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Crisis históricas y la salida hacia una democracia participativa

Por José Víctor Núñez.- “No puedes tener una vida positiva si conservas una mente negativa”.  Joyce Meyer.

Un Mundo En Crisis

Durante la mayor parte del siglo recién pasado, los líderes del mundo concentraron su interés en resolver la paradoja evolutiva[1] y, por eso, la función objetivo central de la sociedad tenía que ver con responder a la pregunta Cómo Crecer.  Esto se reflejó en la mayor relevancia que tanto gobernantes y como empresarios le otorgaron a los aspectos más instrumentales de la gestión, es decir, la estrategia y la estructura, aunque, como es obvio, con orientaciones esenciales diferentes: la orientación “natural” del management empresarial consiste en aumentar el valor económico de sus empresas, en tanto que la orientación “natural”  de los gobiernos es la de mejorar el nivel de vida y el bienestar de sus conciudadanos (se supone).

En la historia del capitalismo occidental desde el final de la Segunda Guerra Mundial se observan dos períodos distintos:

  • Una “Edad de Oro” que duró más o menos hasta la década de 1960, caracterizada por un rápido crecimiento económico, bajo desempleo, ciclos económicos poco pronunciados y niveles de vida en ascenso para las masas, especialmente para los trabajadores varones.
  • Una “Edad de Plomo” desde los comienzos de la década de 1970 hasta finales del siglo XX, distinguida por un crecimiento lento, alto desempleo, ciclos económico más severos, niveles de vida estancados o en retroceso para la mayoría y diversos tipos de crisis ocurriendo al mismo tiempo y convergiendo en la “Crisis del Sistema”.

La “Crisis del Sistema”
(o «De la globalización articulada en torno a los mecanismos monetarios»)

A principios de 1990, Japón sufrió el colapso de los precios de sus activos al romperse su dinámica especulativa.[2]  Entre 1992 y 1994 la economía japonesa entró en recesión y la recuperación esperada fracasó.

En 1992 y 1993 se produjo la crisis cambiaria del Sistema Monetario Europeo, que produjo crisis bancarias internas en los países nórdicos y la salida del sistema de Gran Bretaña e Italia.

En 1994 y 1995, México vivió una crisis cambiaria que requirió el apoyo del FMI como prestamista internacional de última instancia, con un paquete de rescate por 50 mil millones de dólares.

La última crisis financiera internacional de esa década denominada “de las subprime” empezó el 2 de julio de 1997, cuando el Bah tailandés cayó un 25%, inaugurando la crisis económica más grave desde la “Gran Depresión”, sumándose luego rápidamente las crisis cambiarias en los países del Este del Asia (Tailandia, Filipinas, Indonesia y Corea) y provocando una importante devaluación de sus monedas, la quiebra de bancos y empresas y la caída de las bolsas de valores de Hong Kong y de Tokio, que luego se extendieron al resto de las bolsas internacionales.

Todo esto mostró que este modelo de globalización exhibía claros signos de resquebrajamiento y, a partir de allí,  el sector manufacturero, con impronta asiática,  intentó entrar en la competencia por la hegemonía mundial de la economía, transición que, obviamente, no ha sido fácil ni expedita, por los fuertes intereses ligados a los circuitos financieros internacionales que pugnan por reducir los costos de enfrentar la competencia de los “tigres asiáticos” protagonistas principales en la gestación de la nueva división internacional del trabajo establecida desde los años 70 (competencia que se ha prolongado hasta nuestros días y explica las agresiones de Trump a China).

La “Crisis del Libre Mercadismo”
(o «De la desregulación impulsada por la dupla Reagan-Thatcher»)

En los años 80 emergió un modelo de regulación (mejor dicho, de desregulación) de las economías capitalistas al que se identificó con la denominación de “neoliberalismo” y que en el plano político se asoció al acceso al poder político del binomio Reagan -Thatcher en 1980. Aunque las orientaciones de esta política nunca fueron plenamente escritas y formalizadas teóricamente, el cambio en las formas de regulación económica fue profundo y marcó fuertemente el funcionamiento de la economía mundial.

El resultado de esta orientación desregulatoria fue una verdadera hipertrofia del sistema financiero, que asumió un rol dominante en la economía mundial sustentado por el enorme flujo de capitales hacia los países productores de petróleo causado por el dramático salto de los precios de esta materia prima, flujo que finalmente fue a parar a las arcas de las principales entidades financieras de Estados Unidos de Norteamérica y Europa.

Asimismo, bajo la inspiración de esa misma orientación, en algunos países se llevaron a cabo varias reformas fiscales orientadas a reducir la carga impositiva directa de las rentas altas y las empresas y, en los mismos y otros, se produjo una progresiva cesión de servicios públicos al sector privado, aunque en algunos de ellos el proceso privatizador se limitó a externalizar total o parcialmente las actividades, manteniendo la titularidad pública y entregándole la gestión  a empresas privadas bajo fórmulas diversas.

En el ámbito empresarial, se generaron transformaciones en las organizaciones productivas orientadas a desplazar riesgos y costos hacia las organizaciones periféricas, mediante complejos modelos organizativos que combinan formas atípicas de empleo (empleos a tiempo parcial, temporales, etc.) y diversas formas de subcontrataciones y servicios externalizados.

Surge un nuevo modelo de gestión, en el que tiene un papel preponderante el logro de resultados financieros, incentivando una creciente demanda a los mercados de capitales y al crédito bancario y poniendo los indicadores financieros en el centro de los incentivos y de los modelos de negocio.

Las tres décadas de economía neoliberal muestran resultados más negativos que los de la “edad de oro” del capitalismo keynesiano. Si se consideran pautas diferentes a la financiera, el resultado es demoledor en lo referente al aumento de las desigualdades a escala nacional e internacional (sólo el crecimiento de China evita que el balance mundial sea más desastroso en este campo).

La última crisis (en 2008), para algunos, se reduciría a la actuación de un reducido grupo de ejecutivos que emprendieron operaciones financieras excesivamente arriesgadas, prestando dinero a gente insolvente, versión que apunta a definir la crisis como un problema de desconfianza derivado de la información imperfecta sobre la situación específica de cada entidad, provocando un quiebre generalizado de liquidez.

Otro aspecto que incide en la inestabilidad del sistema es que, en una economía financiarizada, las Bolsas de Valores -que, como se sabe, son extremadamente sensibles a las expectativas especulativas- juegan un rol muy relevante en la determinación de valor de los activos financieros de las empresas, en la medida que éste se computa según la cotización en bolsa. En razón de esto, las alteraciones bursátiles provocan drásticos ajustes de los balances de las empresas y afectan sus posiciones de endeudamiento.

Todo el modelo de desregulación que caracteriza a la ideología neoliberal está en crisis y profundamente cuestionado a la luz de sus resultados, uno de los cuales es la evidencia de que no funciona la auto-regulación de las empresas y los mercados. Un ejemplo nítido de esta crítica es la actual presión de instituciones y comunidades hacia las autoridades para convencerlas de regular las operaciones de la banca y de otras entidades financieras.

Frente a las bajas de los salarios reales y, por consecuencia, la disminución del poder adquisitivo, sumada a una polarización en los ingresos derivadas del incremento de las desigualdades, la clase media -más proclive a endeudarse y a consumir- es la mayormente afectada en épocas de crisis, al punto que hay quienes afirman que estaría corriendo el riesgo de extinción.

La idea de que la competencia dentro de una economía de libre mercado es esencial para conseguir excelencia y prosperidad, resulta ser subsidiaria del espíritu individualista implícito en el modelo que incluye la convicción de que los ganadores tienen derecho a todo.

Sin embargo, hoy es más difícil para las empresas tratar de elevar los precios en el mercado de clase media mejorando la calidad de los productos. Deben enfrentar a clientes mucho más exigentes, que buscan más valor por su dinero y tienen la expectativa que su compra dure un larguísimo tiempo.  El cliente ya no está dispuesto a dar una segunda oportunidad y se afirma fuertemente en el pleno cumplimiento de sus condiciones de satisfacción, lo que suele tensar las relaciones entre cliente y proveedor.

Todas aquellas cuestiones de mercado que afectan la confianza con el público, con la calidad de los productos, con el valor de la palabra dada, así como la credibilidad de la publicidad y de la historia conocida pueden construir o destruir ventajas competitivas, a velocidades impresionantes por las facilidades de difusión que ofrecen las redes sociales.

Sin embargo, la economía real no ha resuelto su equilibrio de esta manera, porque existen, al menos, otros dos elementos propios del modelo neoliberal, en gran parte relacionados y que son nítidos generadores de desequilibrios, como son el  sub-consumo y la sobre-inversión.

Durante los últimos años, la participación de los salarios en la renta ha ido a la baja, las desigualdades han crecido y, por tanto, se ha debilitado la renta de los grupos sociales con mayor propensión al consumo. Salarios a la baja y el forzar el consumo de masas al alza son dos cuestiones que pueden ser muy difíciles de articular bien.

En una economía donde cada inversor decide por su cuenta a qué actividad dedicará sus recursos, existen bastantes probabilidades de sobre-inversión en ramas de actividad concretas, que acaban por generar excesos de oferta y colapsos. Es el caso del sector inmobiliario sometido a las inercias, propias del negocio.

Las crisis de gobernabilidad
(o “De la fragmentaciones sociales, políticas y culturales”)

Hasta comienzos de  la década de los 70, el mundo vivió bajo la amenaza proveniente de la tensa y conflictiva coexistencia entre dos modelos divergentes de organización y desarrollo de la producción y reproducción de las sociedades: el modelo capitalista y el modelo socialista, ambos compartiendo una similar aspiración de hegemonía universal, inspirada en la convicción de que su subsistencia y expansión dependían de la desaparición del otro.

Cuando se produjo el colapso de los así llamados “socialismos reales”, causado esencialmente por sus propias contradicciones y desequilibrios internos, el conflicto antes mencionado desapareció, pero el modelo capitalista predominante no ha logrado resolver los problemas más angustiantes de la humanidad.

Incluso en los países más ricos del mundo, existen altos niveles de desempleo, las crecientes exigencias competitivas producen continuas reducciones de personal en las empresas; los salarios reales siguen decreciendo; y se extiende la dependencia de los empleos parciales y temporales casi sin beneficios laborales, creándose una creciente sensación de inseguridad económica.

Constituye un tópico reiterado de los análisis políticos actuales la cuestión de la pérdida de legitimidad que experimentan los sistemas políticos, los partidos políticos y la clase política. Asistimos en nuestras sociedades a múltiples manifestaciones de una creciente insatisfacción ciudadana con los diversos sistemas políticos, incluyendo el democrático.

Las democracias representativas son fuertemente cuestionadas por su ineficiencia y la lentitud burocrática y, en algunos casos, por su corrupción. En este contexto, surge con creciente fuerza la aspiración de la democracia más participativa, pero que aún no está completamente definida, ni teóricamente ni en una práctica social.

En la segunda mitad del siglo veinte los conflictos se han desplazado desde los aspectos socio-económicos hacia lo que tiene que ver con identidades culturales y modos de vida, lo cual ha implicado una enorme diversidad de tensiones étnicas, culturales, religiosas o sociales entre grupos o comunidades que aspiran a imponer o preservar su identidad y su visión de las cosas. Los temas indigenistas, étnicos e incluso tribales, así como las consideraciones raciales o de género, se han ido posicionando en el centro de los debates sociales y marcan definitivamente cambios en los paradigmas y opciones que la humanidad está considerando para su evolución. Por ejemplo, si comparamos los dos paradigmaas de la modernidad veríamos:

En los años 80/90 surge la metáfora del “capital  humano” bajo la convicción “inquebrantable” del Paradigma del Capital de que sólo el capital genera valor, lo que, por similitud con los otros tipos de capital, compartiría un carácter instrumental (sirve para…), como herramienta que combina los conocimientos, habilidades y competencias necesarias para llevar a cabo una determinada tarea.

Desde el momento que una organización define al conjunto de personas que laboran en ella como capital humano, la lógica del capital tiende a determinar su rendimiento,  generalmente como eficiencia (resultados/costo). Ya a mediados del siglo XIX, el ingeniero estadunidense F. Taylor había utilizado la fragmentación para medir la productividad de los obreros de su época.

Pero la eficiencia representa el nivel más básico de evaluación del trabajo humano porque tiende a medir su aporte a la actividad específica que realiza.  Cuando se quiere ver lo que las personas pueden aportar en co-operación con otros similares al cumplimiento de metas u objetivos operacionales (operar con pares) se utiliza otro indicador de productividad que es la eficacia (objetivo/esfuerzo de coordinación).  Ahora bien para evaluar el aporte de las personas en co–laboración con otros diferentes al cumplimiento del propósito de la organización (misión/esfuerzo de complementariedad) el indicador de productividad es la efectividad.

La Cultura Nuestra…

El concepto de cultura proviene del latín cultus, que significa “cultivo” o «cultivado», y se refiere al conjunto de bienes materiales y espirituales de un grupo social que suele transmitirse de generación en generación a fin de orientar las prácticas individuales y colectivas. Incluye la lengua, los procesos y prácticas sociales, los modos particulares de vida, las costumbres, las tradiciones, los valores compartidos, las herramientas y los conocimientos.  Su función esencial es garantizar la supervivencia del colectivo y facilitar la adaptación de los sujetos al grupo y al entorno.

Cada cultura encarna una visión del mundo como respuesta a la realidad que vive el grupo social. No existe, por lo tanto, un grupo carente de cultura, aunque lo que sí ocurre es que al interior de una cultura dominante pueden coexistir diferentes culturas con sentidos restringidos, bien para referir los valores y hábitos que rigen a grupos específicos, o bien para referir ámbitos especializados de conocimiento o actividad. En ambos casos, la palabra cultura siempre va acompañada de un adjetivo calificativo: cultura política, organizacional, física, etc. Una cultura se puede componer de:

  • Elementos cognitivosse refiere al saber acumulado dentro de una determinada cultura para la supervivencia frente a la naturaleza y la adaptación dentro del grupo social.
  • Creenciasabarca el conjunto de ideas que el grupo cultural establece acerca de lo que es verdadero o falso. Se vincula con el sistema de valores.
  • Valoresson los criterios que sirven como modelos evaluadores de la conducta, ya que orientan los que se consideran principios y actitudes aceptables o inaceptables para garantizar la continuidad del grupo.
  • Normasson códigos de acción específicos que regulan la relación entre los individuos con base en los valores compartidos. Incluye el sistema de sanciones.
  • Sistema de signos y símbolosson todos los recursos comunicativos arbitrarios y convencionalizados que utiliza el grupo social para transmitir mensajes. Podemos mencionar el lenguaje, la escritura, los signos gráficosy los símbolos.
  • Formas no normativas de conductason aquellos rasgos de comportamiento que diferencian a un grupo social de otro, incluso dentro de una cultura compartida. Es lo que se llama idiosincrasia.

Vivimos en un contexto de transformación constante, originado por una evolución exponencial de la tecnología que está propiciando cambios disruptivos a nivel personal y empresarial. El resultado es un entorno de tipo VICA (volátil, incierto, complejo y ambiguo), en el que cobra una especial relevancia todo aquello que tiene que ver con la cultura y con la creatividad de las personas.

La transformación digital está afectando a todas las áreas de la vida social, organizacional y personal. Las organizaciones demandan una función mucho más enfocada a la gestión del talento, que aporte valor a sus actividades a través de las necesarias competencias analíticas que permitan anticipar los escenarios y tomar decisiones a partir de información fiable.  Pero más allá de habilidades más o menos disponibles para lidiar con las tecnologías digitales, hay involucrado un cambio cultural mayor, que está influenciado notoriamente a los intereses de la antropología, porque, a la corta o a la larga, puede implicar cambios en la sociedad y en sus instituciones. Un ejemplo: la industrialización nació en una parte de Europa en el siglo XVIII y, aún hay estados del mundo actual que no han pasado aún por este proceso, precisamente por el freno que les pone su cultura.

Las sociedades cambian, en primer lugar, porque autogeneran innovaciones, en forma de invenciones y de descubrimientos que las trasforman desde la cultura. La mayor parte de las sociedades se transforman porque perfeccionan rasgos culturales que ya poseían con anterioridad. Ahora bien, la transformación más frecuente de las sociedades es la que se produce por la recepción de innovaciones llevadas a cabo en otros grupos humanos. Las sociedades receptoras, una vez comprobado su éxito, se limitan a aceptar estos cambios, añadiendo elementos que permitan el ajuste a la cultura receptora. Ya se ha dicho que cualquier cambio en un elemento de la cultura provoca desajustes que los grupos sociales intentan minimizar.

La difusión de todas estas transformaciones en un mundo que, debido a la perfección de los transportes y las comunicaciones, se ha hecho cada vez más pequeño, no ha hecho más que crecer en los últimos siglos. La réplica de tantos cambios ha dado lugar a una pérdida de la identidad cultural en muchas sociedades. La lengua inglesa, por ejemplo, se ha convertido en una lengua muy hablada en el mundo. Pero la forma de vestir occidental se ha convertido en la dominante en el mundo, igual que las pautas de las culturas euroamericanas. Al resultado de esta pérdida de identidad cultural, lo denominamos aculturación.

Entendemos por aculturación la recepción de rasgos culturales ajenos en detrimento de los rasgos culturales propios. No es necesario que se produzca una sustitución íntegra o cuasi-íntegra de la cultura de una sociedad. Lo más frecuente es que la permanencia de los mismos grupos sociales antes y después del proceso de aculturación, hace que se adopten los cambios que posean cierta consistencia con la estructura cultural preexistente.

El resultado de los intensos procesos de cambio acaecidos en el mundo en las últimas décadas tiene el nombre de globalización, que suele describirse como la interrelación e interdependencia progresiva que se está produciendo entre todas las sociedades del planeta. Aunque pueda parecer exagerado, no es posible encontrar alguna sociedad en el mundo que se haya mantenido estrictamente refractaria al proceso globalizador. Las sociedades viven un proceso de unificación cultural, de acuerdo con la planta de las euroamericanas. El proceso, que se inició en el siglo XVII, al socaire del desarrollo capitalista, se evidenció con una fuerza imparable en el siglo XX, debido a la suma de cambios inducidos por las sociedades occidentales.

El crecimiento en la acción de las organizaciones y de las instituciones internacionales, acorde con las necesidades de los propios Estados, ha contribuido a fomentar la globalización en el mundo. Las ventajas de la misma, permitiendo la universalización, por ejemplo, de las comunicaciones gracias al fenómeno de Internet, no atenúan los numerosos inconvenientes relacionados, por ejemplo, con el dumping comercial. Los productores a pequeña escala han conocido un creciente régimen de dificultades que ha provocado el abandono de sus actividades en muchas partes del mundo.

Otra manera de hablar del poder de la cultura sería afirmando que “no aguantaría vivir en el Afganistán de los talibanes, ni en la Yugoslavia de Milosevic ni en la España franquista. Ya no concibo ser nacional de cualquier país sin ser ciudadano libre, autónomo y con mayores cotas de acceso al reparto de los bienes sociales; tampoco podría ser profesional o artista sin ejercitar la más absoluta determinación personal”.  Puede que nada de esto ocurra o sea posible, pero con el tiempo puede horadar una visión previa distinta.

En todo caso, algo parecido parece ser la base simbólica de la actual cultura neoliberal dominante y, según ella, cada cual, individual e íntimamente, debiera tomar la decisión de construir su peculiar forma de vida (base del individualismo). Cada uno tendría que buscar, como mejor le parezca, sus propios materiales identitarios de expansión, según las contingencias de tiempo y espacio que le toque vivir, pero es cada uno  quien elige la propia partitura de su vida y la ejecuta.

Una de las variantes del multiculturalismo es el hecho de que, en el seno de un mismo Estado de derecho, coexistan una cultura democrática con otra u otras culturas autocráticas o antidemocráticas. Sería lo mismo si, junto a un tejido social de civismo laico, coexistiesen formas de pensar y de actuar basados en  recursos simbólicos de desigualdad y de supeditación entre diferentes categorías sociales.  Sucede…

La cultura chilena es una interesante mezcla de elementas indígenas, en particular mapuches, y la influencia del colonialismo español (reflejada en la lengua hablada y las costumbres católicas). El gran número de migrantes europeos también ha causado un profundo efecto en la sociedad chilena, no obstante lo cual. se considera relativamente homogénea en comparación con la de otros países de Hispanoamérica.

La historia de Chile no se diferencia demasiado de la de otras naciones de su entorno. Fue conquistado por los españoles en el siglo XVII y experimentó un cierto auge económico gracias a la explotación de sus recursos naturales y, con más de una dificultad, fue construyendo una democracia comparativamente más estable que la de sus vecinos, que fue quebrantada por el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 que depuso al presidente Salvador Allende y condujo a la dictadura de diecisiete años de Pinochet. A pesar de todo ese tiempo transcurrido bajo la bota militar, en la profundidad de la cultura popular se mantuvo viva la aspiración democrática que, apenas se abrió la oportunidad de recuperarla (gracias a la reactivación de la memoria histórica que superó el miedo y le dio el triunfo al No en el plebiscito), hizo posible que Chile iniciara una transición pacífica a la democracia en 1990, bajo la música de las canciones de protesta que por años circularon clandestinamente y que tanto ayudaron a combatir la cultura del miedo impuesta por las bayonetas de la dictadura e indujeran a superar las diferencias entre los distintos sectores de la sociedad y a generar los movimientos de resistencia que se enfrentaron al orden hegemónico. El propósito de traer el recuerdo de esta parte de nuestra historia es mostrar el poder de una cultura cuando se encarna en el alma de un pueblo.

Las Democracias

En América Latina, la democracia fue cada vez más común a partir de finales de los años 70 del siglo XX. No obstante, ha enfrentado problemas severos precisamente en los años más recientes, tales como: la escasa participación ciudadana, incluso en lo electoral; el creciente debilitamiento de las organizaciones políticas, sindicales y sociales; el deterioro de la confianza en las instituciones de la democracia; la debilidad del Estado para controlar las fechorías de los políticos corruptos o los privilegios que se autoasignaban los gobernantes. Todo esto explica el que los ciudadanos no se sintieran adecuadamente representados por sus gobernantes ni por sus representantes, aclarando que hay excepciones en la región.

Todo esto provocó  un problema evidente en las democracias latinoamericanas como fue la pérdida de representatividad social de los partidos políticos que solamente conservan una mermada representación política, facilitándose con ello la presencia de un malestar generalizado hacia la política, dando lugar al surgimiento de líderes –civiles y castrenses- autodenominados “antisistema”, algunos de los cuales tuvieron éxito y conquistaron el poder, desde donde cuestionaron severamente a los partidos y buscaron quedarse el mayor tiempo posible como auténticos representantes del interés popular y nacional.

Entonces los partidos y movimientos de izquierda reaccionaron promoviendo mecanismos de participación directa a partir de sus creencias en que los métodos asambleístas o plebiscitarios ofrecen una buena oportunidad de lograr la movilización de masas.

En suma, sea por la crisis de representación de los gobernantes o por convicciones ideológicas, la idea de utilizar mecanismos de democracia directa se fue abriendo paso en la región como remedio a los abusos o desviaciones de gobernantes y representantes. Algunos gobiernos cedieron a las presiones de las movilizaciones populares y permitieron la realización de actos plebiscitarios (un ejemplo fue Chile que produjo la transición a la democracia).

A raíz del complejo momento social que vive Chile, en los últimos meses previos a la pandemia se había desplegado un incipiente y un tanto desordenado debate sobre la democracia representativa y la democracia participativa, debate que había estado prácticamente ausente, tanto de las universidades, los partidos políticos y de la sociedad civil. Desgraciadamente, hubo momentos en que el debate se transformó en un festival de descalificaciones entre partidarios de uno y otro de los enfoques, pero, a pesar de esto, no cabe duda que es un debate urgente y necesario.

“La democracia no es únicamente un Estado de Derecho, sino un sistema cultural. Además de un sistema público de leyes iguales para todos y de instituciones políticas para fomentar y salvaguardar el pluralismo, la tolerancia y la igualdad de oportunidades, es una interacción cotidiana de gente que queda como impregnada de muy similares hábitos de obrar y de vivir los acontecimientos”[3].  

Los materiales simbólicos de las interacciones sociales en democracia nos conducen a imaginar que todos somos iguales ante la ley y los derechos; que ninguna persona está sometida a otra y que, por lo tanto, todos somos libres y autónomos; que los tribunales son imparciales y garantizan el derecho a la defensa; que las autoridades son elegidas y están disponibles para ser controladas y cambiadas; que existe un justo reparto de las oportunidades sociales; que lo verdadero para la sociedad es el resultado de debates amplios y sin constricciones. Obviamente, este imaginario está condicionado por signos de temor derivados de experiencias pasadas.

En los últimos quinquenios y a nivel mundial se viene desarrollando una crisis de la democracia representativa, generada por las percepciones de la mayoría de la población no se siente representada por las autoridades políticas electas, por la falta de solución a los problemas de la educación, la salud pública o la seguridad ciudadana y también, muchas veces, por los escándalos de corrupción.

Se dice que la democracia es el gobierno del pueblo. Pero, como no todo el pueblo puede gobernar al mismo tiempo, eligen a representantes. En los hechos, se ha ido perdiendo la conexión entre los ciudadanos y sus representantes, ahondando la crisis de la democracia representativa, lo que podría anunciar algún grado futuro de turbulencia política.

Por todo esto y otras razones más, el sistema democrático parece estar en crisis y Europa y Estados Unidos son testigos de la aparición de líderes populistas (Orban y Trump) que hacen campaña en contra de las instituciones políticas de la democracia representativa. El populismo, sobre el cual se ha escrito mucho, no es la respuesta. Ni pensar en una dictadura.

Es el momento de reflexionar sobre si debemos mejorar la democracia representativa o, definitivamente avanzar hacia un modelo de democracia que honre mejor la idea de “gobierno del pueblo”. Pues bien, existen países en los que la democracia representativa funciona bastante bien (como en los países nórdicos) y es posible que este modelo -mejorado- pueda ser suficientemente eficiente, legítimo y con buenos niveles de credibilidad. Pero cuando no sucede así aparece, y con razón, la posibilidad de avanzar hacia una democracia participativa.

La democracia participativa es un sistema de organización política que otorga a los ciudadanos una mayor, más activa y más directa capacidad de intervención e influencia en la toma de decisiones de carácter público. En este sentido, podemos entender la democracia participativa como una evolución moderna de la democracia directa de la Antigua Grecia, donde los ciudadanos, con su voz y su voto, tenían una influencia y un peso específico real en todas las decisiones de carácter público de las ciudades-Estado.

Es por ello que la democracia participativa asume como uno de sus objetivos que el ciudadano no limite su papel dentro del sistema democrático al ejercicio del sufragio, como ocurre en la democracia representativa, sino que asuma un rol protagónico, activo y propositivo dentro de la política, tanto a nivel comunitario, como regional y nacional.

De esta manera, uno de los retos de la democracia participativa es crear una sociedad integrada por ciudadanos activos, organizados y preparados para asumir un papel dinámico en la escena política; ciudadanos a quienes, desde la propia escuela, se les eduque para participar en este sistema político.

La experiencia muestra que los ciudadanos que asisten a asambleas barriales o locales, aceptan de forma natural  que,  para  que los temas que hay que decidir a nivel, por ejemplo, de la ciudad y que no sean atingentes a su barrio, los resuelva un representante político, social o técnico.

Una de las dimensiones que influye en su funcionamiento y que regularmente se observa en ciertos casos es la idea de la “proximidad” (geográfica, espacial o temática), lo cual no implica necesariamente que los ciudadanos de a pie ocupen todos los espacios y participen en todos los temas. Por lo demás, se ha observado en la práctica que, cuando se intenta promover espacios de participación ciudadana en temas globales, la concurrencia de ciudadanos se hace notoriamente menor.

Contrariamente a lo anterior, los ciudadanos sí se interesan en participar en  proyectos globales o temas de interés general, que tengan una clara incidencia en los intereses de su barrio o su comunidad. Esto indica que uno de los aspectos cruciales en la organización de una democracia participativa, es resolver cómo enlazar los distinta niveles de la gestión pública (la pregunta metafórica podría ser ¿cómo enganchamos lo eslabones de la cadena pública?).

Son muchos los ejemplos de participación masiva en el tratamiento de proyectos en el que se observa la presencia de familias completas en los debates y votaciones en asambleas barriales. Sin embargo, es necesario, me parece, preservar las entidades de representación democrática (formada por personas elegidas), pero con alta vinculación y rendiciones de cuenta a los ciudadanos y sus organizaciones barriales. Esta exigencia permite precaver la transparencia de la gestión pública y cautelar que los representantes sean cooptables o tomen decisiones alejadas de los intereses de las comunidades que representan.  Además, favorece la complementariedad de los distintos niveles decisionales, tal que sean adecuadamente cuidados la consistencia y la coherencia de los proyectos sociales.

Esta complementariedad permite proyectar a nuevos líderes y poner sobre la mesa nuevos temas, con evidentes ventajas por sobre la histórica relación de tipo clientelar y, al mismo tiempo, favorecer la legitimidad de los gobernantes y representantes frente a sus representados, aspecto que es notoriamente positivo dada la carencia de legitimidad que viven no tan solo los partidos políticos, sino que una gran cantidad de organizaciones territoriales y funcionales actualmente en Chile.

“En Chile esto resulta complejo imaginarlo, porque históricamente la sociedad civil no ha sido llamada a cumplir un rol activo en la construcción de la democracia, más bien, sus intereses han sido mediados por organizaciones políticas hoy desacreditadas, que de alguna forma, le han restado autonomía a este actor de la democracia. Autonomía que se ha visto igualmente reducida por la intervención estatal en la sociedad civil durante los últimos 20 años de democracia. [4]

En una democracia participativa, es necesario que el ciudadano cuente con diversos mecanismos prácticos de participación,  como pueden ser los mecanismos de  formulación de iniciativas, reformas o soluciones específicas, las asambleas ciudadanas,  los mecanismos de consulta, como los referéndum o los plebiscitos.

Naturalmente ello no está exento de dificultades: las hay de todo tipo en razón de las desigualdades económicas, sociales, formativas, jurídicas, etc.. que afectan principalmente a los sectores menos favorecidos de la sociedad, que constituyen la mayoría de la población. La condición socioeconómica provoca también una diferenciación en el manejo de la información y en los medios que la gente utiliza para organizarse y expresarse. Las zonas rurales, por lo general más pobres o marginadas, viven un retraso en la formación de ciudadanía, lo que provoca el triunfo o la permanencia en el poder de fuerzas tradicionales, conservadoras o con débil convicción democrática

No obstante, a mi juicio, la principal dificultad a superar es la cultural porque determina si algo lo vemos como  un problema sin solución o una oportunidad difícil de aprovechar. Pero, finalmente, esto se resuelve en la práctica y mientras más se avance en la puesta en marcha de consultas, en más propuestas de iniciativas legislativas populares, en mayor número de candidaturas independientes de los partidos tradicionales y en la instauración de mecanismos participativos para la toma de decisiones y la rendición de cuentas, los ciudadanos se sentirán más interesados en participar en las decisiones públicas y mejor representados por sus gobernantes.

Paradojalmente, la pandemia COVID-19 que hoy nos aflige puso al país en una situación de riesgo colectivo de tal magnitud que no nos dejó otro camino que poner en la cotidianidad de la vida, nuevos valores y prácticas sociales mucho más cercanas a una democracia participativa que a la neoliberal, que Piñera bautizó como “oasis”. Por de pronto, se puso a la Vida por encima de lo material, lo Comunitario muy por encima del individualismo preexistente, la Colaboración por sobre la competencia, la Solidaridad antes que la propiedad, el Cuidado propio para cuidar a todos, en fin, se tendió a los pies de Chile un nuevo tapiz cultural.

Corresponderá a las fuerzas progresistas aprovechar este paréntesis político cultural para profundizar esta nueva plataforma cultural más alejada a la ideología neoliberal y encabezar un los debates y la pedagogía política que consolide estos valores en el pensamiento y el corazón del pueblo de Chile, tal que – como se espera –  cuando se recupere la movilización popular ésta se reoriente hacia la construcción de una nueva democracia.

Notas

[1]  Esta paradoja surge del hecho que el futuro se parece cada vez menos al presente y mucho menos al pasado, de manera que al menos una parte de lo acumulado hay que abandonar, destruir o modificar si se quiere evolucionar hacia el futuro

[2] Especulación en su versión técnica, como traer a valor presente promesas de futuro

[3] Mikel Azurmendi, “Democracia y Cultura”, Diario El Pais, 2 febrero 2002

[4] «Democracia participativa». En: Significados.com. Disponible en: https://www.significados.com/democracia-participativa

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