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Lectura: Acreedores del amor en la era Chicago Boy
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Cultura(s)

Acreedores del amor en la era Chicago Boy

Última actualización: 18 de abril de 2026 11:33 am
7 minutos de lectura
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acreedores teatro
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«Acreedores» es una apuesta intensa y vigente que transforma el amor en campo de batalla, revelando —con crudeza y ironía— las dinámicas de poder, manipulación y deuda emocional que siguen marcando las relaciones contemporáneas.

Por Rodrigo Quintana.-  “Acreedores” de Johan August Strindberg tiene temporada en el Teatro Finis Terrae y ha sido un éxito en circuitos como el Festival Teatro a Mil. Este esfuerzo, en conjunto con el Teatro Nacional Chileno, posee todos los ingredientes para que el público reconozca las relaciones afectivas durante esta era neomercantil del amor post-1973.

En esta nueva versión del clásico del escritor sueco, el director Alexis Moreno, también responsable de la adaptación dramatúrgica, logra convocar a Trinidad González (Tecla), Francisco Reyes (Gustavo) y Mario Horton (Adolfo) para sumergirnos en una bolsa de valores amorosa entre tres artistas, donde la balanza está trucada y abundan el regateo, la inquina, las deudas y los productos tipo Temu que llegan con tres tallas menos.

Adolfo es un pintor endeble, vinculado con Tecla, y posee todo el temperamento que podríamos encontrar en un sándwich de miga. Escucha a Gustavo, un tipo mayor, encantador y aparentemente sabio, quien parece tener todas las respuestas del alma humana; claro, si te gusta recibir un puñal en la espalda mientras te preguntan la hora. Simula amistad, pero viene a cobrar sin factura y cargado de veneno.

La escenografía es minimalista: un decorado de hotel de costa donde confluyen los litigantes. Las luces están al servicio de las crisis de Adolfo y de un verdadero ring, donde tanto actores como personajes llevan al extremo sus capacidades físicas y emocionales.

Destaca la actuación de Trinidad González, con técnica sólida y plenamente integrada a la química del elenco. Siempre al servicio de la expresión psicológica, logra transmitir las emociones complejas y desgarradoras de su personaje. Puede pasar del despotismo calculador a la sensualidad manipuladora, y de ahí a una ira estratégica y demoledora. Sale en pie cuando el director apaga el “tagadá” de este Fantasilandia virulento.

El matrimonio, en la época del autor, era una institución vitalicia. ¿Pero quién desea irse a vivir a una institución, y con este sueco metido adentro? El casorio era una licuadora donde, sí o sí, debían mezclarse todos los tragos amargos, sin derecho a retractarse. En esta obra, es la única guerra donde duermes con el enemigo.

El dramaturgo, padre de la “toxicidad” antes de la invención del concepto, nos entrega una situación pavorosa. Gustavo le llena la cabeza de ideas al pobre Adolfo, y el muchacho recién casado queda como un daltónico armando un cubo Rubik.

Cuando Tecla choca con Adolfo, lo único claro es que, en el amor, quien golpea primero no paga la cuenta del psicólogo. Ella, a su vez, vivirá otro combate con el iracundo Gustavo, uno similar al de Arturo Godoy vs. Joe Louis; pero, al igual que el iquiqueño, ella resiste esos quince asaltos de 1940.

Los clásicos atraviesan las eras: profetizan. Concebida en el modernismo, la obra es un puente hacia lo posmoderno. No trata del amor, sino del poder y la deuda emocional.

Totalmente vigente, expone lo que hoy llamamos “vampirismo emocional”. Gustavo entra en la vida de Adolfo no para ayudarlo, sino para transferirle su dolor. Es el manual clásico de cómo una persona tóxica puede desestabilizar a otra.

Contingente, incorpora incluso elementos como el mansplaining, al instalar una pugna sobre qué artista “creó” a quién. Se invalida la autonomía y el éxito del otro para mantener el control. El frágil Adolfo se asemeja a ciertos creadores contemporáneos: inseguros, más interesados en seguidores en redes sociales que en lectores reales.

“Acreedores” fue escrita cuando el autor exploraba la psique humana y las dinámicas más oscuras de la pareja. Le interesaban los límites de la crueldad y el sadismo en las relaciones. Su teatro es una autopsia con actores consumidos, en un deterioro casi real sobre las tablas.

Strindberg anhelaba una lucha de cerebros. Hoy, con los sesos fritos por el scroll, las parejas se transforman en objetos de crédito y débito, en sociedades donde vales por lo que tienes. Un amor tipo Chicago Boy, donde el mercado es cruel. No es casual que exista demanda para más de tres décadas de realities basura, con emociones degradadas que consumen las nuevas generaciones.

En psicoanálisis se habla del “complejo de Strindberg”: una misoginia defensiva, para evitar ser devorado primero. “Acreedores” recoge, en parte, los conflictos del autor con su primera esposa, la actriz Siri von Essen, a quien acusaba de robarle sus ideas.

Mientras tanto, si el pobre Adolfo hubiera escrito al “¿Qué hago, profesor Nostradamus?” del diario La Estrella de Valparaíso, le habrían dicho: “¡Ojo al charqui, pintor! Estás más mareado que perro en bote. Esa Tecla da más vueltas que la micro Verdemar letra O. Tú estai puro dando la hora y ese ‘amigo’ te vendió ulpo sin harina”.

El matrimonio fue, en parte, un invento legal de la Edad Media para unir y negociar tierras entre invasores bárbaros y los restos del Imperio romano. Un paraíso de la letra chica. Este sueco, rival de Henrik Ibsen, sabe bien que las bodas son la causa número uno de los divorcios, y que el 100% de estos comienza con un casamiento.

“Muerte sí / funerales no”, diría Nicanor Parra.
Amor sí / matrimonios no, agregaría yo.

 

ETIQUETADO:acreedoresculturateatro
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