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Lectura: Bienpensantes (a ratos)
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Cultura(s)

Bienpensantes (a ratos)

Última actualización: 14 de septiembre de 2026 10:26 am
5 minutos de lectura
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bienpensante
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La novela de Antonio Ortuño incomoda porque revela una verdad difícil de admitir: la violencia y el desprecio no siempre vienen del villano evidente, sino también de quienes leen, argumentan y creen pensar “correctamente”. La fila india desnuda esa contradicción y nos obliga a mirar de frente a los bienpensantes que, convencidos de su virtud, olvidan al otro en el camino.

Por Yadi Campo.- Hay novelas que una termina de leer y piensa: qué buena historia. Y hay otras que, además de gustarnos, nos dejan una pequeña incomodidad que no desaparece tan fácilmente. La fila india, de Antonio Ortuño, pertenece a estas últimas.

Publicada en 2013, la novela nos mete de lleno en una realidad bastante poco amable: migrantes centroamericanos atravesando México rumbo a Estados Unidos, violencia, corrupción, narcotráfico, abusos y una sociedad que parece haberse acostumbrado a convivir con todo eso.

Y Ortuño no se anda con demasiados rodeos. Su novela es rápida, incómoda y sarcástica. A ratos, incluso, tan absurda que una no sabe si reírse o indignarse. Probablemente las dos cosas. Porque esa es una de las gracias —si es que podemos llamar así a algo tan poco gracioso— de La fila india: consigue hablar de asuntos terriblemente serios sin ponerse solemne.

Y en medio de todo aparece él.

El Bienpensante.

El nombre ya es una pequeña maravilla.

Es profesor, lee, piensa, argumenta y, como suele ocurrir con quienes están demasiado seguros de tener la razón, también explica el mundo con bastante tranquilidad. El problema es que mientras más habla, menos ganas dan de escucharlo.

Lo interesante es que Ortuño no construye con él al típico villano que una puede identificar inmediatamente y dejar tranquilo en la categoría de “gente mala”. No. El Bienpensante es bastante más peligroso: consigue convertir sus prejuicios en argumentos razonables.

Confieso que los capítulos dedicados a él fueron de mis favoritos. No porque el personaje me haya caído bien —Dios nos libre—, sino porque ahí aparece una de las preguntas más incómodas de la novela: ¿qué ocurre cuando una persona educada no necesariamente es una persona más humana?

Y esa pregunta importa, especialmente porque el Bienpensante es profesor.

Una quisiera pensar que leer, estudiar, enseñar y tener pensamiento crítico nos vuelve mejores personas. Pero la realidad —y Ortuño con ella— se encargan de recordarnos que no existe tal garantía. Podemos tener títulos, libros subrayados y opiniones perfectamente articuladas y seguir mirando al otro con desprecio.

Pero La fila india no se queda ahí. También está la violencia contra los migrantes, la corrupción, las instituciones que deberían proteger y no lo hacen, y esa capacidad de una sociedad para terminar acostumbrándose a aquello que alguna vez le habría parecido intolerable.

Ortuño no nos entrega una lección moral. Nos muestra las contradicciones y nos deja bastante solos con ellas. Y quizá por eso la novela incomoda tanto.

Porque es muy fácil pensar que la violencia pertenece a otros: al narcotraficante, al corrupto, al delincuente, al violento. Mucho más difícil es reconocer que también puede existir en alguien que habla correctamente, tiene argumentos y está convencido de ser una buena persona.

Tal vez por eso La fila india resulta tan incómoda y, precisamente por eso, tan recomendable. Es una novela que hace reír cuando una preferiría no hacerlo, que incomoda cuando sería más fácil mirar hacia otro lado y que, de paso, nos obliga a sospechar un poco de quienes siempre parecen tener la razón.

Incluso de nosotros mismos.

Porque después de conocer al Bienpensante, una cosa queda bastante clara: pensar bien no siempre significa pensar en el otro.

Y qué manera tan inteligente —y bastante cruel— de recordárnoslo.

 

ETIQUETADO:culturaliteraturaortuño
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