El partido que encarnó la Patria Joven y la Revolución en Libertad, la DC, enfrenta hoy su extravío histórico, sancionando a Eduardo Frei Ruiz-Tagle y renunciando a la coherencia que alguna vez lo hizo mayoría moral y política. Un artículo de Miguel Mendoza.
Por Miguel Mendoza Jorquera.- Cuando niño, mi padre me contaba la historia de un partido que —según él— había transformado a Chile en las últimas décadas del siglo XX. Mi abuelo, su padre, era militante de ese partido y obrero ferroviario de la “Patria Joven”. En mi casa se hablaba de la Democracia Cristiana con una mezcla de fe y orgullo: se recordaban los discursos de Eduardo Frei Montalva en el Caupolicán, incluso en dictadura, como actos de coraje cívico. La flecha roja no era un logo; era identidad obrera, promesa de justicia social, un modo de estar en el mundo. Hoy, ese partido ya no es ni la sombra de lo que fue.
La trayectoria es conocida: de la Falange Nacional a la Democracia Cristiana, de la doctrina social cristiana a la “Revolución en Libertad”. Con Frei Montalva en La Moneda, la DC impulsa la reforma agraria, la chilenización del cobre y la participación popular; en 1965 llega a ser el partido más grande de la República. Esa generación —Frei Montalva, Radomiro Tomic, Patricio Aylwin, Gabriel Valdés— creía, con todos sus errores, que la política era un camino para transformar el país, no solo para administrar cargos.
Pero junto con el auge llega la fractura. Mientras los hijos más inquietos se van con Allende —MAPU, Izquierda Cristiana—, la directiva democratacristiana se mueve hacia la confrontación. De ahí el “pecado original”: el 11 de septiembre de 1973 buena parte de la cúpula recibe el golpe con alivio, viendo en la Junta una salida al callejón sin salida de la UP. No toda la DC, por cierto: el Grupo de los 13, con Bernardo Leighton, Renán Fuentealba y otros, alza la voz al día siguiente y condena el derrocamiento, afirmando que no hay proyecto cristiano posible sobre la base de la violencia y la supresión de libertades. Esa carta es un antes y un después: ahí se dibuja la frontera entre una Democracia Cristiana que cree en la democracia, incluso cuando le incomoda el gobierno de turno, y otra que termina justificando al uniformado que llega a “poner orden”.
Con los años, esa línea ética se convierte en su principal capital. Patricio Aylwin encarna el tránsito desde la ambigüedad del 73 —sabiendo que esa vacilación no podía repetirse— a convertirse en el líder del “NO” y de la transición, el primer Presidente de la República tras la dictadura. Gabriel Valdés teje acuerdos en la oposición siendo presidente del Senado, sin mayoría y con senadores designados; Radomiro Tomic queda como la conciencia incómoda que advirtió que la justicia social no podía abandonarse ni a los militares ni al mercado; y Eduardo Frei Montalva muere en circunstancias que su familia y buena parte de su partido consideran un magnicidio de la dictadura, aunque la justicia no ha logrado probar jurídicamente ese homicidio. Esa generación pertenece a una liga moral y política que hoy parece ciencia ficción si la comparamos con la dirigencia actual.
En ese arco histórico, Eduardo Frei Ruiz-Tagle ocupa un lugar central. Hijo del presidente que muchos en su partido consideran víctima de un magnicidio, símbolo de la transición y segundo mandatario democratacristiano de la era democrática: durante los años 90, Frei hijo es uno de los rostros de la Concertación que promete estabilidad, crecimiento y reducción de la pobreza con una DC fuerte en el centro del sistema. Durante dos décadas, sin la DC de Aylwin y Frei no había mayoría posible ni para la derecha ni para la izquierda; el centro tenía peso propio y no se entendía como vagón de cola de nadie.
Pero el tiempo no se detuvo. La Democracia Cristiana empezó a achicarse electoralmente, a envejecer hacia dentro y a romperse hacia afuera. Cayó la votación, se multiplicaron las facciones, florecieron renuncias y aventuras personales. La famosa “tercera vía” se volvió un zigzag permanente: un rato mirando a la derecha, otro rato pegada a la izquierda, casi nunca articulando un horizonte propio. La Fundación Konrad Adenauer empezó a mirar con más interés a otros actores para reconstruir el centro chileno, dejando a la vieja DC en una esquina incómoda, como invitado que ya no es imprescindible.
En lo material, la decadencia también se hizo evidente: de llenar la Alameda, la DC pasó a vender, arrendar o rematar sedes para pagar deudas. Ver la histórica casa de la Alameda vaciarse, con cajas, muebles y carteles saliendo por la puerta, fue ver a la flecha roja bajarse del tren de la historia.
En medio de esa fragilidad, la DC optó por una jugada presentada como “renovación de vida”, pero que huele más a desesperación: apoyar oficialmente una candidatura presidencial comunista. El partido que nació proclamando una vía “ni marxista ni capitalista” terminó pegado a la izquierda en nombre de evitar su propia extinción. Es justo ahí donde Frei Ruiz-Tagle vuelve a ser pieza clave del relato: uno de los presidentes que encarnaron el éxito de la transición declara que ya no se siente representado, se niega a seguir esa deriva, se fotografía con José Antonio Kast y cruza el Rubicón que la directiva había trazado.
La respuesta del partido es tan simbólica como brutal: el Tribunal Supremo abre causa disciplinaria y suspende la militancia de Frei. El mismo partido que todavía se cuelga de su apellido para recordar tiempos mejores decide expulsarlo, en los hechos, del panteón de “los propios” por no alinearse con la nueva estrategia. La DC que tardó décadas en hacerse cargo de su “pecado original” frente al golpe del 73, que reivindica con orgullo la Carta de los 13 como prueba de que supo rectificar y ponerse del lado de la democracia, hoy sanciona a uno de sus presidentes precisamente por ejercer ese derecho a disentir.
Así, la Democracia Cristiana ha terminado rompiendo al mismo tiempo con su tradición socialcristiana, con su mundo internacional y con la generación que hizo posible el retorno a la democracia. Y lo hace sin ofrecer a cambio un proyecto convincente, ni una base social nueva, ni un relato que explique el sacrificio. Para muchos, el resultado es evidente: la DC pasó de ser el partido más grande de Chile a ser una pequeña bolsa de empleos bien pagados, intentando garantizar cupos en el Estado a costa de la coherencia que algún día la hizo mayoría moral y política.
En medio de este paisaje, vuelvo a mi abuelo. Ese obrero ferroviario democratacristiano no alcanzó a ver el rol fundamental de la DC en el triunfo del NO ni el regreso de la democracia con Aylwin y Frei Ruiz-Tagle; su cáncer al pulmón se lo llevó en 1987, cuando el país estaba a punto de doblar la esquina. Él se definía “tercerista” y no creía en el comunismo. Estoy seguro de que, si estuviera vivo hoy, estaría del lado de Eduardo Frei Ruiz-Tagle en este quiebre, mirando con perplejidad cómo el partido de la Patria Joven, de la Revolución en Libertad, de la Carta de los 13 y de la transición decidió renunciar precisamente a aquello que lo hacía diferente: la convicción de que la democracia, incluso incómoda, siempre vale más que cualquier cálculo de sobrevivencia. Ahora, de ese partido, solo parece quedar una sombra que se mueve por inercia, sin casa, sin centro y, sobre todo, sin alma.
Miguel Mendoza Jorquera, Tecnólogo Médico – MBA

