Chile exhibe cifras económicas y sociales superiores al promedio latinoamericano, pero la desconexión política y las promesas incumplidas abrieron paso al avance de la ultraderecha.
Por Roberto Fernández.- Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Chile es el país más desarrollado de América Latina. Entre otros indicadores, tenemos la más alta expectativa de vida, 81,4 años; el tercer mejor ingreso per cápita; el mejor sistema de salud; el mejor sistema educacional; la mejor red de carreteras; el metro más moderno de la región; y es el único país de la OCDE con una tasa de propiedad similar en todos los quintiles.
En 2025, el índice IPSA de la Bolsa de Comercio batió todos los récords; la inversión extranjera directa también; y las empresas tuvieron utilidades extraordinarias. El crecimiento económico fue del 2,5%, la inflación del 3,5% y la cesantía del 8%. En 2026, la proyección de crecimiento va entre el 1% y el 1,75% (Banco Central); la inflación estimada será de más del 4% y la cesantía de más del 10%.
Yo sigo sin entender por qué los proyectos de ley del gobierno se llaman de “reconstrucción”. Se reconstruye lo destruido, y como se puede constatar, lo que existía era mejor que lo que viene.
Desde la vuelta a la democracia en 1990 y antes del actual gobierno, la izquierda y la centroizquierda gobernaron en seis ocasiones, y la derecha tradicional en dos. La conclusión objetiva y evidente es que fueron esos gobiernos los que llevaron al país a la posición en que hoy se encuentra en el ámbito latinoamericano.
Sin embargo, a pesar de todo esto, la ultraderecha ganó la última elección presidencial por un margen considerable, lo que ha llevado a una crisis casi existencial en los partidos políticos de izquierda y en muchas organizaciones sociales y culturales vinculadas a ese sector. El golpe ha sido duro, también para la centroderecha y la derecha tradicional, que sufrió una derrota aplastante y vive igualmente una crisis profunda.
Pienso que cualquier proceso de necesaria autocrítica debe comenzar por reconocer lo que se ha hecho bien y, obviamente, inmediatamente después, analizar dónde se ha fallado. Más allá de los estudios y debates académicos, podemos señalar algunas posibles causas de la actual situación.
Desigualdad persistente
Debemos constatar primeramente que seguimos siendo, junto con México, el país con el más alto grado de concentración de la riqueza en América Latina, y estamos en el lugar 34 a nivel mundial. El 1% posee el 50% de toda esa riqueza. El 10% recibe casi la mitad de los ingresos totales del país.
Esta desigualdad se manifiesta claramente en el acceso a la salud, la educación y la vivienda, lo que ha generado en la ciudadanía la sensación de que no se han cumplido las promesas de mayor equidad social, promesa esencial en las campañas del progresismo.
Delincuencia e inmigración
Otro factor muy importante en la explicación de la derrota ha sido que a la izquierda le ha costado reconocer que la delincuencia y la inmigración, más allá de la manipulación mediática, afectan directamente la calidad de vida de las personas. Estas esperan acciones concretas y efectivas para su control. La posición histórica del sector ha sido poco clara y más bien ambigua.
Complejidad social y falta de actualización conceptual
Parece una banalidad decir que las sociedades modernas son extremadamente más complejas que las de hace unas décadas. La pregunta es si los métodos de análisis y los conceptos utilizados para comprenderlas se han adaptado a estos cambios. La respuesta parece ser que no, lo que requiere con urgencia un esfuerzo de creatividad política y actualización teórica.
Promesas incumplidas y desconexión con la ciudadanía
También hay que considerar que los gobiernos de la Concertación no respondieron adecuadamente a parte de las promesas de campaña que generaron grandes expectativas y que no se cumplieron. Es importante señalar el progresivo distanciamiento de los partidos políticos y la creciente disminución del apoyo gubernamental a las organizaciones sociales de base, lo que produjo una desconexión respecto de las estructuras partidarias y estatales.
El gobierno pasado cometió errores políticos muy grandes y hubo casos de corrupción que afectaron gravemente su imagen.
Influencia mediática y clima emocional
Otro elemento importante es la campaña política que realizan muchos medios de comunicación al presentar los triunfos electorales de la ultraderecha en el Cono Sur como aplastantes y definitivos. Esto afecta el estado de ánimo y la moral de las personas de izquierda, alimentando el pesimismo, la desmotivación y la desmovilización.
La realidad muestra que en Colombia y Perú el triunfo de la ultraderecha fue apenas por márgenes del 1%. Además, una vez en el gobierno, buena parte de los actuales presidentes tienen un rechazo mayoritario en las encuestas.
El caso chileno es impresionante: Kast, que ganó con más del 58% de los votos, hoy —a cinco meses de gobierno— tiene un apoyo de menos del 30%.
Crisis estratégica de la centroizquierda y la izquierda
Es evidente que la centroizquierda y la izquierda están hoy en crisis. No existen definiciones estratégicas claras ni programas de gobierno definidos, y esos problemas deben ser resueltos.
Deben incorporarse a la discusión los temas más relevantes de la modernidad: cambio climático, inteligencia artificial y sus consecuencias, la geopolítica, y los peligros que se ciernen sobre la democracia.
El masivo rechazo al actual gobierno abre posibilidades de alianzas políticas más amplias, centradas en acuerdos en materia económica, equidad social y consolidación democrática.

