Las malas prácticas de visitantes y la falta de infraestructura evidencian la urgencia de financiar la conservación del desierto y sumar a las comunidades locales a su cuidado.
Por Miguel García.-Los guardaparques del Parque Nacional Desierto Florido denunciaron el ingreso de mascotas, el tránsito sobre las flores, la presencia de personas fumando y los intentos de acampar. Esto ocurre durante la floración más extensa desde 1997, con casi 300 mil pernoctaciones proyectadas en Atacama. Además, el parque aún no cuenta con senderos habilitados, miradores ni servicios para visitantes.
El desierto florido es un paisaje patrimonial en el que la naturaleza, la memoria y la identidad atacameña se entrelazan y sostienen el desarrollo local. Sin embargo, Chile lo protege solo en el papel. El país tiene cerca de un guardaparque por cada 36 mil hectáreas, cuando el estándar internacional citado recomienda uno por cada 2.600. A ello se suma el escaso financiamiento: una evaluación de la OCDE y la CEPAL de 2016 situaba los fondos disponibles en apenas US$1,3 anuales por hectárea protegida.
Necesitamos una gestión integral de las áreas protegidas: financiamiento permanente, coordinación entre CONAF, el Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP), los municipios y Sernatur, sanciones efectivas y participación de las comunidades locales. Es hora de pasar del discurso a la acción. Un paisaje dañado no se recupera con comunicados.
Miguel García es académico de la carrera de Arquitectura del Paisaje, U. Central

