Por Juan Medina Torres.- El 16 de enero de 1556, el Emperador Carlos V renunció en Bruselas a la corona de España, en favor de su hijo Felipe II. En Chile, la noticia se conoció dos años más tarde. Por tal motivo, el Gobernador don García Hurtado de Mendoza mandó preparar grandes fiestas en la ciudad de la Imperial, donde se encontraba, para celebrar la sucesión, en abril de 1558.
No se sabe bien el día, pero en medio de los juegos de sortijas y de cañas -que eran una especie de torneos militares- don García salió a la plaza montado en un magnífico caballo y con el rostro cubierto con la visera de su casco.
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Lo escoltaban don Alonso de Ercilla y Pedro Olmos de Aguilera. En ese momento, llega el capitán don Juan de Pineda, quien iba armado para tomar parte en dichos juegos y metió su caballo, atropelladamente, entre los que montaban Ercilla y Olmos. El acto fue considerado una provocación y debía dirimirse en un duelo para “lavar con sangre una ofensa que con el ardor del momento creían grave”.
Posteriormente, Alonso de Ercilla y Pedro Olmos fueron condenados a muerte y se les ordenó que se preparasen a morir como cristianos. Por orden del Gobernador deberían ser decapitados al día siguiente en la plaza pública de La Imperial.
Diego Barros Arana relata en su Historia General de Chile que “los reos pasaron la noche recibiendo los auxilios espirituales de sus respectivos confesores como reos que aguardan una muerte inevitable”. Los habitantes de la ciudad iban a presenciar la muerte de dos capitanes que eran muy queridos por todos sus compañeros. El pesar aumentaba porque la orden del Gobernador era irrevocable.
Pero, a la mañana siguiente, el Gobernador conmutó la pena de muerte de los dos capitanes por la de destierro a perpetuidad. Ercilla y Pineda permanecieron en prisión durante algunos meses hasta que fueron embarcados para el Perú.
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