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Lectura: 5 lecciones de mi infarto cerebral
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Filosofía

5 lecciones de mi infarto cerebral

Última actualización: 28 de junio de 2026 10:53 am
7 minutos de lectura
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permisología caja crisis infarto
Foto de Luca Nardone en Pexels
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Un doble infarto cerebral me ayuda a entender una perspectiva diferente para enfrentar la vida. Más que el relato de una enfermedad, estas son cinco reflexiones sobre la muerte, el tiempo, la familia, la responsabilidad y la voluntad de seguir adelante.

Por Alvaro Medina Jara.- Doble infarto cerebral. Ese fue el diagnóstico. Me quedé helado cuando la doctora me lo dijo, junto a tres practicantes de medicina. Eso fue a lo que había sobrevivido.

Milagrosamente, sin mayores secuelas que una leve pérdida de memoria de corto plazo, desorientación espacio temporal y un dolor persistente en el cuello, en la zona donde la arteria se partió levemente, generando los coágulos que viajaron al cerebro, provocando los ataques encendieron las alertas y me llevaron a quedar internado, sin control de mi lado izquierdo y con pérdida parcial de memoria.

Tras una semana de pruebas, exámenes vasculares, cerebrales y cardíacos, no había una causa específica que explicara por qué ocurrió.

No me referiré a lo que apenas recuerdo. Flashes de memoria de los instantes en que fui atendido, las convulsiones del lado izquierdo del cuerpo, la falta de control, la imposibilidad de reconocer personas y nombres, así como de controlar los ojos, que volaban sin control, el miedo consciente al darme cuenta de que ese podía ser el final o, peor, el principio de una condición incapacitante…

No, el relato de lo ocurrido no es lo importante, sino las lecciones.

La primera es práctica: hay que hablar de la muerte y de la voluntad propia con la familia. Es complejo y tétrico, sí, pero es necesario que nuestros familiares (o personas de confianza) sepan nuestros deseos en caso de que pase algo y no seamos capaces de decidir. Eso involucra también que una o más personas de confianza tengan nuestras claves bancarias, de correos, del celular, y que sepan de los seguros que tengamos contratados. Como no manejamos el momento del final, debemos estar preparados para él.

La segunda: el tiempo es prestado, uno no lo maneja. Por lo tanto, hay que aprovecharlo al máximo, propendiendo a hacerlo con una misión o al menos una dirección o propósito. Aunque seamos como una hoja seca llevada por el viento y no podamos manejar ni controlar los acontecimientos, podemos (en el breve espacio en que existimos) dejar una huella y hacer que nuestros momentos en la tierra sean significativos, para uno mismo o para los demás.

No pienso en algo gigantesco y planetario, ni en quedar en los libros de historia, sino en una simple brizna en la memoria de otros, que los inspire a la acción o que les ayude a soportar el dolor. Si logramos eso, nuestro breve paso por la tierra habrá valido la pena.

La tercera: hay que disfrutar cada momento. Eso parte por la conciencia plena de todo lo que pasa. Mire el sol, cuando brille; sienta el frío en la piel en la mañana; perciba en sus dedos la suavidad de la piel de sus hijos… y dé gracias por ello. Cada minuto de la vida es prestado. Se deben agradecer y aprovechar conscientemente. Incluso el trabajo que hacemos. ¿Cuántos nos habremos perdido de la vida sólo porque pasamos por ella en vez de estar realmente en ella?

La cuarta: planee su ausencia y prepárela. Si usted ya no estuviera en este mundo intempestivamente, ¿están preparados los suyos para vivir, resistir, mantenerse… sin usted? ¿Por cuánto tiempo? Si no lo están, ¿de qué valieron sus diversiones personales y placeres fugaces? ¿A quién le sirvieron? ¿Cree usted que tiene el derecho de disfrutar algo si no ha dejado una base suficiente para que los suyos sigan viviendo? No me refiero sólo a cosas materiales, sino a educación, herramientas técnicas o intelectuales que les permitan valerse por sí solos, consejos, sabiduría acumulada, incluso buenos recuerdos.

Mi peor momento no fue en el ataque mismo, sino horas después, cuando percibía la pérdida de funciones y de capacidad mental y no podía hacer nada contra ello. En la madrugada, en completa soledad, en un cubículo de la sala de emergencias, mientras iban y venían personas en camilla, en la misma condición de mortalidad y vulnerabilidad que yo, lloré amargamente.

Creo que hacía décadas que no lo hacía. Mucho de lo señalado en las lecciones ya lo tenía saldado. Al menos eso creía. De modo que podía da soltar la cuerda y dejarme ir. No estaba dispuesto a quedar en condición menoscabada o incapacitante.  Pero entonces entendí una última cosa:

La quinta lección: No deje de luchar nunca. Es verdad que somos apenas una mota de polvo arrastrada por el viento. Pero también es cierto que la voluntad y el libre albedrío nos dan la capacidad de, al menos, intentar llevar la corriente en una dirección inteligible. Sé que parece que quisiéramos remar con mondadientes en una balsa dentro de un río correntoso. Pero estar dotados de inteligencia y conciencia y no hacer nada me parece un desperdicio de mente y, moralmente, un verdadero pecado, una falta a la esencia, una negación propia.

Si, después de la lucha, pierde… bueno, al menos quedará con la sensación de haberlo intentado. Pero si pierde sin haber movido un gramo de voluntad… ¿cómo se sentirá?

ETIQUETADO:Filosofíaresiliencia
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