La próxima vez que alguien les pida respeto por una idea que agrede a la razón o a la decencia, preguntémonos: ¿estamos siendo tolerantes o simplemente estamos siendo cómplices de la estupidez?
Por Lisandro Prieto Femenía.- «Nuestra cultura ha entronizado un principio que me parece letal: “Todas las opiniones son respetables”. Es una solemne estupidez. Las personas son respetables, pero las opiniones deben ganarse el respeto a través de las pruebas, de las razones, de la veracidad o de su utilidad» (Marina, 2004, p. 112).
Lamentablemente, nos hemos habituado a caminar sobre un suelo de vidrio, temerosos de que el sonido de una contradicción quiebre la frágil paz de la convivencia posmoderna. Existe un virus silencioso, una suerte de patología de la inteligencia, que se ha infiltrado en nuestras aulas, en nuestras tertulias y en el núcleo mismo de nuestra vida política.
Se trata de la creencia de que todas las opiniones, por el solo hecho de ser enunciadas, gozan de una aureola de respetabilidad sagrada. Esta idea, bajo un disfraz de tolerancia, parece proteger la democracia, pero en realidad puede vaciarla de contenido racional. Cuando afirmamos que todas las opiniones valen lo mismo, corremos el riesgo de decretar, en la práctica, que ninguna necesita someterse al examen crítico.
¿Desde cuándo el derecho a tener una creencia otorga a esa creencia una suerte de inmunidad diplomática frente a la verdad? Es fundamental detenernos a diseccionar esta confusión terminológica que hoy parece haberse normalizado. La libertad de expresión y la libertad de culto son derechos inalienables que protegen a los individuos, es decir, al sujeto de derecho, pero jamás al contenido semántico de lo que ese sujeto expresa.
Un ciudadano tiene el derecho legal de afirmar que la Tierra es plana o incluso de sostener ideas profundamente erradas, y el Estado no debería encarcelarlo por ello. Sin embargo, ese mismo derecho no obliga a la sociedad ni a la academia a otorgar a tales afirmaciones un lugar legítimo en la mesa de la racionalidad. Al confundir el respeto a la persona con el respeto a su opinión, debilitamos nuestra capacidad de juicio y entregamos las llaves del bien común a la arbitrariedad.
En su obra La inteligencia fracasada: teoría y práctica de la estupidez, José Antonio Marina (2004) advierte sobre los peligros de esta claudicación intelectual. El filósofo sostiene que la inteligencia puede orientarse hacia el bien o hacia el mal, pero también puede quedar atrapada en callejones sin salida debido a prejuicios convertidos en dogmas intocables.
La frase, tan repetida hoy, “respeto tu opinión aunque no la comparta”, suele ser muchas veces un gesto de pereza mental o de cobardía argumentativa. Es una forma elegante de declarar que no nos importa la verdad lo suficiente como para entrar en la noble lid de la argumentación.
Si una opinión es falsa, calumniosa o violenta, ¿por qué habríamos de otorgarle automáticamente nuestro respeto intelectual? El respeto es un valor moral que se debe a la dignidad humana; la verdad, en cambio, es un valor epistémico que se debe a la realidad.
Esta renuncia se disfraza con frecuencia bajo el manto de lo políticamente correcto, una forma de censura blanda que confunde la cortesía con la sumisión. Lo que solemos llamar tolerancia se ha degradado, en algunos contextos, en una suerte de nihilismo amable, donde señalar el error ajeno se percibe como crueldad y no como un servicio a la comunidad. La verdadera tolerancia exige fortaleza: nos obliga a soportar la existencia de aquello que nos incomoda, pero no nos exige validar la mentira.
En su ensayo Verdad y política, Hannah Arendt subraya que la libertad de opinión pierde sentido si los hechos mismos dejan de importar. Su advertencia conserva plena vigencia en una época donde la percepción subjetiva parece competir con la evidencia objetiva.
Cuando permitimos que lo “adecuado” asfixie a lo “verdadero”, la convivencia se transforma en un teatro de sombras donde nadie se atreve a encender la luz. Esta sumisión crea un vacío ético donde los hechos dejan de importar y solo sobrevive la susceptibilidad frente a la realidad.
Pensemos, por ejemplo, en el ámbito educativo. Muchos jóvenes, imbuidos de un relativismo mal entendido, sostienen que criticar una idea ajena constituye una agresión. Pero la verdadera agresión consiste en permitir que alguien permanezca en el error bajo la falsa premisa de la tolerancia. Si un alumno defiende una postura que contradice la evidencia científica o vulnera los derechos humanos, la obligación ética del docente no es “respetar su visión” en términos epistemológicos, sino confrontarla con rigor argumentativo.
En Sobre la libertad, John Stuart Mill defendía el choque de ideas como condición indispensable para el progreso intelectual. Incluso una opinión errónea, sostenía, puede fortalecer la verdad al obligarnos a defenderla mejor.
Sin embargo, esa defensa de la libertad de expresión no debe confundirse con una validación automática de cualquier afirmación. El hecho de no silenciar el error no implica equipararlo a la verdad contrastada.
Esta deriva hacia la aceptación universal ha sido amplificada por una posmodernidad que, en ocasiones, privilegia la complacencia sobre la confrontación crítica. Byung-Chul Han, en su diagnóstico sobre la sociedad de la positividad, advierte cómo la obsesión contemporánea por eliminar toda negatividad termina erosionando la libertad misma. Decir “no” a una idea falsa se percibe entonces como intolerancia, cuando muchas veces constituye un acto de responsabilidad intelectual.
En este contexto, la filosofía sigue recordándonos que pensar consiste, ante todo, en distinguir. Recuperar la valentía de disentir frente a discursos que exigen adhesión automática constituye una urgencia ética.
Friedrich Nietzsche, en Así habló Zaratustra, hablaba del “santo decir no” como condición para la creación auténtica. No basta con soportar pasivamente las imposiciones del rebaño; es necesario conquistar la libertad crítica.
Pero esa valentía tiene un costo social. La sociedad de la uniformidad castiga con rapidez a quien introduce disonancia.
Una representación aguda de este fenómeno aparece en la serie Curb Your Enthusiasm, donde Larry David encarna al paria de la etiqueta social. Su “crimen” no es la maldad, sino negarse a participar en las ficciones convenientes que sostienen una armonía superficial.
Aquí aparece con fuerza la intuición de René Girard: las comunidades tienden a restaurar su cohesión descargando frustraciones sobre un disidente convertido en chivo expiatorio.
Algo similar advertía José Ortega y Gasset al analizar al hombre-masa: ese individuo que no busca tener razón ni ofrecer razones, sino imponer sus opiniones como si fueran axiomas.
Y Søren Kierkegaard denunciaba este fenómeno bajo el concepto de nivelación: el proceso mediante el cual la individualidad se disuelve en “el público”, esa abstracción que anula toda excelencia y toda distinción.
Esta enfermedad social nos devuelve, inevitablemente, a la fábula de Hans Christian Andersen sobre el emperador desnudo. El relato no trata realmente sobre la desnudez de un monarca, sino sobre la complicidad colectiva que prefiere validar la ficción antes que enfrentar la verdad.
En el mundo contemporáneo, ese traje invisible está tejido con opiniones consideradas intocables, afirmaciones que carecen de sustento, pero que muchos prefieren celebrar para no ser señalados.
El grito del niño —“¡el rey está desnudo!”— constituye un acto de parresía, en el sentido rescatado por Michel Foucault: el coraje de decir la verdad aun cuando hacerlo implique riesgo.
Cuando el niño pronuncia esa verdad, no exige respeto para su opinión. Arroja un hecho contra el cristal de la mentira colectiva.
Lo inquietante de nuestra época es que, probablemente, una multitud contemporánea no despertaría ante ese grito. Más bien exigiría respeto por el diseño invisible del sastre y acusaría al niño de insensibilidad, intolerancia o agresión simbólica.
En pocas palabras, hemos corrido el riesgo de convertir la ceguera voluntaria en un valor superior a la lucidez crítica.
Pregunto, ¿es posible construir una sociedad justa si renunciamos a la jerarquía de los valores y de las ideas? Al claudicar ante el “todo vale”, nos quedamos huérfanos de criterios para distinguir lo bello de lo mediocre, lo justo de lo útil y lo verdadero de lo ilusorio.
Esta renuncia nos deja vulnerables ante los demagogos que, sabiendo que su discurso no resiste al mínimo análisis lógico, se refugian en el derecho a la opinión para sembrar el caos.
El dolor que produce ver la degradación de la palabra pública debería conmovernos un poquito más, ¿no les parece? Debería despertarnos esa inquietud socrática que nos impide aceptar las sombras de la caverna como si fueran la luz del sol.
Tal vez sea el momento de recuperar el coraje de decir: “No, no respeto tu opinión”. No lo digamos desde la soberbia, sino desde el amor a la sabiduría y desde la responsabilidad que tenemos para con los demás.
¿No es, acaso, más honesto y más humano desafiar al otro a pensar mejor que dejarlo naufragar en su propia insensatez? La próxima vez que alguien les pida respeto por una idea que agrede a la razón o a la decencia, preguntémonos: ¿estamos siendo tolerantes o simplemente estamos siendo cómplices de la estupidez? ¿Estamos dispuestos a sacrificar la verdad en el altar de una falsa armonía?
El silencio ante el error no es paz, es desierto y la filosofía, queridos lectores, comienza precisamente donde termina la comodidad de las opiniones aceptadas. ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por el confort de nuestro silencio? ¿Es nuestra paz social un templo construido sobre los cimientos de la mentira? Piénsalo, ¿no te parece?
Referencias bibliográficas y fuentes consultadas
Arendt, H. (1996). Entre el pasado y el futuro: Ocho ejercicios sobre la reflexión política. (A. Poljak, Trad.). Península. (Original publicado en 1961).
Foucault, M. (2004). Discurso y verdad en la antigua Grecia. (F. Fuentes, Trad.). Paidós. (Original publicado en 1983).
Girard, R. (1986). El chivo expiatorio. (J. Jordá, Trad.). Anagrama. (Original publicado en 1982).
Han, B.-C. (2017). La expulsión de lo distinto. (A. Saratxaga, Trad.). Herder. (Original publicado en 2016).
Kierkegaard, S. (2012). La época presente. (V. Gómez, Trad.). Trotta. (Original publicado en 1846).
Marina, J. A. (2004). La inteligencia fracasada: Teoría y práctica de la estupidez. Anagrama.
Mill, J. S. (1984). Sobre la libertad. (P. Levy, Trad.). Alianza Editorial. (Original publicado en 1859).
Nietzsche, F. (1972). Así habló Zaratustra. (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Original publicado en 1883).
Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Alianza Editorial. (Original publicado en 1930).

