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Complejos mayores: Dismorfia corporal en la tercera edad

Última actualización: 3 de abril de 2026 8:52 am
12 minutos de lectura
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La dismorfia corporal deja de ser un fenómeno juvenil y se instala silenciosamente en la vejez, impulsada por la soledad, las redes sociales y la presión estética, revelando una crisis más profunda en la forma en que la sociedad enfrenta el paso del tiempo.

Por María Fernanda Pavez.- La dismorfia corporal corresponde a un trastorno de salud mental caracterizado por una autopercepción distorsionada del cuerpo. Una obsesión por la apariencia que llega a ser tormentosa y que, sin discriminar rango etario, induce a quien la padece a tomar decisiones perjudiciales vinculadas a comportamientos destructivos.

El TDC, por lo general, se asocia a adolescentes y jóvenes, pues hasta 2020 los estudios veían estos segmentos como los más afectados a nivel internacional. En la actualidad, esa obsesión por la apariencia atormenta también a un grupo que casi nunca aparece en los titulares: los adultos mayores.

Al comienzo de esta investigación, mientras recibíamos la orientación de especialistas en el tema, no alcanzamos a salir en la búsqueda de un testimonio en primera persona cuando, con un volumen de voz alto y firme, se nos acerca una mujer de aspecto llamativo por su vestimenta de costosa marca, vistosa cabellera ondulada y un rostro maquillado como de la mano de un profesional. “Me llamo Carmen y los puedo guiar muy bien con todo lo que ustedes están buscando. Yo les puedo contar lo que es vivir un trastorno que hace que cada encuentro con el espejo sea un martirio”, anunció.

En el cruce a las seis décadas, hombres y mujeres se enfrentan a cambios como el término de su vida laboral y al ingrato título social que pasa de catalogarlos como “adultos” a “personas mayores”, posición que no todos toman como halago ni reconocimiento de años de experiencia traducidos en sabiduría, sino que, lisa y llanamente, un conjunto de eufemismos para no tildarlos directamente como “viejos”.

Irreconocible

Una imagen que da muestras del inexorable paso de los años, la influencia de las redes sociales, el sentimiento de soledad o el cruel juicio de la sociedad que sigue buscando la belleza hegemónica son algunas de las razones que impulsan un creciente rechazo de la imagen y la valoración personal del aspecto físico.

A mediados de 2019, Carmen decidió irse a vivir sola a un departamento fuera de Santiago para empezar una etapa alejada del mundo laboral y del estrés de la rutina. “Encontré fabuloso poder tener tiempo para compartir con las amistades, viajar y no tener mayores preocupaciones, todo parecía ideal. Lamentablemente, al poco tiempo me vi enfrentada a un encierro obligatorio por la pandemia de COVID-19. Ya no podría tener panoramas ni posibilidades de generar instancias para conocer nuevas personas. Quedé encerrada, sola y sin nada que hacer. El estrés que ese escenario generaba y la soledad perturbadora me llevaron a entrar a las redes sociales. Lo encontraba regio, entretenido y muy nuevo para mí. Al poco tiempo, lo fabuloso pasó a ser algo horrible”, relata la exprofesora universitaria.

“Al otro lado de la pantalla estaba llena de mujeres estupendas, señoras de mi edad con cuerpos preciosos y una piel con diez años menos. Yo me sentía una vieja mal mantenida y cada día más deteriorada”, enfatizó.

“No sé si fue el exceso de los famosos filtros o una vitrina para mostrar la maravilla de los avances estéticos, pero el mirarme y querer compararme me causaba cada vez más desagrado”, cuenta mientras buscaba una foto en su celular para continuar su relato.

“Por primera vez en mi vida empecé a hacer dieta. Cambié la manera de vestirme y, en cuanto levantaron las medidas implementadas por el COVID-19, salí a buscar clínicas donde me eliminaran las arrugas de la cara, el cuello e incluso las manos. Estaba dispuesta a cambiar completa; para eso tenía mi plata y merecía gastarla en mi imagen. Me hice varias veces de todo, tanto así que mi familia llegó a decirme que había quedado irreconocible. Hasta ahora sigo pensando que esa palabra fue una exageración, pero es verdad que había notorios detallitos”, sostiene nuestra primera fuente.

Nuevos complejos, nuevos límites

Aunque parezca contradictorio, son muchos los adultos mayores que consumen redes sociales a diario para lograr establecer amistades en una era en la que el contacto físico demuestra estar en extinción. A medida que se insertan en el mundo digital, se ven expuestos a un submundo dominado por cuerpos jóvenes, rostros filtrados y un estándar de belleza que ni siquiera los jóvenes pueden alcanzar sin edición. Para quienes envejecen en soledad, sin redes de apoyo fuertes, esa comparación constante se vuelve devastadora.

A la presión digital se suma algo más profundo y estructural: la discriminación social hacia la vejez, una forma silenciosa de violencia estética.

El psiquiatra Manuel Eduardo Alvarado toma en cuenta aspectos complementarios que refuerzan esta vulnerabilidad creciente. “La sociedad moderna castiga el paso del tiempo. Quienes pasan los 60 años comienzan a sentir que caminan en una línea que se estrecha”. Y agrega un nuevo factor: “la soledad los hace aún más susceptibles”.

La soledad prolongada amplifica las inseguridades. Sin vínculos cercanos, la percepción del propio cuerpo se vuelve más rígida, más crítica, más distorsionada. Muchos dejan de salir y de participar en actividades. La vergüenza se vuelve constante y el cuerpo se convierte en enemigo.

Pese a todo lo mencionado, el profesional considera importante hacer una distinción. “La preocupación por la imagen personal es válida. Querer mejorar partes del cuerpo no es un problema, todo lo contrario. Hacer retoques que devuelvan o aumenten la seguridad puede ser una muy buena decisión para fortalecer la autoestima; el problema está en que se vuelva una obsesión con comportamientos destructivos y perjudiciales. Ese es el límite y quien lo padece no va a ser capaz de admitirlo. Son sus cercanos quienes, por lo general, deberán atender a las señales y encender las alertas para prestar auxilio, pues, pese a la madurez que las personas mayores deban tener, el rechazo a sí mismos nubla su capacidad de razonar y analizar sus conductas”.

“Envejecer no es algo de lo que uno debiera avergonzarse”

Cuando por fin encuentra la instantánea, Carmen deja en evidencia su cambio y nos cuenta:

“Partí por las canas, las patitas de gallo, el perfilado de nariz, mentón y relleno de labios. Tratamientos para la reducción de grasa, masajes para moldear la figura. Varias cositas más que me renovaron completa; no quería volver a ser joven, mi objetivo era que no me vieran como una vieja en decadencia.

Lo intenté casi todo, hasta que todos esos retoques me dejaron sin ni uno y, por primera vez, pidiéndoles plata a mis hijos, quienes, pese a tener un buen pasar, no estaban dispuestos a alimentar mis inseguridades. Ellos me pusieron el freno. Me enojé con todos y los encontré egoístas, hasta que mis nietos, que son mi punto débil, lograron hacerme ver que tenía que parar y la verdad es que ya no me quedaba mucho más que intervenir”, admite.

Según lo que explica la psicóloga María Angélica Cabezas, “los datos concretos sobre la dismorfia corporal en adultos mayores aún son limitados. Se puede asegurar que hay una mayor visibilidad y, en cierto modo, un incremento en la identificación del TDC en este grupo etario”.

El aumento queda en evidencia por varios factores. Primero, el mayor acceso a información y a recursos de salud mental ha hecho que más personas reconozcan los síntomas y busquen ayuda.

Por otro lado, el envejecimiento de la población y la mayor longevidad también han puesto en el foco la salud mental de los adultos mayores, lo que ha permitido un reconocimiento más amplio de este problema.

Y, “con lo anterior, el aumento en la demanda de intervenciones estéticas, tratamientos y productos de belleza por parte de este grupo también se traduce en una clara evidencia de este fenómeno”.

Luego de su análisis, la especialista hace un contundente llamado:

“Es de suma importancia saber poner atención a lo que pasa con nuestros adultos mayores. No hace falta que sean personas no autovalentes ni que tengan una enfermedad complicada que necesite asistencia. Es en todo momento, en todas las etapas en las que están transitando que merecen atención, ser vistos, valorados y escuchados. Hay que estar pendientes de las señales y no normalizar casos como estos simplemente porque ‘es parte de la edad’. El sentimiento de soledad es el detonante de la mayoría de los problemas de salud mental, y el de las personas mayores no es menos importante que el de niños, jóvenes y adolescentes. La experiencia de los años vividos no es una herramienta para enfrentar la sensación de abandono ni el juicio social”, advierte.

Al terminar nuestra conversación, Carmen señala con un tono más marcado de voz que, al igual que cualquier otro trastorno, es de vital importancia la terapia y el apoyo de la familia. Es gracias a ello que ha logrado reconciliarse con su imagen y verse nuevamente con amor ante el espejo.

“Envejecer no es algo de lo que uno debiera avergonzarse. Es historia, memoria y resiliencia. Pero mientras la sociedad siga poseída por un ideal que esquiva la vejez, somos muchos los que nos vemos afectados por un patrón de conducta que no valora a los adultos mayores. Llegar a lo que llaman tercera edad debiera ser un orgullo, no algo de lo que uno quiera escapar. La edad no nos hace a todos menos sensibles ni más seguros”, sentencia con voz quebrada.

ETIQUETADO:adulto mayordismorfiamayoresvejez
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