El voto obligatorio y un electorado menos ideologizado han transformado la política en un mercado donde el ciudadano es un consumidor. Entre promesas de soluciones rápidas, desafección ciudadana y péndulos electorales, Chile enfrenta el desafío de reconstruir acuerdos duraderos antes de que la democracia termine reducida a una simple lógica de consumo.
Por Hugo Cox.- Para ciertos sectores, ver la política como un “producto” es una analogía bastante precisa, aunque la relación entre ese consumo y las soluciones reales es compleja. Desde la ciencia política y la sociología del consumo, se analiza que la “compra” de este producto no siempre busca una solución material, sino que muchas veces responde a una necesidad psicológica o identitaria.
El mercado de las “soluciones mágicas”
1.- Populismo y retórica
Desde una perspectiva de mercado, la política a menudo compite ofreciendo soluciones simplificadas a problemas hipercomplejos como la inflación, la seguridad pública o la desigualdad.
- La promesa como producto: El sector que “compra” esta narrativa lo hace porque reduce su ansiedad frente a la incertidumbre.
- El costo: La moneda de cambio aquí no es el dinero, sino el voto y la lealtad política.
2.- La solución como validación identitaria
Muchas veces, lo que el ciudadano busca no es que el político arregle un puente o resuelva un problema concreto, sino que valide su visión del mundo.
- Consumo de pertenencia: El “producto político” ofrece la seguridad de estar en el bando correcto. La solución aquí es emocional: “Alguien en el poder piensa como yo y castigará a quienes considero responsables de mis males”.
En este sentido, la política funciona como un mecanismo de identidad colectiva.
3.- La política como “seguro de vida”
- Intereses creados: Para otros sectores, especialmente aquellos más vinculados al poder económico o estatal, la política funciona como un producto de inversión técnica.
- Soluciones regulatorias: Aquí se “compra” estabilidad, leyes favorables o la protección de ciertos privilegios.
Es un consumo pragmático donde se busca un retorno claro de inversión (ROI) a través de políticas públicas específicas.
4.- El efecto placebo político
Existe un sector que consume política intensamente —noticieros, redes sociales, debates— bajo la creencia de que estar “hiperinformado” es una forma de participación que genera cambio.
Sin embargo, esto a veces se convierte en activismo de sofá. El consumo del producto político entrega la sensación de estar haciendo algo por la solución, aunque en la práctica no exista una acción concreta.
5.- La decepción del consumidor
Al igual que con cualquier producto, en política también existe una suerte de obsolescencia programada o publicidad engañosa. Cuando la “solución” prometida no llega, el consumidor no suele abandonar la política. En cambio, busca una nueva “marca” —un candidato o partido más extremo o diferente— manteniendo activo el ciclo de consumo.
En conclusión, mientras para algunos la política sigue siendo una herramienta orientada a resolver problemas estructurales, para otros funciona como un bien de consumo emocional que ofrece la solución inmediata de dar sentido al caos cotidiano, aunque los problemas de fondo permanezcan intactos.
El caso chileno: de Boric a Kast
En el Chile actual, la elección de José Antonio Kast como presidente se inscribe dentro de esa lógica.
Si se realiza un análisis comparado entre la elección de Gabriel Boric y la del actual mandatario, la diferencia fundamental se encuentra en la composición del padrón electoral de ambas elecciones. En la primera, el proceso se desarrolló con un padrón más politizado, dado que el voto no era obligatorio. Quienes participaron en segunda vuelta lo hicieron, en gran medida, con el objetivo de detener el ascenso de la derecha más conservadora representada por Kast.
El giro del voto obligatorio
El primer indicio de un cambio en el comportamiento ciudadano apareció en los plebiscitos constitucionales. Ambos procesos fueron realizados con voto obligatorio, incorporando a ciudadanos históricamente desvinculados de la política institucional.
Estos votantes rechazaron ambas propuestas constitucionales, no necesariamente por adhesión ideológica, sino porque no encontraron en ellas una respuesta concreta a sus necesidades cotidianas. No vieron en esos textos una mejora tangible para su bienestar.
El nuevo votante consumidor
En la elección más reciente se incorporó al padrón aproximadamente un 50% más de ciudadanos. Una parte importante de este electorado parece aproximarse a la política bajo una lógica de consumo.
Compran promesas de soluciones rápidas para problemas extraordinariamente complejos. Cuando el producto adquirido no coincide con las expectativas generadas, aparece la desafección política. Y de la desafección al péndulo electoral hay apenas un paso.
Más allá del triunfo del actual presidente, resulta ilustrativo que Franco Parisi haya estado muy cerca de pasar a segunda vuelta. Su propuesta también descansaba sobre la oferta de soluciones inmediatas, tanto en economía como en seguridad.
El desafío: reconstruir una narrativa común
Este escenario sugiere que la única manera de enfrentar esta dinámica pasa por construir un amplio acuerdo político que abarque a todo el espectro democrático, dejando aislados a los sectores más radicalizados de ambos extremos.
Ese acuerdo debe ser capaz de construir una narrativa de mediano y largo plazo. Pero no basta con una narrativa abstracta. Debe ir acompañada de un programa concreto que entregue soluciones reales a problemas concretos de la ciudadanía.
Solo así ese 50% volátil podrá comprender que la política sigue siendo necesaria como herramienta de transformación colectiva.
Dos frentes simultáneos
Esto exige actuar simultáneamente en dos dimensiones:
- Adaptación institucional: Modernizar el Estado y sus instituciones de acuerdo con los nuevos requerimientos de la sociedad del siglo XXI.
- Soluciones inmediatas: Avanzar en la resolución efectiva de los problemas cotidianos que afectan a la ciudadanía.
Por eso resulta indispensable un gran acuerdo nacional. No como un gesto retórico, sino como una condición estructural para evitar que la política continúe degradándose en un simple mercado de expectativas frustradas.

