La fatiga y el dolor pueden persistir, aunque los análisis parezcan normales. Comprender las enfermedades reumáticas exige interpretar los resultados y escuchar a quienes viven con síntomas invisibles.
Por Johanna Catalán.- «¿Cómo puede ser que mis exámenes estén bien si sigo sintiéndome mal?». Imaginemos despertar agotados tras ocho horas de sueño o necesitar ayuda para abrir un frasco, aunque los exámenes parezcan normales.
No todas las enfermedades reumáticas son autoinmunes. La artrosis no lo es, pero en la artritis reumatoide, el lupus o la enfermedad de Sjögren falla la tolerancia inmunológica y las defensas atacan tejidos propios. Sus efectos van más allá de las articulaciones.
Por ejemplo, la inflamación sostenida puede causar anemia al aumentar la hepcidina, una hormona que dificulta utilizar el hierro pese a tener reservas. Además, la gastritis autoinmune puede causar déficit de hierro o de vitamina B12. No todo cansancio se debe a un brote.
Pensemos en la enfermedad de Sjögren: solemos reducirla a ojos y boca secos —el síndrome sicca—, aunque también puede comprometer pulmones, riñones, articulaciones y nervios. Bastante más que necesitar lágrimas artificiales.
¿Y el dolor? Aunque esperemos que ceda al controlar la inflamación, puede persistir por cambios en cómo lo procesa el sistema nervioso, como sucede con el dolor nociplástico en la fibromialgia, que no es autoinmune. Así, un examen sin signos de inflamación no invalida el dolor, ni todo dolor anuncia un brote.
Con los autoanticuerpos sucede algo similar. Los anticuerpos antinucleares (ANA) pueden seguir siendo positivos sin indicar actividad de la enfermedad, y los anticuerpos anti-ADN de doble cadena, útiles en el lupus, no siempre acompañan los síntomas. Un resultado negativo tampoco descarta por sí solo todas las enfermedades reumáticas autoinmunes. Según la sospecha clínica, pueden buscarse anticuerpos contra antígenos nucleares extraíbles (ENA). Existe incluso artritis reumatoide seronegativa, en la que la ecografía o la resonancia magnética de las manos pueden revelar inflamación o erosiones, sin confirmar por sí solas el diagnóstico.
Por eso, el hemograma, las determinaciones de hierro y vitamina B12, la proteína C reactiva (PCR), la velocidad de sedimentación globular (VHS), las pruebas de función renal y el análisis de orina aportan pistas; la clave está en saber qué buscamos.
¿Y la alimentación? Una dieta equilibrada, como la mediterránea, ayuda a cuidar la salud cardiovascular y puede aliviar el dolor en la artritis reumatoide. Pero no «apaga» la autoinmunidad ni reemplaza los fármacos. El ejercicio también importa: si moverse duele, es comprensible evitarlo; sin embargo, la inactividad reduce la fuerza y la resistencia. Un estudio en mujeres posmenopáusicas con artritis reumatoide encontró una respuesta presora exagerada, con un mayor aumento de la presión arterial durante el esfuerzo. Decir «haga ejercicio» como si todo dependiera de la voluntad se queda corto: hay que adaptar la actividad a cada persona.
Hoy, los inmunomoduladores permiten controlar mejor muchas enfermedades reumáticas autoinmunes, aunque no siempre eliminan la fatiga, el dolor ni la carga de explicar síntomas invisibles. La medicina necesita exámenes, por supuesto, pero también necesita escuchar a quien tiene enfrente.
Johanna Catalán Figueroa es académica de la Facultad de Medicina, U. Central

