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Parasite: hay veces en que es todo bueno, menos la película

Por Edgardo Viereck Salinas.- Un hijo le escribe una emotiva carta a su padre. Es una carta de intensa emotividad, escrita en futuro, llena de promesas y sueños que podemos ver en pantalla a modo de un “flash forward” fugaz que busca conmovernos. El muchacho está arrepentido pues se ha dado cuenta del gran error que ha cometido y pretenderá enmendarlo.

Luego de un oscuro periplo en el que hemos visto de todo, el chico ha descubierto que el camino es uno solo: estudiar, trabajar, hacer dinero y comprar la lujosa casa en la que hoy su padre figura encerrado en un sótano antinuclear del cual sale a hurtadillas cuando nadie lo ve para robar algo de comida a sus dueños y luego volver a su sórdida covacha.

En la carta, su hijo le pide que aguante hasta que pueda ir a rescatarlo y se despide con un lacónico “hasta la vista”. Esta carta es respuesta a otra, también una melancólica misiva que el padre, a su vez, está escribiendo para su hijo desde el búnker en que se encuentra por voluntad propia, desde el día en que fatídicos sucesos lo convirtieron en el asesino del entonces dueño de casa para el cual servía de chofer y “goma”, disfrazado de lo que fuera a cambio de suculentos bonos por horas extra.

El día de la tragedia se trataba de divertir al chiquitín de la casa con un traje de jefe indio estilo apache, hacha en mano incluida, pero el hombre no aguantó más y hasta ahí llegó la cosa porque ya era mucho. Y claro, el hombre, en su estallido final se llevó por delante no sólo al dueño de casa sino que al resto de su propia familia, toda allí presente cumpliendo diversos roles. La ama de llaves. La profesora de arte. El profesor de inglés. Todos, papeles conseguidos a la fuerza y con engaño pues en este sainete nadie nunca fue nada excepto una muestra más del afán por vivir bien tomando el primer atajo que nos ofrece el sistema.

No es fácil dar verosimilitud a una anécdota como esta, que exige el uso de todos los artificios narrativos clásicos y, además, una cuota extra de experimentación formal para  llevar a los personajes por un periplo algo (o bastante) bizarro y lleno de pequeñas trampas en las que cualquiera puede caer con facilidad. La primera (y la más vistosa) es dotar a los personajes de un pseudo carácter con una pseudo motivación que no les permite ir de inicio a fin sorteando todas las pruebas que les impone la aventura que están llamados a vivir. Ocurre que, cuando este carácter no es tal, el personaje no evoluciona sino que, al revés, vive una suerte de involución en la que poco a poco van debilitándose sus motivaciones y certezas hasta que, si no sorprende antes la muerte, termina claudicando y “descubriendo”, como en este caso, que el mejor camino es el que se le ofrecía desde un comienzo y sin necesidad de meterse en tanto lío.

Y claro, es difícil salir de un laberinto tan enredado como el que nos propone esta historia, que además de bizarra es un verdadero “tour de forcé” en cuanto a su forma. Un salpicón de todos los géneros clásicos que transita de lo cómico a lo dramático pasando por pinceladas de melodramatismo y hasta una especia de épica romántica para llegar al suspenso y el terror, incluso el horror, aunque siempre cuidando no perder su estilo “realista”.

Se trata de un indudable intento de realismo social que busca mostrar cómo “la realidad a veces supera la ficción” a través de las contradicciones y el lado “B” de una Corea del Sur que esconde las vergüenzas de su tan aplaudida economía social de mercado sin conseguirlo del todo pues, debajo de la fina mesa de centro del living de esa casa de nuevos ricos, se esconde un grupo de sabandijas que, junto a sus propietarios, son todos producto del mismo “modelo”.

Toda sociedad crea sus propios monstruos y la anécdota de esta película (porque eso es, una anécdota) nos propone una metáfora que, sobre todo en la parte final del relato, se acerca peligrosamente a una idea de “estallido social” que puede llegar a inquietar a quien lo vea por su extrema violencia pero, sobre todo, porque sus protagonistas, a esa altura, ya no están convencidos de lo que hacen ni de lo que hicieron.

Muy por el contrario, muestran su esencial fragilidad al abandonar su coraza de “outsiders” para mostrar una conducta ambigua, incluso errática y hasta temerosa al borde del espasmo. En lenguaje local y asociado a la “clandesta” de alguna época de nuestro país se diría que “se están quebrando”.

El problema es que, como su intento de rebelión al sistema es solitaria y carente de ideología que le dé consistencia, no hay una red de apoyo que los sostenga, no hay nadie “allá afuera” que pueda salvarlos de la trampa mortal (y algo simplona, por qué no decirlo) en la que se han metido.

Y esa, que es la verdadera tragedia de esta historia, no se puede contar porque nos falta un héroe que esté a la altura de las circunstancias. En cambio, lo que se nos ofrece en pantalla es un ensayo de habilidad técnica con gran maestría en la dirección, en el uso de la cámara y los recursos visuales y sonoros, con unas actuaciones notables al servicio de un guion que ofrece virtuosismo en el uso de los giros que llevan al espectador de la risa a la tensión, del susto al miedo y de la burla al espanto.

Un retruécano habilidosamente resuelto que bien valdría la más alta calificación en una academia. Pero en la calle, en la vida real se necesita algo más y, sobre todo, que no me hagan sentir que estuve dos horas de mi vida siguiendo a unas criaturas que parecía que me iban a mostrar que el mundo podía ser de otra manera para que, finalmente, me expliquen que no es así. ¡Plop!

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