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Opinión

Chile frente al desánimo: recuperar la historia mirar al futuro

Última actualización: 13 de agosto de 2026 9:11 am
14 minutos de lectura
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historia chile desanimo
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El desánimo que atraviesa a la sociedad chilena no puede entenderse solo desde la economía o la política. También exige recuperar una historia marcada por profundas transformaciones, acuerdos y rupturas, para volver a construir certezas, comunidad y un proyecto común.

Por Hugo Cox.- Hay interrogantes a las que cuesta encontrarles una respuesta. Por ejemplo, ¿por qué el chileno tiene tan poco acercamiento con la historia y, cuando lo hace, suele aproximarse a ella desde el trauma?

En cambio, la historia política chilena tiene una enorme riqueza que no siempre se reconoce. Por ejemplo, Chile fue uno de los primeros países del mundo occidental en desarrollar una experiencia política asociada a lo que posteriormente se denominaría la tercera vía, durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva y la Democracia Cristiana. Fue un gobierno que inició un vuelco profundo en la estructura agraria mediante la Reforma Agraria, así como la incorporación de grandes sectores de la población a la vida política y social a través de las juntas de vecinos y otras organizaciones comunitarias.

También dio los primeros pasos para la nacionalización del cobre mediante el proceso conocido como la Chilenización del Cobre, antecedente de la posterior nacionalización realizada durante el gobierno de Salvador Allende. En síntesis, se trató de un gobierno de profundas reformas, desarrolladas dentro del marco jurídico y con respeto a las instituciones democráticas.

Otro hito fundamental se produjo en 1970. Por primera vez, un candidato marxista, Salvador Allende, llegó a la Presidencia de Chile mediante una elección democrática. Su gobierno buscó avanzar hacia una sociedad más justa, con un programa que, en varios aspectos, compartía elementos con el proyecto de Radomiro Tomic. Desde esta perspectiva, puede entenderse como parte de la continuidad de un proceso de transformación social que venía desarrollándose en Chile desde décadas anteriores. Sin embargo, durante su desarrollo como gobierno surgió una oposición cada vez más dura y polarizada.

En 1973 se produjo el golpe de Estado. Fue un acontecimiento que adquirió una dimensión inédita para la sociedad chilena, pues las imágenes del bombardeo del Palacio de La Moneda fueron transmitidas y posteriormente difundidas ampliamente por los medios de comunicación.

Además, la dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet presentó al país un proyecto político con objetivos y plazos definidos, que incluyó profundas transformaciones institucionales, económicas y sociales. Finalmente, el régimen fue derrotado en las urnas en el plebiscito de 1988, dando paso a una transición democrática con sus luces y sombras. El propio Pinochet dejó posteriormente la comandancia en jefe del Ejército y asumió como senador vitalicio en 1998, en su calidad de expresidente de la República.

Pero el ciudadano no siempre se encuentra con su historia. Y cada día parece creer menos en las instituciones y en la política, pese a que Chile ha protagonizado importantes hitos de la historia política del mundo occidental.

Para entender lo anterior, hay que tener en cuenta que la integración social durante buena parte del siglo XX se produjo a través de la política. Esta fue uno de los grandes movilizadores sociales. En cambio, con la implementación del proyecto de desarrollo impulsado durante la dictadura —en Chile habitualmente denominado modelo neoliberal—, la integración social comenzó a desplazarse hacia el mercado, y uno de sus principales instrumentos pasó a ser el consumo.

Este proceso modificó el sentido profundo de distintas variables integradoras, desplazando parcialmente el sentido colectivo —el nosotros— hacia un sentido más individual —el yo—.

Hoy, por ejemplo, una situación de desempleo puede resultar especialmente dolorosa, ya que, al desaparecer los ingresos que permiten mantener determinadas formas de integración social, muchas personas deben marginarse de los círculos que frecuentaban: cambiar a sus hijos de colegio, dejar clubes, abandonar determinadas actividades sociales, alejarse de amigos y enfrentar un largo etcétera.

Este es el punto de partida que permite la entrada del desánimo, con consecuencias potencialmente muy negativas para la sociedad. Diversos estudios de opinión han mostrado niveles elevados de pesimismo, inseguridad y desconfianza social, fenómenos que han adquirido especial relevancia después de la pandemia.

¿Qué significa el desánimo para una sociedad?

El desánimo colectivo —esa sensación sostenida de falta de futuro, impotencia o apatía generalizada— actúa como un freno silencioso tanto en el plano microscópico de la vida cotidiana como en los grandes indicadores macroeconómicos y políticos de una nación.

Impacto en la microhistoria

La microhistoria estudia los acontecimientos, vivencias y dinámicas a escala reducida: familias, barrios y pequeñas comunidades. En este nivel, el desánimo altera directamente la agencia individual e interpersonal.

Parálisis del emprendimiento local: el desánimo puede frenar la innovación cotidiana. Proyectos familiares, pequeños comercios o iniciativas comunitarias pueden no llegar a concretarse debido al temor o a la percepción anticipada del fracaso.

Erosión del tejido social y de la memoria comunitaria: cuando predomina la desesperanza, disminuye la participación en organizaciones de barrio, clubes deportivos o juntas de vecinos. Las narrativas locales pueden pasar del orgullo y la superación al cinismo o la resignación.

Deterioro del capital humano: el desánimo puede afectar el bienestar psicológico y social, incrementar el riesgo de deserción escolar y disminuir las expectativas de movilidad social dentro del núcleo familiar.

Impacto en el desarrollo del país

A nivel macroeconómico, el desánimo acumulado de millones de personas puede traducirse en un fenómeno estructural que limita el crecimiento económico, la estabilidad institucional y el progreso social.

Fuga de cerebros y talento: quienes tienen oportunidades pueden buscar desarrollarse en otros países. En determinadas circunstancias, esto puede significar una pérdida de capital humano capacitado y dinámico, debilitando la capacidad de innovación interna.

Caída de la inversión y baja productividad: el pesimismo respecto del futuro puede afectar las decisiones de ahorro, inversión privada de largo plazo y consumo interno. La relación entre confianza, inversión y actividad económica ha sido ampliamente estudiada por organismos como la OCDE y el Banco Central de Chile.

Desinterés cívico y fragilidad institucional: la apatía política puede reducir la fiscalización ciudadana sobre los gobernantes y debilitar la participación democrática. En este contexto, la confianza en las instituciones adquiere una importancia fundamental.

Salir del desánimo colectivo en Chile requiere una combinación de certezas institucionales y reconstrucción del tejido social a escala humana. Tras años de alta polarización, ciclos constitucionales inconclusos y la presión persistente de la delincuencia y el estancamiento económico, el desánimo chileno puede interpretarse como una pérdida de horizonte claro.

La ruta para superar este estado implica intervenciones específicas en cuatro niveles:

  1. Reconstrucción de certezas institucionales y seguridad

El desánimo se alimenta de la vulnerabilidad cotidiana. La población necesita percibir que las reglas del juego funcionan.

Acuerdos políticos transversales: el estancamiento legislativo prolongado consolida la sensación de inoperancia. Lograr acuerdos mínimos y pragmáticos en materias como pensiones, salud y seguridad es prioritario para demostrar capacidad de respuesta.

Seguridad pública como condición habilitante: reducir la victimización y recuperar el espacio público mediante una presencia policial coordinada y eficiente. La recuperación del entorno físico restablece la libertad de desplazamiento y el uso del espacio colectivo.

Modernización de los servicios del Estado: mejorar la resolución de trámites clave, como listas de espera en salud, licencias y subsidios. La percepción de un Estado ágil puede reducir la frustración ciudadana acumulada.

  1. Reactivación económica y proyectos de oportunidad

Sin proyección económica personal y familiar, el discurso de la resiliencia pierde credibilidad.

Impulso a la inversión de alto impacto local: priorizar proyectos de infraestructura local y energías renovables que generen puestos de trabajo formales y directos.

Fortalecimiento de las pymes y del emprendimiento: facilitar el acceso al crédito, simplificar la permisología y proteger al pequeño comercio en las zonas periféricas para recuperar el dinamismo de los barrios.

Capacitación orientada al empleo del futuro: desarrollar programas de reconversión laboral alineados con la demanda actual y futura, con el propósito de reducir la incertidumbre laboral en los sectores más vulnerables.

  1. Fortalecimiento comunitario: la microhistoria como espacio de reconstrucción social

El tejido social cercano puede convertirse en uno de los antídotos más directos contra la sensación de aislamiento y desesperanza.

Poder local y municipios: los municipios son una de las caras más visibles del Estado. Activar mecanismos de participación ciudadana y presupuestos participativos en las comunas permite que la comunidad decida e influya de forma directa sobre su entorno inmediato.

Recuperación de la vida de barrio: fomentar el uso de sedes vecinales, clubes deportivos, ferias de emprendimiento y actividades culturales en parques y espacios locales. La acción a pequeña escala devuelve capacidad de acción a las personas.

Redes de apoyo mutuo: fortalecer el acompañamiento a personas mayores y niños dentro de los barrios para reducir las brechas de soledad y aislamiento.

  1. Salud mental colectiva e integración de la infancia

El desánimo prolongado puede trasladarse al bienestar y a la salud de la población, por lo que requiere respuestas concretas.

Uso efectivo de las garantías en salud: aprovechar las herramientas públicas disponibles, como las garantías de acceso, oportunidad y protección financiera contempladas en el GES, incluyendo la atención de determinados problemas de salud mental.

Espacios seguros para niños y jóvenes: priorizar la salud mental y la protección del entorno escolar, fortaleciendo la comunidad educativa y contrarrestando la deserción y la desvinculación social de las nuevas generaciones.

Aprender a crecer

Para hacer posible lo anterior, es necesario que los sectores de izquierda, socialdemócratas, de la Democracia Cristiana y, en general, aquellos que adhieren a la democracia sin apellidos sean capaces de mirar experiencias históricas que permitan superar la lógica de la confrontación permanente.

En este sentido, resulta interesante mirar la experiencia de Enrico Berlinguer y su propuesta del compromiso histórico, formulada en Italia durante la década de 1970. Berlinguer, secretario general del Partido Comunista Italiano, planteó la necesidad de alcanzar un amplio acuerdo político y social que involucrara a las principales fuerzas democráticas del país, particularmente al Partido Comunista Italiano y a la Democracia Cristiana de Aldo Moro.

La experiencia italiana resulta particularmente interesante para Chile porque el Partido Comunista Italiano desarrolló una posición autónoma respecto de la Unión Soviética y buscó construir una vía democrática propia dentro del contexto europeo.

En síntesis, la derrota de los sectores extremos pasa necesariamente por la construcción de un gran pacto político y social que hable de lo posible y de lo real. Chile tiene una experiencia histórica que puede ser revisitada: la Concertación de Partidos por la Democracia, que permitió articular durante décadas a distintas fuerzas políticas en torno a un proyecto común de recuperación y consolidación democrática.

Quizás esa experiencia pueda ofrecer algunas claves para salir de la actual situación y terminar con la política pendular que ha caracterizado buena parte del debate político chileno de las últimas décadas.

Se requiere mirar más allá de los partidos y de los grupos que representan. El desafío es recuperar una idea de comunidad, reconstruir confianzas y volver a instalar la política como un instrumento de transformación social y no solamente como un espacio de confrontación.

En definitiva, quizás una de las tareas más urgentes de Chile sea volver a encontrarse con su propia historia: no para quedar atrapado en sus traumas, sino para reconocer en ella las experiencias, aciertos y errores que pueden ayudar a construir un futuro común.

ETIQUETADO:Chilefuturohistoriapasado
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