El desafío no es prohibir las pantallas, sino aprender a utilizarlas sin que sustituyan el juego, la conversación, los vínculos y las experiencias que son fundamentales para el desarrollo.
Por Jocelyn Uribe.- En una sociedad que promueve tan ampliamente el uso temprano e intensivo de dispositivos digitales, resulta necesario reflexionar, tanto desde la educación como desde lo cotidiano, respecto del rol de la sociedad, las familias y los centros educativos.
Esta invitación no es para juzgar si las pantallas o los dispositivos son buenos o malos desde la base de una mirada dicotómica, sino más bien cuestionar cómo, con quién se utilizan y por cuánto tiempo, dado que estas interrogantes son las que nos permiten precisar el valor relativo de lo bueno o malo en cuanto a la utilización de estos elementos.
En este sentido, la evidencia sugiere que todo depende del contexto de uso; por ejemplo, tener la televisión de fondo o el uso pasivo o sin sentido de dispositivos no aporta ni cognitiva ni socialmente; es decir, no promueve el desarrollo de mayores habilidades. Sin embargo, este mismo escenario, compartido con adultos y seleccionando algunos contenidos, sí permite promover actividades y aprendizajes más favorables, situando a la familia en un rol fundamental.
De esta misma forma y con una adecuada selección, es posible acceder a contenidos educativos de calidad, desarrollar inicialmente las competencias digitales, incrementar el vocabulario, las relaciones lógicas, las habilidades espaciales y matemáticas, entre otras; como también, crear y representar de acuerdo con experiencias y contextos cercanos.
En este escenario, resulta muy importante cautelar que las pantallas no sustituyan las interacciones, el juego, la exploración ni las conversaciones; que sean un complemento en torno a experiencias y aprendizaje, y no un obstaculizador de las relaciones sociales.
El desafío, en el más amplio sentido, es evitar que la pantalla sustituya todo aquello que ninguna tecnología puede reemplazar: el vínculo, el movimiento, la conversación, el juego, la capacidad de disfrutar del entorno, las miradas y toda experiencia directa.
Dentro del ámbito pedagógico, este desafío distingue el contenido, el propósito y quién acompaña este proceso, a fin de no suplir la experiencia directa y concreta, sino más bien enriquecerla y complementarla, siendo este el sitio que las pantallas deben efectivamente ocupar.
Algunos elementos clave que nos permiten situar esta reflexión se pueden determinar en relación con las siguientes interrogantes: ¿las pantallas son una herramienta o reemplazan la experiencia?, ¿la idea es prohibir o aprender a utilizarlas?, ¿qué aprendizajes estamos dejando fuera?, ¿qué sucede cuando la pantalla reemplaza el juego?
Es conveniente reflexionar y decidir, otorgando a la tecnología el valor complementario y de apoyo educativo que simplemente le corresponde.
Jocelyn Uribe es directora de Educación Parvularia, U. Central

