
Por Hugo Cox.- Al caminar por una de las calles de Santiago me encontré con un escrito en una pared que decía: “Hasta que la dignidad se haga costumbre”. Me hizo reflexionar, asumiendo de partida que, como las “paredes hablan”, debe haber algo escondido en esa frase.
Una primera aproximación está dada por personas que se han sentido maltratadas, engañadas, que sienten que no llegó el espacio prometido y que los sueños no serán realizables, que lo avanzado está perdido.
“La victima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige y escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable” (Daniel Giglioli).
Lo anterior nos permite seguir avanzado, en un sentido explicativo, ya que el enojo y la ira son expresiones del estado de víctima.
Y la contradicción estaría dada entre la víctima y el victimario. ¿Y quiénes son los victimarios? Surge una larga lista partiendo por el Estado opresor, el sistema político (ergo, todos los políticos son malos), el sistema judicial (ergo, todos los jueces son malos), los empresarios, y un largo etcétera.
La víctima buscar la reparación individual en el presente, su malestar o dolor debe ser reparado con prontitud.
Esto se produce porque el mercado como el instrumento que asigna recursos es deficiente, ya que funciona en base a los ingresos de las personas. Por esa razón el Estado no se hace presente de acuerdo a las necesidades que las personas creen merecer.
Por otro lado, las personas buscan el reconocimiento y, a su vez, al estar frente a un cambio de época las personas buscan lo que quieren ser en términos individuales.
Los actuales tiempos de globalización se pueden caracterizar en seis aspectos centrales según Franz Hinkelammert:
Al no haber grandes relatos, cada persona se apropia de lo que cree que le es más conveniente y le haga sentido. Lo colectivo desaparece, las grandes batallas ideológicas ya no están presentes, cada sujeto arma su propia historia.
Lo anterior nos lleva a que la víctima no avanza, no propone, no es “revolucionaria”, la victima demanda un estado permanente de víctima, se transforma en piedra.
La política se ha dotado de una apropiación del discurso de las víctimas ya que quien es víctima sabe que será escuchado y surgirá de inmediato en “buenismo”, todos condenarán el pasado, nadie hace una defensa de lo construido.
En tiempos del discurso y la competencia moral y ética, el más ético y más compresivo tendrá mejor llegada con la víctima.
En síntesis, las ganancias son para el bueno porque recibirá los aplausos de las víctimas, y las víctimas ganarán porque sus demandas para la satisfacción fueron escuchadas.
Estamos en una nueva contradicción: victimarios versus víctimas, pero éstas son hedonistas y narcisistas.
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