en los medios de comunicación. Todo eso con un lenguaje que ha sido creado, no por artistas sino por hombres de Marketing y Publicidad, donde predominan de manera pomposa farfullados sobre “autopistas de información”, “realidad virtual”, “inteligencia artificial”, “economía del conocimiento”, “big data”, etc., combinados a guisados más tradicionales como la mencionada posmodernidad, el “autoemprendimiento total”, la “responsabilidad individual” e inevitablemente la “flexibilidad laboral”.

La agenda oculta

La economía chilena es dirigida por categorías sociales rentistas y monopolistas apoyado en disposiciones legales excesivamente funcionales a sus necesidades y sin mecanismos eficaces capaces de asegurar la libre competencia. Su núcleo de decisiones gestiona un sistema de apropiación, dirección y orientación de flujos financieros donde participan bancos, aseguradoras, la bolsa y sus especuladores y los grupos controladores de los fondos de pensiones. Estas estructuras se sustentan y promueven la visión ideológica dominante, cuya retórica engañosa las presenta como soluciones serias, propias de la buena economía evolucionando a formas de desarrollo superior.

Para quienes sostienen estas orientaciones, asumir estas posturas ofrece ventajas en las que se pueden identificar otros beneficios muy relevantes. Permite soslayar y extinguir reflexiones muy incomodas para el pensamiento conservador. Son parte de ellos el eterno conflicto entre clases sociales, maldita herencia del marxismo, la desigualdad económica y social, los mecanismos de la generación del valor en la economía, las dinámicas incontrolables de las crisis globales y los efectos de todo este dinamismo sobre el medioambiente. Para ellos sería una proeza legendaria desalojar todo esto del foco del interés social, con un mare magnum de novedades modernistas y tecnológicas (reales o ficticias), capaces de sepultar bajo kilotones de tecnología y robótica esas insignificancias caducadas del siglo XIX. Quienes propician estos destinos piensan que así, estos antiguos disparates intelectuales, verdadera indigestión en el desarrollo del pensamiento humano, harían abandono definitivo de la esfera de preocupaciones del nuevo tipo de ser humano que los nuevos tiempos necesitan, individualista, autónomo y emprendedor. En esas condiciones esta avalancha de modernidad sería acompañada de la aplicación de anhelados mecanismos de desintegración social, de reducción de la vida comunitaria, intensificando sin límites el empleo hogareño junto a otras disposiciones laborales y flexibilidades organizativas ad hoc. Piensan ellos que, de esta forma, se anularía eficazmente la capacidad de convocatoria de los desadaptados que buscan con infinita perversidad, unir a grupos humanos en torno a sus intereses comunes (asociaciones, partidos políticos, sindicatos, agrupaciones de consumidores, etc.). En definitiva, estos estudiosos esperan la expansión de un paraíso de comportamientos indiferentes al interés gregario. Dirán ellos, ¿acaso lo ocurrido durante la pandemia no es una prueba de que es posible? No hay duda que las formas de trabajo pueden y deben evolucionar, pero en respuesta a requerimientos tecnológicos claramente especificados y en un contexto de derechos bien establecido. Por otra parte, el proyecto de desintegración social no sería para nada efectivo debido a la generalización de la comunicación digital que relaciona a las personas incluso cuando están aisladas.

¿Con el carácter propuesto, es esta idea de tecnológica dirigida es una realidad plausible o es más bien la expresión de un deseo con un fuerte ingrediente de aspiración de clase social? Hay una parte del lenguaje que es claramente de batalla destinado a intimidar a quienes, pensando en el futuro, se quieran subir por el chorro reivindicativo. Pero hay otra que no esconde el deseo de imponer de ser posible, un mismo futuro para todos. No sorprende que esta pretensión, que es esencialmente conservadora, no cuente con ninguna referencia a hechos históricos que sirvan como evidencia o como elementos probatorios de que tal vía es el camino natural. La historia refiere muchos episodios sombríos donde el sentido de lo humano ha sido atropellado e incluso subyugado, pero casi nunca por estrategias organizadas en torno al desarrollo del conocimiento humano y sus tecnologías. Muy por el contrario, en casi todos los períodos en que ha habido crecimiento del bienestar, la sociedad en su conjunto se ha alimentado del desarrollo del conocimiento, de la ciencia y de la técnica. Contrariamente, en períodos reconocidamente más críticos para el bienestar humano, han sido factores políticos, religiosos y económicos, amparados en ordenamientos impuestos por sistemas dominantes, quienes han limitado los alcances del desarrollo tecnológico.

Además, están los porfiados problemas que subsisten…

Hay realidades que persisten con o sin tecnología, aunque se les niegue. Cualquier intento de utilización del conocimiento y desarrollo tecnológico dirigido con el fundamento del derecho de propiedad, debe tener en cuenta las problemáticas sociales que, ocultas o negadas, siguen presentes. En ninguna parte los promotores de esta forma de modernidad nos revelan de qué manera van a extirpar de raíz las disfunciones sistémicas que atentan contra el bienestar. Aun cuando prácticamente no existen espacios de debate en los medios masivos, estos temas que incomodan sus percepciones cautelosas son realmente difíciles de matar (como prueba el estallido social). ¿Como soslayarán la desigualdad de derechos económicos y sociales que la tecnología que ellos proponen incrementará a través del desuso masivo de mano de obra no adaptable? (amenaza para quienes claman por mejores salarios). ¿Cuáles serían las fuentes del valor económico y su repartición entre los factores productivos en procesos integralmente automatizados? ¿Cuál sería el efecto sobre la demanda global? Y, finalmente, ¿qué sobrevivientes comprarán los bienes y servicios producidos?

Algunos problemas con la física y con las tecnologías de la información

Existen dos conceptos que los promotores de la transformación tecnológica dirigida de manera conservadora deberían tener en cuenta porque limitan seriamente sus alcances. La incertidumbre y la aleatoriedad, constituyen desafíos contundentes que no se pueden despreciar. Si el desarrollo tecnológico fuese capaz de modelar cualquier realidad física, sin consideración de su complejidad, extensión y de la infinita densidad de sus contenidos, entonces estaríamos en un universo cognitivo sin incertidumbre, capaz de otorgar una probabilidad cierta a cualquier decisión, donde se conocería incluso, lo que no se sabe que no sabemos. Sólo así, algoritmos fantásticos cubrirían todos los espacios de decisiones incluidos los más ínfimos detalles. La entropía con que nos castiga el tiempo sería un factor tan controlado, que un automatismo podría corregir cualquier forma de desorden, incluidas las que al día de hoy tampoco se conocen. Quienes conocen algo de ciencia y tecnología saben que la vía del conocimiento es un camino muy largo, que no otorga en lapsos breves espacios para ambiciones tan desmedidas.

Aun cuando podamos dudar seriamente de la calidad de pronósticos de quienes piensan que el desarrollo tecnológico y sus consecuencias sociales son un dominio de su exclusiva propiedad, conviene analizar con un poco más de detalle algunos de sus supuestos para medir la fragilidad de estas metas. Lo primero que interpela casi el sentido común, es la especulación sobre la profundidad y extensión de la automatización de los procesos económicos, al menos en los plazos en que habitualmente se sugieren. Recordemos que en la oferta tecnológica no consiste sólo en conectar un computador al PLC de una máquina para que controle una operación. Eso no es nuevo y existe desde hace mucho tiempo (años 70 en la industria). Si los cambios imaginados son radicales y muy rápidos, la robotización global debería automatizar toda la función productiva, lo cual implicaría automatizar todas las intervenciones humanas, ergo, la obligación de traducir en algoritmos todas las gamas de operaciones realizadas por humanos y automatismos, incluyendo aquellas acciones que no se encuentran formalmente integradas al modo operatorio, pero que también son necesarias para la completitud de los procesos. Esto, teniendo en cuenta procesos productivos de gran complejidad, donde automatizar implica la posesión conceptual detallada de todos los componentes de los procesos. Empujando el razonamiento al extremo, como lo hacen los promotores de la total sustitución humana, sería necesario disponer de pautas conceptuales sobre toda la dimensión semántica que hay en cada proceso. Traducir a lo largo de toda la línea de los procesos lo informal en formal, significaría dominar toda la realidad de contenidos presentes, con hipótesis que modelen integralmente los procesos. Herbert Simon (1916-2001, Premio Nobel) sostiene en sus investigaciones sobre inteligencia artificial, que sólo se puede automatizar aquello que se puede formalizar. Bruno Lussato (L’echelle Humaine-Bruno Lussato, 1932-2009, profesor CNAM, París-Wharton School, Universidad de Pennsylvania), agregó que esa es la razón por la cual la informatización de actividades humanas exige largos estudios y desarrollos donde siempre subsiste un residuo inalcanzable. Bien, inicialmente este residuo es más significativo y sólo se reduce con nuevas tecnologías, cambios armónicos en la organización del trabajo y el avance del tiempo. El avance sostenido de la automatización desplaza los residuos hacia otros sectores de la economía que están inicialmente muy alejados de la automatización (concepción, diseño, programación, mantenimiento y otras funciones de difícil integración).

Lo que parece evidente que debemos exigir

El conjunto de conocimientos científicos y técnicos permiten diseñar y crear dispositivos, componentes y servicios que mejoren nuestra adaptación al medio ambiente. Son recursos que podrían ayudar a dar salidas más rápidas a una amplia gama de frenos y obstáculos existentes. La tecnología constituye una solución prometedora para enfrentar los problemas endémicos como la pobreza, la desigualdad económica, las tareas pesadas y repetitivas, la salud pública, la producción de alimentos y las necesidades medioambientales como la disponibilidad de agua, energía, etc., diseñando por ejemplo procesos y productos inexistentes pero necesarios para el bienestar humano, en un ordenamiento social organizativo superior en productividad, calidad y respeto de condiciones del medioambiente.

Quienes afirman que ya estamos entrando a una era postindustrial y que la industria ha perdido importancia se equivocan. Es cierto que el número de personas que trabajan en la industria a nivel mundial es menos del 25% (la mitad que hace 100 años), pero el factor explicativo es el incremento de la productividad industrial, que ha traído consigo la caída de los precios relativos de los bienes industriales y su menor participación en los presupuestos de los consumidores. Pero que los países puedan saltarse la industrialización y acceder directamente a la era postindustrial no es más que una fantasía. Si el consumo de servicios represente el 75% de los presupuestos no se debe básicamente ni a la modernidad de ellos, ni a la prosperidad creciente, ni a los importantes cambios de hábitos de los consumidores. Se debe a que los servicios son más caros. La productividad en los servicios puede aumentar, pero de manera mucho más limitada que en los bienes industriales, por lo que difícilmente pueden transformarse en los grandes motores del crecimiento, considerando además el bajo potencial de exportación, que limita los ingresos de exportación y la capacidad de adquirir bienes y tecnologías avanzadas, necesarias para el desarrollo.

El mundo ya existe

No va a ser fácil hacer frente de manera rápida a las verdaderas causas que producen gran parte de los problemas que nos aquejan y que son mucho más difíciles de cambiar, porque son parte de la organización social y política. El uso masivo de la tecnología presupone, además del desarrollo del saber humano, límites reales de inserción en el conjunto de relaciones y principios que definen naturaleza del orden social. Los mejores y más sobresalientes dispositivos creados por la tecnología no tienen otra opción que adaptarse (en lo inmediato), a los modos de organización existentes. Las innovaciones tecnológicas se insertan en una realidad ya existente, donde las relaciones sociales y económicas determinan los espacios disponibles y los grados de libertad con el que estas nuevas herramientas podrán operar. Así, el uso masivo de la tecnología tiene condiciones y no se podrán implementar de buenas a primeras, aplicaciones que vulneren algunos principios del curso socio-cultural. Por ejemplo, desde el punto de vista de la decisión económica, no habrá recurso a la automatización si esta no es rentable respecto de otras alternativas menos tecnológicas y si no se ha logrado la depreciación razonable de los procesos previamente existentes. No obstante, los sucesos relacionados con la pandemia demuestran que se puede acelerar el desarrollo de la implantación tecnológica en dominios tradicionalmente no contemplados.

¿Y qué pasa con los científicos e investigadores?

Quienes buscan en el conocimiento una herramienta con propósitos de dominio, parecen no entender que el desarrollo de la ciencia no se cimienta en estrategias distintas a la coherencia propia de su desarrollo. Son inspiraciones de naturaleza heterogénea esenciales en el desenvolvimiento personal, social y familiar de los científicos e investigadores, construidos con las emociones y los valores que integran sus conductas personales. El conocimiento ha sido casi siempre el resultado del impulso creativo de personas que, con reflexiones individuales o colectivas, filosóficas y éticas, proyectan valores y percepciones al futuro del desarrollo humano. Son personas normales que no necesitan en sus cometidos planificar estrategias de dominación, ni siquiera con fines altruistas.

La búsqueda del saber es casi un instinto humano. Por eso su desarrollo ha seguido hasta ahora una trayectoria independiente en el largo plazo, respecto de las estructuras de dominación política. El saber puede ser capturado temporalmente en materias específicas por grupos de interés, pero tarde o temprano, converge a su condición de acervo de la especie humana. El saber puede ser frenado también temporalmente en áreas específicas, pero sólo con dilataciones temporales insignificantes frente a la escala de magnitud espacio-tiempo del desarrollo humano. Los ejemplos que refuerzan los fundamentos de estas afirmaciones son demasiado numerosos y conocidos. La coerción que obligó a Galileo Galilei a retractarse de su modelo heliocéntrico ilustra el conflicto entre la religión dominante y la ciencia. Se impuso la ciencia. Mucho menos conocido, pero más reciente, fue el revés del gigante de las tecnologías de información IBM, postulando porfiadamente hasta los años 70 una arquitectura informática totalmente centralizada y bajo el poder de su diseño. Simplemente perdió frente a sus contradictores, hombres de la academia. Se impuso la arquitectura descentralizada y la multitud de consecuencias presentes en las tecnologías que hoy disponemos. Si se hubiese impuesto la visión de IBM no existiría el mundo tecnológico que ahora emerge. Se podrían llenar páginas y páginas ejemplificando situaciones similares que demuestran la fuerza casi autónoma del conocimiento, sin perjuicio que también podamos constatar que ciertas corporaciones o maquinarias militares, disponen circunstancialmente del monopolio del saber en algunas tecnologías específicas. Son reconfortantes las palabras del representante europeo, comunidad gestora de la iniciativa científica, al presentar por primera vez la imagen de un agujero negro, proyecto que involucró a 40 países. La fórmula del éxito para él es sencilla: “Libertad para la ciencia donde son los científicos quienes toman las decisiones”. En suma, dejen en paz a los investigadores.

Que podemos esperar y que debemos exigir

El conocimiento es un derecho de todos y la tecnología una obligación del país. Ambos liberan las capacidades humanas y elevan el bienestar. Son por lo tanto pilares fundamentales del proyecto nación y, por consiguiente, una prioridad de la política (y no una cuestión de interés privado). Tomando en cuenta nuestro considerable retraso tecnológico, se requieren ahora verdaderas políticas y un gran esfuerzo organizado de recuperación a beneficio del interés general. Un avance sólo moderado nos garantiza para el futuro, una poco confortable posición en el pelotón de los rezagados, con las debidas recriminaciones que no tardarán en manifestar los ciudadanos que tienen razonables expectativas de bienestar y calidad de vida.

Sólo un esfuerzo planificado, que deberá involucrar además del Estado, las universidades, las Fuerzas Armadas y la empresa privada, distanciándose lo más posible de esa fracasada tendencia que creía que el desarrollo tecnológico y la modernidad se producirían apartándose de la tradicional forma del desarrollo capitalista de las “fábricas con chimeneas” (es sólo una imagen). Recordemos que las tendencias imperantes a partir de los 90, ilusionaban a empresarios dinámicos e innovadores con seguir la misma ruta que EEUU e Inglaterra, promoviendo actividades de “punta” con alto componente agregado. Los promotores de esta propuesta nunca consideraron que el notable progreso económico de Japón, el gigantesco desarrollo de Corea del Sur y más recientemente, la transformación de China en locomotora de la economía mundial, fueron cimentadas con economías de base industrial tradicional, con alto impacto en el valor agregado y un enorme involucramiento del Estado. La fantasía irrealizable no tuvo para una economía como la nuestra, ni la sombra de los efectos de desarrollo esperados por sus entusiastas promotores, salvo en la expansión de algunos servicios orientados a la economía interna. No hubo exportación de bienes (de punta) concebidos por la Investigación y Desarrollo, tampoco rentas de patentes exitosas y ni siquiera la expansión internacional de una plataforma financiera local. El país sigue siendo un país esencialmente minero, donde el crecimiento del PIB se frenó antes de las crisis actuales. El rechazo masivo a la desigualdad, talón de Aquiles del sistema, estableció domicilio para quedarse y todas las debilidades estructurales de naturaleza social que emergieron con violencia, seguirán presentes. Es falta de realismo creer que la economía se puede recuperar simplemente y retomar el ritmo de crecimiento de los buenos períodos. El crecimiento y la productividad tienen sus límites en la matriz productiva y sin nuevas definiciones, objetivos más ambiciosos en crecimiento y bienestar no parecen viables.

Es tema prioritario la reconstrucción de un sistema económico orientado a la generación de valor agregado, en vías de alcanzar metas de mayor bienestar de la población esperables en plazos realistas y probablemente largos. Esto incluye no sólo objetivos de productividad y crecimiento, sino también el desafío medioambiental que, de manera menos visible, está entre los fundamentos del malestar ciudadano. Como no estamos en una época postindustrial y somos seres biológicos, no podemos prescindir en nuestra vida material de los bienes y servicios necesarios para nuestra sobrevivencia. Al contrario de lo que se dice, se consumen cada vez más cosas materiales (problema de medioambiente), que son cada vez más baratas respecto de los servicios. China fabrica el 17% de las exportaciones mundiales lo que implica la existencia de otras naciones que producen bienes industriales. El fabricar cosas hay que tomarlo con mucha seriedad, pues existen espacios y nuevas necesidades para los bienes industriales (para cada dimensión y tamaño), que el espíritu rentista dominante en el país no percibe. Sin embargo, para poder desarrollar ese tipo de iniciativas necesitamos obtener la tecnología adecuada y sostenible, de la cual no disponemos.

Todos saben que un requisito básico, una condición sine qua non para lograr resultados, es una efectiva reforma de la educación, que incremente las capacidades científicas y técnicas del país, necesidad que felizmente comienza a estar instalada en la conciencia ciudadana. El segundo elemento imprescindible es el financiamiento de la innovación y de sus negocios, tomando en cuenta que el sistema financiero, parte del grave problema que vivimos, es en general muy poco propenso al financiamiento de proyectos productivos que incluyan líneas de investigación y desarrollo.

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