Para debatir

Deserciones y sistema educativo

A pesar del discurso oficial sobre calidad e inclusión, el sistema educativo chileno sigue desincentivando la vocación docente y sobrecargando a las comunidades escolares con estándares que ignoran la diversidad territorial y las necesidades reales de formación.

Por Cynthia Riquelme.- El sistema educativo chileno requiere con urgencia cambios estructurales que permitan reposicionar nuestra profesión tanto social como profesionalmente. Quienes ejercemos esta labor escuchamos con frecuencia cómo la sociedad desconoce el verdadero rol docente. Cuantitativamente, el 76% de quienes ingresan a las pedagogías desertan del sistema luego de un par de años.

Paradójicamente, las leyes asociadas a lo educativo —como la Ley de Inclusión Escolar— establecen lo que debemos hacer los y las profesoras para desarrollar procesos de aprendizaje que potencien a niñas y niños, independientemente de su diversidad. Sin embargo, en la educación superior se cree que basta con subir los puntajes de ingreso, incorporar estándares y aplicar evaluaciones docentes para dotar a Chile de mejores profesionales de la educación.

La pregunta es: ¿por qué? Y la respuesta, desde mi perspectiva, radica en ese último concepto: el sistema. Contamos con un sistema mal estructurado de principio a fin. Aunque posee elementos necesarios para el desarrollo de la formación docente, sus énfasis están equivocados y han minado tanto las vocaciones pedagógicas de quienes desean ingresar como de quienes ya se encuentran en ejercicio.

Los estándares de evaluación docente han plagado las aulas de procesos que, si bien se presentan como herramientas para el análisis crítico y la mejora continua, se han convertido en un sistema de rendición de cuentas. Este sistema, en lugar de validar la territorialidad y un currículum situado, busca saber qué se ha hecho, cómo se ha hecho y para qué decisiones se ha hecho, con el fin de evaluar impacto. Las comunidades educativas enfrentan largas jornadas de trabajo para plasmar en papel lo que las instituciones fiscalizadoras y acreditadoras esperan.

Pero se olvida que el centro de todo proceso educativo son los estudiantes. Para que se desarrollen, es necesario que los docentes habiliten espacios para escuchar, debatir, analizar, proponer, crear y construir en torno a su realidad educativa. Porque definitivamente no es lo mismo un aula austral que una nortina. A nivel nacional, es urgente asegurar espacios reales de formación docente continua que respondan a las exigencias del medio. Lo que parece obvio se vuelve cada vez más imposible cuando priman las mediciones por sobre las valoraciones.

Seguir en las aulas es un acto de resistencia, profundamente político, que implica —desde una logística crítica y transformadora— decidir a diario continuar en la búsqueda de conciencia y compromiso con la realidad educativa.

Cynthia Riquelme es académica de la Facultad de Educación, U. Central

Alvaro Medina

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