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Lectura: La peligrosa idea de definir el fascismo y nazismo como izquierda
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Opinión

La peligrosa idea de definir el fascismo y nazismo como izquierda

Última actualización: 21 de julio de 2026 9:28 pm
6 minutos de lectura
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banalidad mal hitler democracia fascismo nazi izquierda
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Reducir el fascismo a una simple etiqueta ideológica ignora el complejo proceso histórico que dio origen al nacionalismo moderno en Europa. Comprender ese contexto resulta indispensable para evitar revisionismos superficiales.

Por Cristián Pérez.- Siempre es aceptable hacer revisionismo histórico, sobre todo cuando se presentan nuevas evidencias y estas son revisadas por académicos e intelectuales responsables, apartados de ideologías e intereses de nicho. El uso del rigor científico es incluso necesario, porque, a veces, un conocimiento del cual creíamos tener plena convicción puede estar construido sobre sesgos derivados de la falta de datos.

Un revisionismo superficial, como asegurar que el fascismo y el nazismo son ideologías de izquierda, representa un peligro, ya que puede convertir dogmas políticos o sociales en supuestas verdades científicas objetivas y conducir a respuestas automáticas antes de examinar las pruebas. En ElPensador.io hemos sostenido reiteradamente la importancia del análisis histórico sustentado en evidencia antes que en consignas ideológicas.

Hagamos historia. El fascismo no aparece abruptamente en 1919 como un accidente o una sorpresiva erupción italiana. Surge cuando el contexto histórico favorece su aparición. Para comprender ese contexto debemos remontarnos a la campaña napoleónica en Italia de 1796, que desmanteló el dominio austríaco en una época en que la península itálica estaba dividida en múltiples reinos y Estados independientes, como el Reino de Cerdeña, el Reino de las Dos Sicilias y los Estados Pontificios.

La invasión napoleónica no solo constituyó un «shock militar», sino también la irrupción violenta de un nuevo tipo de Estado moderno. Se unificó la administración, se centralizaron las leyes y se declaró el italiano como lengua oficial de la administración. En el norte y centro del territorio se aplicó una auténtica ingeniería institucional, basada en modelos franceses y con escasa consideración por las tradiciones locales. En Nápoles, la reorganización territorial dividió el país en provincias y municipios bajo una administración más fácilmente gobernable. Paralelamente, se estableció un férreo control policial sobre la disidencia y una censura sistemática de la prensa.

Napoleón Bonaparte introdujo además el servicio militar obligatorio en Italia, reclutando a miles de jóvenes para combatir en sus campañas militares por Europa. Esto contribuyó a desarrollar una cultura de obediencia, uniformidad y jerarquía militar. El mensaje político era claro: el Estado moderno estaba centralizado, podía imponerse sin consentimiento y abarcar prácticamente todos los aspectos de la vida de la población.

Bonaparte también revitalizó el culto a la personalidad. Al proclamarse emperador, levantó monumentos inspirados en la Roma imperial y adoptó símbolos como el águila imperial, la corona de laurel y las fasces romanas, emblema que posteriormente sería apropiado por el fascismo italiano.

El rechazo al dominio austríaco, pero sobre todo el resentimiento frente a la ocupación francesa, dio origen al Risorgimento, movimiento que décadas más tarde el fascismo radicalizaría bajo una óptica nacionalista, chovinista e imperial.

Puede afirmarse que Napoleón implantó, de manera involuntaria, algunas de las condiciones que favorecerían el desarrollo del nacionalismo identitario moderno.

En los territorios alemanes, el «shock» napoleónico —aproximadamente entre 1803 y 1815— tuvo un impacto igualmente profundo en la política y la sociedad.

En 1806, tras las victorias de Bonaparte y la abdicación de Francisco II, desapareció el Sacro Imperio Romano Germánico. Con ello se eliminaron numerosas estructuras feudales que dificultaban la futura unificación alemana y se simplificó considerablemente el mapa político.

Con la creación de la Confederación del Rin, Napoleón redujo drásticamente el número de Estados alemanes, fortaleciendo gobiernos centrales dotados de burocracias más eficientes, aunque subordinadas a un poder invasor que imponía elevados impuestos y el reclutamiento forzoso de jóvenes para los ejércitos napoleónicos.

En plena ocupación francesa, el filósofo Johann Gottlieb Fichte dictó en Berlín sus célebres Discursos a la nación alemana, donde atribuyó la vulnerabilidad militar y política de los Estados alemanes a su división, particularismo e individualismo. Sostenía que únicamente mediante la educación y el despertar de una cultura nacional unificada el pueblo germano lograría liberarse y cumplir su «destino histórico».

Fichte no fue el único. Otros intelectuales, escritores y poetas difundieron, mediante panfletos, ensayos y poemas patrióticos, un apasionado llamado a la unidad de todos los alemanes. Figuras como Ernst Moritz Arndt y Friedrich Ludwig Jahn contribuyeron decisivamente al surgimiento del nacionalismo alemán del siglo XIX.

Estos llamados «padres del nacionalismo alemán» interpretaron la humillación provocada por Bonaparte como una prueba de la necesidad imperativa de constituirse en una sola nación unificada.

La gran ironía histórica es que un imperio extranjero terminó creando muchas de las condiciones que hicieron del nacionalismo una alternativa atractiva frente a la dominación. Sin embargo, conviene distinguir entre el nacionalismo del siglo XIX, que buscaba la autodeterminación y la unificación de pueblos fragmentados, y las ideologías totalitarias del siglo XX, como el fascismo y el nazismo, que transformaron ese nacionalismo en proyectos autoritarios, expansionistas y racializados. Confundir ambos procesos o reducirlos a simples etiquetas ideológicas constituye precisamente el tipo de revisionismo histórico que debe examinarse con rigor y evidencia.

ETIQUETADO:fascismonazis
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