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Elicura Chihuailaf: “La palabra surge de la Naturaleza y retorna al inconmensurable Azul”

Por Enrique Saldaña Sepúlveda.- En el acto del silencio podemos encontrar la conversación de las muchas voces que ya han sido. En la contemplación del instante que nos rodea podemos entender que la totalidad del mundo que habitamos es en nosotros, con nosotros. Y en ese acto de amoroso silencio, podemos proyectar la riqueza de nuestro encuentro hacia los otros en la conversación viva, en la escucha que no está sujeta al devenir del tiempo, a la rapidez del progreso que no gusta de la tranquilidad de la espera. En una sociedad tan intervenida como en la que vivimos, cargada de un individualismo que atosiga, resulta molesto reivindicar el valor de la poesía que se ancla en el silencio, en la contemplación, en la conversación y en la escucha. Un valor cada vez más ajeno al sentido de comunidad que estamos formando. Pero sabemos, en lo profundo, que siempre hay voces que no cesan de decir; que están ahí diciéndonos lo que no queremos o hemos olvidado escuchar.

Y dentro de esas voces, se levanta la de Elicura Chihuailaf (Cunco, 1952); voz que nace desde la escucha y la conversación; que nace desde la oralidad y la paciencia de una palabra que se comparte en el espacio de la comunidad, su comunidad mapuche; que se comparte y es herencia que brota en la interacción que no conoce de apresuramientos, en torno al fogón de la casa, mientras los mayores hacen, cuentan y dicen la experiencia que se enriquece en el diálogo. Su cercanía con lo poético está fuertemente ligada a esos momentos. Y esas cercanías que se levantan desde el diálogo, son el instante propicio para recordarnos que tenemos que escuchar:

“A mayor silencio y consiguiente
            Contemplación
más profundo será el entendimiento
            del idioma de la Naturaleza
y mayor la capacidad de síntesis
            de los Pensamientos, y de sus formas
con las que vamos reafirmando
            la arquitectura de la poesía
el Canto necesario para convivir
con nosotros mismos y con los demás.”
(“SUEÑOS DE LUNA AZUL”)

Porque sabemos que en el hacer contemporáneo hemos perdido la capacidad de escucha, la capacidad de entendernos en la escucha. Vivimos en un grito ensordecedor que confunde todo, lo revuelve todo. Cuando avanzamos por los versos de la poesía de Elicura Chihuailaf, nos encontramos en una posición de querer escuchar. Nos disponemos al diálogo. Y entendemos que si no somos capaces de oír, no podremos entrar en un proceso de crecimiento, búsqueda y de reconocimiento con los otros. Quien escucha es capaz de entender las cosas importantes que nacen desde la contemplación y la voz que surge desde la naturaleza y la de quienes viven en la naturaleza.

Encontramos en la poesía de Elicura una constante mirada hacia el interior que se conecta muy profundamente con la naturaleza. Una mirada que intenta comprender el todo porque entiende que somos parte del todo. Y en ese camino de búsqueda, somos eternos aprendices, dice. El conocimiento que buscamos, nos viene de la misma tierra, de la misma naturaleza que depredamos. Conocimiento es lo que queremos encontrar y ese conocimiento nunca ha estado alejado de nosotros. Ha estado siempre cerca. Su palabra es una invitación seria a  entender el diálogo con la naturaleza y con los otros. Nos invita a escuchar lo que dice. Cantos que están presente siempre en los sueños, en donde vislumbramos el camino que está rodeado de las cosas a las que pertenecemos. El hablante es en la naturaleza, la voz de la naturaleza y la de los antepasados que en el silencio transmiten la raíz de su palabra:

En este suelo habitan las estrellas
En este cielo canta el agua
            de la imaginación
Más allá de las nubes que surgen
de estas aguas y de estos suelos
nos sueñan los Antepasados
Su espíritu -dicen- es la Luna Llena
El Silencio: su corazón que late.”
(“EN ESTE SUELO HABITAN LAS ESTRELLAS”)

La pregunta que debemos hacernos es si somos capaces de leer el gran libro de la naturaleza. Dialogamos en un silencio atronador, que no nos permite escucharnos. Y las palabras que se afirman en el silencio de nuestros antepasados no las sentimos. Y así avanzamos, desoyendo. Negándonos al diálogo con el todo, a la conversación con los otros. Hemos endurecidos nuestros corazones para reconocernos en una mirada clara, llena de la TERNURA que nos debiera nutrir. Nutrir el diálogo y las palabras de nuestro diálogo. Avanzar hacia el entendimiento y la conversación que fortalezca nuestras raíces en lo cotidiano de nuestras vidas:

No podemos olvidar que los pasos cotidianos
            en el Valle de la Vida
tienen que ver con los pasos del viento
pero también con el del más pequeño insecto
Con la mirada del cóndor en alto vuelo
mas también con la oruga
Con el grito de los ríos torrentosos
pero también con el silencio de los lagos
Con la prestancia del huemul
mas también con la humildad del pudú
¿Puede el bosque renegar del árbol solitario?
¿Puede la piedrecita solitaria renegar de su cantera?”.
(“LOS PASOS TRASCENDENTES, COTIDIANOS”)

Nuestro pedazo de humanidad solo la alcanzaremos a partir de la palabra dicha, de la palabra hablada. Ahí están los recuerdos y la memoria que se vuelve siempre presente, ahí está la energía que nos permitirá dialogar y crecer en el amor; ahí está el entendimiento que nos falta, el compartir que se nos aleja. Ahí estamos todos, sin exclusión, “¿escuchan la música / de las palabras / que navegan en el aire, rielan / en el agua y se hacen fuego / en el corazón del mar?” ¿Las escuchamos? Sí. Se escuchan y fuerte en el silencio. Es un buen comienzo, entonces, para entrar en el diálogo.

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