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Mitos paradójicos urbanos

Por Javier Maldonado.- Pagar por la Internet. Además de ser poco aconsejable, dado que la inseguridad general y absoluta es la tónica más evidente de los mercados locales y nacionales, tanto los urbanos establecidos como los virtuales que, bien provistos de equipamiento de última generación, acechan las conexiones de los ingenuos que se creen el mito de la tecnología de última generación al alcance de todos, de cualquiera, y que parecen no darse cuenta de que son rigurosamente vigilados por la indeseable compañía de todo tipo de malandrines, unos de marca, otros de imitación, carteristas, chorros, lanzas, cogoteros, unos de salón, otros de calle y aún otros instalados en oficinas raras, empresas truchas y, más aún, emprendimientos que se dedican a administrar servicios de cobranzas rápidas, eficientes y seguras.

La cosa no sólo es peligrosa sino que, también, imposible. Es la paradoja chilena, una figura de la retórica que apunta a exponer las contradicciones cotidianas de la modernidad retrasada. Para los que no recuerdan el significado correcto de la palabra “paradoja”, aquí va una breve definición: “Paradoja es lo contrario a la opinión común”. En muchos casos la opinión común es que somos una sociedad moderna, tecnologizada; incluso, algunos han sostenido, que la nuestra es la más avanzada del continente, y en otros, un poco más exagerados, la más avanzada del mundo. Todo ello –lo de la modernidad- es una mera ilusión, un espejismo, una trampa al ojo, el puro deseo de no ser lo que verdaderamente somos en el plano de lo tecnológico, más acá de lo meramente lúdico: un fiasco.

Pruebas al canto. Un ciudadano común y corriente, digamos jubilado, recibe una jugosa, elevada y exagerada cuenta de servicios entregados por una compañía de servicios esenciales, digamos, el gas doméstico. La boleta dice que hay diversos lugares de pago, y además dice que se puede pagar en dos bancos. El jubilado es cliente de uno de esos bancos. Pero también dice que se puede pagar por la “internet” famosa. La factura vence dos días después y en ella destaca una advertencia de que si no se paga en la fecha de vencimiento, la empresa se reserva el derecho de cargar la deuda con todos los intereses que permite la ley de persecución al consumidor y/o usuario, y que pueden elevar la suma a cantidades impagables, con las consiguientes molestias y cobros adicionales. El jubilado lee todas las amenazas y, algo amedrentado, decide anticipar el pago haciendo uso de la modalidad Internet. Nada, el sitio web anunciado no está disponible y por ello rechaza la conexión. El jubilado se arma de paciencia adivinando que la solución tecnológica es posible, muy posible, que sea engorrosa y larga. Los diseñadores de esos sitios no tienen muy claro que su oficio es agilizar los trámites. Pero no, el sujeto es muy posible que sea chileno, y como tal con sangre en el ojo, por lo que incorporará trabas de diseño virtual imposibles de salvar. También es posible que sea un diseñador jamaiquino que trabaja para una empresa coreana con oficinas en San Juan de Puerto Rico, y ahí la cosa ya tiende a la espesura.

Pero bien, el jubilado intenta las otras opciones de pago por internet que la empresa de servicios ofrece en su factura. Nada. Varios llamados, pero ninguna respuesta. Quizás sea porque es sábado, pero sería raro porque los bots no discriminan por el día de la semana. El sitio web se niega, hasta que una de las opciones se abre. El jubilado inicia el registro de información exigido por el sistema, sin embargo cuando escribe que pagará con su tarjeta de crédito, el robot  con el que monologa rechaza la operación afirmando que la tarjeta “no tiene fondos”, lo que es una soberana mentira. Pero ¿quién puede dialogar con un mecanismo invisible? Por supuesto que nadie.

Sin dejarse amilanar, decide que pagará el mismo día de vencimiento de la factura. La empresa le ofrece algunas agencias colaterales que aceptarán su pago. El Sencillito sólo acepta dinero efectivo, billetes. No hay cajero cercano de donde sacar plata. Bueno, pero Servipag, entonces. Hay uno relativamente cerca. Hace la cola, llega a la cajera y esta le dice que no puede pagar con la tarjeta de crédito y que sólo acepta efectivo. Amable ella, le participa que en el mall que está como a veinticinco cuadras hay un Servipag Express que tiene una máquina que acepta pago con tarjeta. Error. La tal máquina no funciona desde comienzos de la epidemia, y la cajera, de no muy buen genio, insiste en que sólo recibe pagos en efectivo o cheque. El jubilado no tiene cheques; entonces, sacrificando su lugar en la fila, va al cajero  automático, pero éste no está de ánimo y rechaza la operación porque la cantidad excede el máximo permitido. El jubilado, impotente ya, decide no darse por vencido. El sistema no le ganará, aunque sí le ganará. Su pasión es pagar la cuenta del gas y nadie ni nada se lo impedirá. Toma la factura y lee una letra chica que dice que se puede pagar en dos bancos. Ah, qué tonto he sido; debería haber leído bien antes de someterme a los rigores del sistema. Uno de los bancos es “su” banco. Así que conduce su vehículo sorteando la intensidad del tránsito hasta que encuentra un lugar para estacionar. Camina las cuatro largas cuadras hasta el bendito banco. Alcohol, toma de temperatura, fila natural con distanciamiento físico. Ahora es su turno. Buenas tardes (ha pasado ya toda la mañana) ¿puedo pagar esta cuenta aquí? Buenas tardes, sí. ¿Con mi tarjeta de crédito? No. ¿No? No. Pero si mi tarjeta es de este banco. Sólo admitimos pagos en dinero efectivo. Lo siento, pero no tenemos la máquina para conectarnos con Transbank… ¿?… Pero éste es mi banco y la tarjeta está al día y usted puede comprobar ahora mismo si tengo cupo suficiente. Sí, pero éste servicio al cliente no puede atender su solicitud… Ahora, quizás pueda ofrecerle una posible solución. Sí, por favor ofrézcamela. Puede pedir un anticipo de/con su tarjeta de crédito. Bueno ya, ¿podré pagar esta cuenta con esa operación? Veremos qué dice el sistema. Ah, con el sistema topamos, Sancho, murmura el jubilado. Tengo que pedirle sus documentos, dice la persona que lo atiende. Cédula de identidad y tarjeta de crédito. Ahora, el sistema exige de usted unas respuestas. ¿El sistema? ¿Por qué su sistema me exige respuestas? ¿Qué respuestas? Hay que, ¿a ver?…tiene que darme las fechas de nacimiento de sus tres hijos. ¿Qué? Su sistema enloqueció, no tengo tres hijos. Es más, nunca tuve tres hijos, y a mi edad ¡ya no tendré tres hijos! Bueno, pero ¿tiene al menos un hijo? Bueno sí, al menos tengo uno que ya es grande, tiene más de cincuenta. No interesa su edad, el sistema quiere comprobar que usted es usted ¿La fecha de nacimiento de ese hijo es tal? Sí. Otra pregunta, ¿usted es soltero o casado? Casado, pero qué importancia puede tener mi estado civil… ¿Cuántas veces ha estado casado? Señorita, esto ya me parece muy insólito, yo sólo vengo a pagar la cuenta del gas… Sí, pero el sistema lo exige para poder seguir la operación ¿sabe cuál es la fecha de nacimiento de su primera esposa? ¡! …Señorita, estoy separado de mi primera esposa hace ya 65 años…, no recuerdo esa fecha de nacimiento… ¡Mmm!…veamos. ¿Me puede decir por qué este banco, que es mi banco, y que tiene absolutamente toda mi información personal, me exige esa información? No, no es el banco el que la exige ¿No es el banco? ¿Y quién es? El Registro Civil. ¿El Registro Civil? ¿Y qué tiene que meterse el Registro Civil en el trámite de mi pago de la cuenta del gas? Son los nuevos protocolos de seguridad. ¿Y por qué tengo que someterme a protocolos de seguridad para pagar mi cuenta del gas? Es porque usted está pidiendo un crédito. ¡Oiga, yo no estoy pidiendo ningún crédito!…Bueno, en realidad sí, porque la operación que estamos haciendo consiste en eso… usted pide un anticipo en dinero, el banco se lo autoriza y se lo cobra en cuotas con un interés.

Pero para autorizar el crédito se requiere una actualización de sus datos…  ¿A ver, con cuánto de interés? Depende. En cuántas cuotas lo pagará.. En una sola cuota. Veamos si el sistema aprueba una sola cuota… No, no acepta,…mínimo tres cuotas con… X% de interés mensual. ¿Ese interés por cada cuota? Ah, y la primera cuota la pagará en tres meses más… Ah, no olvide que el crédito es por una suma mayor a la cantidad que usted quiere pagar. El jubilado está no sólo asombrado, sino que también acumulando una explicable dosis de ira. Ante la demora de la operación, los impacientes clientes ya demuestran su desagrado.  Entonces, al alboroto se aproxima el guardia de seguridad y pregunta, amenazante: ¿Algún problema? Sí, responde el jubilado, muchos, pero que a usted no le interesan… Es que usted está demorando las cosas aquí… Bueno, dice el jubilado, reclámele al sistema… y, aléjese. El guardia se ha parado al lado del jubilado. De atrás del mostrador aparece un hombre que parece ejecutivo del banco y pregunta ¿qué pasa? El jubilado, perdida la paciencia, le dice en tono poco amistoso: ¡Dígale a su perro de presa que se aleje! El ejecutivo le hace una seña a su perro de presa y éste se aleja como con la cola entre las piernas. El jubilado, finalmente, cumplida su odisea tecnológica de última generación, paga su cuenta del gas, luego de haber tenido que aceptar un indeseado crédito bancario que le ha impuesto su banco y  sobre el cual tiene que pagar intereses. Se retira acompañado de las pullas de los clientes que hace una hora que esperan por un mero trámite, que en un país moderno no demora más de cinco minutos. La pregunta que a su disgusto se hace el jubilado es: ¿cómo podremos vencer a este sistema que nos agobia y nos echa a perder la vida? ¿Bastará una nueva constitución?

Lo paradójico del asunto es que no son pocos los que se creen esta ilusión y la proyectan a futuros esplendores como su fuera algo más que una metáfora literaria. “Que o la tumba será de los libres”, fehacientenente comprobada durante al menos veinte años no hace mucho tiempo, “o el asilo contra la opresión”, contradicción flagrante que se comprueba todos los días. Todo ello en lo inmensamente trascendente. La sociedad chilena no ganaría ningún campeonato universal de respeto a los Derechos Humanos. Las acciones de los agentes del Estado se encargan de hacer visible esa paradoja, todos los días, varias veces al día, en todo el territorio, en los lugares más apartados. Y es que la otra paradoja, la del “amigo en su camino”, se enfrenta con la de “su enemigo urbano”. La mayor de ese conjunto es la paradoja de la policía que custodia el orden, dado que el orden no necesita custodia de ninguna especie, contrario sensu a la idea de una policía que controla el desorden, no para liquidar físicamente a los desordenados, como ha sido hasta ayer la dura experiencia de la opinión pública, sino para neutralizarlos. Eso en estos casos de la ética relativa que puede exhibir el sistema que nos rige. Es lo contrario a la opinión común; es decir, es la paradoja chilena.

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