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¡Una ayudita, por favor, que soy de clase media!

Por Javier Maldonado.- Mmm, clase media…Pero es que eso es una vaguedad. ¿Cuál clase media? Las tablas de estratificación socioeconómica sostienen que hay, al menos, tres clases medias y -como ya ha sostenido con insistencia y con toda humildad el ministerio del Dinero- ya no hay más plata, en palabras de la autoridad del ramo, cómo no. Así que en tanto no especifique, ni pruebe usted que es de alguna de esas clases medias, esta repartición no puede hacer absolutamente nada. Usted afirma, y no tenemos por qué dudar de su palabra, que se han estado ofreciendo soluciones contempladas en proyectos que cuando la autoridad lo estime conveniente se enviarán a las instancias respectivas para su análisis. Entonces, se necesita algo de paciencia. Las cosas no son fáciles en este momento. Sí, sabemos que las urgencias exigen soluciones inmediatas, pero usted debe saber, seguro que lo sabe, que la inmediatez entre nosotros es siempre relativa. Los proyectos son propuestos, analizados, estudiados, discutidos por los diversos comités que estudian los efectos de la crisis y después vueltos a redactar para ser aprobados por la mesa de expertos y visados por los asesores permanentes de la primera autoridad. Si no seguimos los conductos regulares nos exponemos a tener severos y molestos conflictos con la Contraloría y usted sabe que eso no le conviene a nadie. Una  sola observación de ese organismo puede detener durante meses una resolución. Pero, reiteramos, aún hay más de una opción que podría ser abordada en la próxima reunión del comité encargado.

Ahora bien, el ministerio del Dinero, por intermedio de la respectiva autoridad ha puesto sobre la mesa –las mesas, mejor dicho-, después de un esfuerzo titánico, un conjunto de ideas asistenciales para favorecer a los más necesitados y a la desplazada clase media. Para los primeros hemos hablado de créditos (que por generosidad institucional no se pagarán), los mismos transformados en préstamos (que tampoco se pagarán), de aportes para la familia, unos simples, otros “plus”, fortalecimiento de un pilar solidario, sesenta y cinco luquitas por aquí, setenta y cinco por allá, ciento cincuenta acuyá, aportes para el pago de arriendo, canastas luego convertidas en cajitas felices, todas ellas soluciones extraordinarias que aún están en acuñándose y madurando, excepto las últimas que han servido de experiencia logística invaluable.

Así que no hay que desesperar. Todas las promesas se cumplirán a su debido tiempo. Quizás, algunos lo piensan de buena fe, habría que esperar que pasara la emergencia para que todos estos proyectos se pudieran afinar como es debido. Dicho en lenguaje de campo, no hay que apurar el ganado flaco.

Pero volvamos a la noción esa de una tal clase media. Pareciera que la primera autoridad, buscando una salida a su crisis personal post estallido social, perdida la fe, el coraje y el ansia de guapear, como reza la letra de un tango, por la ingratitud del pueblo que nunca está contento y que siempre espera “más, y más, pero mucho más”, descubrió en algún texto ya olvidado la frase “clase media” y que consultando a sus asesores-decisores acerca de qué hacer con ella, le habrán dicho que la incorporara a su discurso cotidiano, tal como lo ha hecho hasta ahora con las palabras “humildad”, “soberbia” (siempre referida a sus opositores), “esfuerzo”, reiteradas hasta su pérdida total de sentido, y que quizás las podría activar como un propósito estratégico para abuenarse con los que lo están abandonando sensiblemente.

Bueno, dicho y hecho. Le transmitió a sus secretarios la original idea para que ellos también la incorporaran a sus expresiones cotidianas, viniesen o no al caso, y crear así una nueva consigna motivadora imbatible. Es la voz del mismo origen y de la unidad de pensamiento. Aún así, la idea de una clase media es la indeterminación metafísica propiamente tal. Los más cautelosos habrán dicho que resultaría indispensable probar la existencia de esa entelequia. Otros, académicos, habrán dicho que esa noción habría sido inventada por Aristóteles para segregar a la sociedad ateniense, definición que se habría perdido hacia el medioevo por no representar absolutamente nada en las sociedades verticales feudales. Aún así, ya se sabe, la máxima autoridad se muestra impermeable a la garúa. Los sociólogos de turno le habrán dicho que en términos socioeconómicos hay tres clases medias: una alta, una media-media y una baja. La difundida por la primera magistratura no tiene clasificación puesto que es un genérico inespecífico. Entonces, si no se sabe quién es qué y de cuál nivel, será inmensamente difícil diseñar planes y proyectos de asistencia solidaria por la sencilla razón de que si la clasificación distingue diferencias por el ingreso histórico, en un período de crisis, tales diferencias se aplanan y se mesetean, por utilizar nociones propias de las nuevas normas estadísticas; es decir que no habría hoy diferencias notables entre una y otra. Ello haría así posible que  todos los jaqueados por las feroces circunstancias aplicaran para la misma ayudita, sin grandes diferencias.

La otra solución podría ser, afinan los expertos, olvidarse de la clase media y considerar que todos los necesitados son sujetos de asistencia directa y generosa. Lo primero quizás podría ser posible; lo segundo, a todas luces, es azaroso. Dependerá de los estados de ánimo, de los movimientos involuntarios, de los niveles de estrés, de las lealtades y deslealtades, y de la superposición de las buenas ideas que en su fase de simulación técnica se anulan las unas a las otras. En tal caso, lo mejor es subirse a la idea considerada mala. Y si funcionara, atribuirse de inmediato la autoría de ella. Total, no sería la primera vez.

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