La República de Chile enfrenta una presión geopolítica que disfraza intereses externos de “seguridad”, mientras su élite económica y política confunde autonomía nacional con obediencia estratégica.
Por Miguel Mendoza Jorquera.- En 1822, Diego Portales le escribió a su amigo Cea con una lucidez que hoy, más que admiración, da rabia. “¡Cuidado con salir de una dominación para caer en otra!”, advirtió. El hombre que reorganizó Chile desde un estanco sabía que los “señores” que aplauden la libertad desde afuera suelen ser los mismos que después quieren administrarte la cocina. Esa advertencia no envejeció; solo cambió de envase. Hoy la dominación no entra por el puerto con cañones, sino por el cable de fibra óptica, por las visas y por esa palabra fetiche que la Casa Blanca usa como llave maestra: “Seguridad”.
Aclaremos algo para los que leen con un solo ojo: esto no es una oda a China. Todos sabemos qué es Beijing: una dictadura política con opacidad estratégica y una brutalidad laboral que haría llorar a un faraón. Pero es nuestro socio comercial. El drama es que Chile quedó atrapado en una pelea de elefantes, y cuando los elefantes se agarran, el pasto no negocia: se aplasta. Washington hoy nos aprieta con el pretexto de la “infraestructura crítica”, una frase que suena muy profesional pero que, traducida al chileno, significa: “Hagan lo que yo diga o aténganse a las consecuencias”.
La trama se vuelve una comedia negra cuando miramos quiénes están en la mesa. Tenemos al mundo de Andrónico Luksic bailando en dos fiestas: por un lado, necesitan a China para que su cobre se mueva; por el otro, le rezan a Trump para que les destrabe Twin Metals en Minnesota. No es pecado, es capitalismo de manual. El problema es que Chile está confundiendo la política exterior del Estado con la planilla Excel de un holding.
Y aquí viene el chiste que se cuenta solo: el futuro canciller, Francisco Pérez Mackenna, es la histórica mano derecha de los Luksic. ¡Qué puntería! Justo cuando el país necesita una Cancillería con columna vertebral y autonomía, ponemos a cargo a alguien que lleva una mochila de intereses privados más pesada que un buque carguero. Será el dolor de cabeza de Kast y de la familia Luksic al mismo tiempo. Un escenario grotesco donde el principal diplomático del país tendrá que explicarle al mundo que su cargo no es una extensión de la gerencia de Quiñenco.
A Estados Unidos le irrita que el “patio trasero” juegue a la vanguardia. Les duele que, según el Speedtest Global Index, un ranking mensual que publica Ookla, Chile sea el segundo país con el internet más rápido del mundo, superando a sus propias ciudades de Estados Unidos llenas de cables de cobre oxidados. ¿De verdad nos quieren convencer de que nuestro 5G es una “amenaza a la inteligencia global”? Por favor. Esa excusa es más falsa que decir que Donald Trump y el Príncipe Andrés no eran amigos de Jeffrey Epstein.
El problema no es la seguridad, es que no toleran que un país pequeño tenga autonomía tecnológica. Trump, bajo el grito de “Make America Great Again”, no dijo ni “pío” mientras China construía el megapuerto de Chancay en Perú, pero ahora quiere venir a “ordenarnos” la casa a nosotros. Nos están dejando un zapato chino y el riesgo es que, si mañana nos prohíben venderle cobre a Beijing, no entraremos en un debate ideológico, sino en una quiebra económica nacional.
Pero lo más vergonzoso es la barra brava local. Ver a personajes como Axel Kaiser celebrando el garrote extranjero contra sus propios compatriotas no es “realismo político”, es deslealtad nacional de exportación. Es la contradicción definitiva: una derecha que se llena la boca con Portales para pedir orden interno, pero que se arrodilla ante la voz de mando de Washington cuando le sirve para castigar al enemigo doméstico.
Portales creía en el orden para Chile, no para el gusto del Departamento de Estado norteamericano. Chile no necesita ser pro-China ni anti-EE.UU.; necesita algo mucho más difícil de encontrar en nuestra clase dirigente: dignidad estratégica. Si seguimos así, la profecía de Portales no se va a cumplir por una invasión extranjera, sino por algo mucho más triste: por nuestra propia voluntad de ser inquilinos en nuestra propia casa.
Miguel Mendoza Jorquera, Tecnólogo Médico – MBA.

