Mientras las pruebas estandarizadas continúan dominando el acceso a las carreras de pedagogía, los programas alternativos que buscan identificar vocación, liderazgo y compromiso docente siguen siendo marginales. En medio de la crisis de formación de profesores, repensar cómo se selecciona a quienes educarán a las próximas generaciones se vuelve una urgencia país.
Por Andrea Figueroa.- Los programas de acceso al talento pedagógico surgen como una alternativa para enfrentar desigualdades estructurales que, para muchos jóvenes, operan como barreras de entrada a la educación superior. Su premisa es simple, pero potente: reconocer tempranamente el interés por enseñar y la disposición a acompañar el aprendizaje de otros como indicadores relevantes en la formación de futuros docentes.
Sin embargo, estas vías de ingreso a las carreras de pedagogía han sido escasamente desarrolladas por las instituciones de educación superior. Las exigencias operativas para su implementación y la persistente desinformación sobre sus mecanismos han limitado su expansión en el sistema.
El resultado es evidente: menos del 10% de la matrícula en pedagogía proviene de estas vías alternativas. Esta cifra no solo da cuenta de su baja utilización, sino también de un imaginario arraigado que sigue posicionando a las pruebas de selección universitaria como la principal —y casi única— puerta de entrada a la universidad.
El problema es que, en el caso de la formación docente, esta lógica resulta insuficiente. El rendimiento académico y los puntajes de ingreso no garantizan, por sí solos, la formación de un buen profesor. La complejidad del ejercicio docente, marcada por contextos escolares diversos, demandas socioemocionales y desafíos pedagógicos crecientes, exige habilidades que difícilmente pueden reducirse a un indicador estandarizado.
En este escenario, la relación entre puntaje de ingreso y desempeño profesional aparece cada vez más desfasada. Formar buenos profesores implica considerar trayectorias más amplias: experiencias escolares significativas, motivaciones personales, habilidades de liderazgo y disposición al trabajo colaborativo. Elementos que, en muchos casos, se desarrollan fuera de los parámetros tradicionales de medición.
Explorar y fortalecer estos programas, junto con otras vías de acceso más integrales, supone un cambio de paradigma. Significa reconocer que el potencial pedagógico no responde a un único criterio, sino a una combinación de factores que incluyen la biografía, las experiencias y los contextos de cada estudiante.
En un momento crítico para la educación en Chile, ampliar estas miradas no es solo deseable, sino urgente. Sin embargo, hasta ahora, este debate sigue ausente en la agenda de las nuevas autoridades, dejando en suspenso una discusión clave para el futuro del sistema educativo nacional.
Andrea Figueroa Vargas es investigadora y académica de la Facultad de Educación, U. Central

