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¿Yo te puse así, Guasón?

Por Edgardo Viereck.- El Guasón sonríe con la boca mientras llora con los ojos. Su gesto es brillante y genial como el del gran Chaplin, aquel bufón del cine mudo que buscaba con su infinita ternura ablandar nuestros corazones invitándonos a soñar un mundo mejor.

Pero Guasón no es tierno ni sueña con nada ni busca ablandarnos sino al revés, quiere volvernos de piedra para que entendamos de una vez lo que él ha tenido que soportar. Cuánto dolor. Cuánta desafección de todos nosotros hacia esta pobre criatura que, a fuerza de resistir nuestra cotidiana indolencia, ha enfilado por la vía alternativa de la locura.

¿Triste? Ni tanto porque Guasón no se compadece de sí mismo. Al contrario, no deja de reír. Su plan es simple. Poner algunas cosas en orden y luego desaparecer como alguna vez lo intentaron aquellos pistoleros del viejo oeste. Eso sí que Guasón es algo torpe con el revólver y los tiros se le escapan de vez en cuando. Por eso insiste en asustarnos con su estridencia antes que con las balas. Trata de incomodarnos hasta desatar en cada uno la ira que quizás abra de par en par la puerta de salida hacia una violencia desatada y a la vez racional. ¿Puede acaso la violencia ser racional? Guasón nos empuja a hacernos la pregunta y, para ello, se disfraza de todo lo que es capaz. A veces de payaso, otras de fantasma, por ahí se asoma etéreo y dolorido como un alma en pena, cuando no altanero y desafiante como si se tratara de un ángel vengador.

Guasón las hace todas y en ese vértigo deviene en pesadilla. Guasón surge de entre los recovecos más oscuros de nuestra galería nocturna de miedos, especialmente el miedo a soltar a la bestia que tenemos dentro. ¿Y cuál es su nombre verdadero? No importa pues no tiene domicilio porque no tiene madre ni tampoco padre, ni hermanos, ni siquiera amigos o alguien que lo quiera de verdad aunque sea un poco. Guasón no es un nombre sino apenas un “alias” porque su destino de payaso triste, cual remedo de Pierrot, lo está esperando bajo las luces de aquel set de televisión en el que por fin encuentra lo que busca, que no es otra cosa que una muerte más valiosa y con más sentido que su destartalada vida.

Allí, ante las cámaras y en vivo, Guasón es bautizado por el conductor de televisión, suerte de Dios padre que encuentra cómo bautizarlo dignamente, para luego exhibirlo en el show que será, a la vez, la consagración mundana y el sacrificio redentor. Dios padre lo mira por última vez y se sonríe pues ha olvidado lo que hizo. “¿Yo te puse así, Guasón?”, pregunta sarcástico antes de recibir un tiro en la cabeza. Dios ha muerto y Guasón ha encontrado finalmente el sarcófago perfecto para pasar allí su ansiada eternidad.

Y en este punto una pequeña aclaración. Cualquier semejanza con la realidad es puramente casual, e intentar que Guasón resulte ser una suerte de símbolo de los tiempos actuales sería un atrevimiento intelectual. No señor, Guasón no es de hoy, ni de ayer ni lo será de mañana. Guasón no se sujeta a coordenadas de tiempo ni espacio alguno porque no es un alguien sino un algo, algo así como la imagen difusa de lo que creemos humano, y ni siquiera pues Guasón es con suerte una mueca estéril, una gran charada. Para ser más exactos, un muy buen mal chiste.

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