La imprevisibilidad de Trump como espectáculo político atraviesa fronteras y reconfigura la diplomacia de la primera potencia mundial. Esto va más allá del show: redefine alianzas, pone a prueba la institucionalidad y abre frentes estratégicos inesperados.

Por Daniel Urbina.- Si hay algo que no puede criticársele al presidente Donald Trump y en lo que destaca con respecto a sus predecesores es su capacidad de mantener a la audiencia al borde de sus asientos. Con él, cada semana es garantía de espectáculo; ni sus propios asesores saben con certeza qué pasa por su cabeza ni cuál será su próxima movida. En un contexto de entretenimiento, esto sería un activo muy valioso y el señor Trump sería una figura cotizada, tal como lo fue con sus programas como El Aprendiz o sus cameos en el cine.

Sin embargo, en quien ocupa el puesto de timonel de la primera potencia mundial esta conducta errática e impredecible genera ansiedad y desvelos tanto en aliados como en adversarios. Trump volvió a la Casa Blanca después de cuatro años de la administración Biden —frente al cual nunca admitió la derrota, alegando fraude electoral— con el mismo eslogan de siempre: MAGA (Make America Great Again), la promesa de devolver a Estados Unidos al sitial providencial que, según él, ha perdido.

No es novedad que, al igual que en su primer mandato, el presidente Trump no despierte simpatías en el extranjero. Desde Sudamérica hasta Oriente Medio, pasando por Europa, se le ve como una figura matonesca y bufonesca que, sin embargo, debe tomarse en serio por el peso de su cargo. Se le percibe como un aliado de fiabilidad dudosa —al que no conviene contrariar— y a la vez como un líder con quien no resulta conveniente claudicar del todo.

En los últimos días, una publicación en su cuenta de Truth Social reveló una carta dirigida al presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. En ella, Trump exige que “la cacería de brujas” contra el exmandatario Jair Bolsonaro se detenga de inmediato, refiriéndose a los juicios por su gestión de la pandemia y por incitar desórdenes tras las elecciones donde, al igual que Trump, alegó fraude electoral.

Es evidente la simpatía del magnate por su homólogo brasileño, pero olvida (u obvia) que Brasil es una nación soberana. Se trata de un caso descarado de injerencia en asuntos internos y, de modo más concreto, en un proceso judicial ajeno. No importa la afinidad ideológica: en ningún país con mínimo de institucionalidad sería posible ni tolerable.

Además, Trump menciona un déficit comercial con Brasil y acusa al gobierno de regular plataformas de redes sociales, amenazando la libertad de expresión estadounidense. El déficit, sin embargo, es falso: en 2024 Estados Unidos cerró con un superávit de 7 400 millones de dólares frente a Brasil, según datos del Departamento de Comercio.

Sus detractores, dentro y fuera de Estados Unidos, afirman que Trump ha desmantelado el sistema de gobernanza internacional, lesionando alianzas que permitieron a Washington consolidarse como “líder del mundo libre”. Ya en su momento, el general Charles de Gaulle señalaba que los norteamericanos solo conocen generalidades del mundo y, por ello, cometen grandes errores en política exterior.

Pudo resultar escandaloso cuando, al iniciar su mandato, Trump propuso incorporar a Canadá como estado 51, la anexión de Groenlandia y recuperar el canal de Panamá “por las buenas o por las malas”. Sin embargo, solo verbaliza conductas que han sido norma desde la fundación de Estados Unidos: los intentos de anexión tras la independencia, la guerra con México, el vasallaje de Cuba y la incorporación de Puerto Rico, Guam y Filipinas. El destino manifiesto, la doctrina Monroe y el corolario Roosevelt siguen vivos, disfrazados de populismo geopolítico.

El interés en Groenlandia trasciende lo simbólico: su deshielo abre nuevas rutas marítimas libres de piratería y terrorismo, alternativas a Suez y Panamá. Estados Unidos mantiene presencia militar en la isla y ya ocupó Islandia en la Segunda Guerra Mundial. Las aguas del Ártico, custodiadas por la OTAN y Rusia, son el nuevo frente de una competencia silenciosa.

En Panamá, las complicaciones del canal no obedecen a mano extranjera, sino al cambio climático. Las sequías han reducido el nivel de los embalses Gatún y Alhajuela, limitando calado y tránsito. Son problemas técnicos que afectan a todas las naciones, no medidas antinorteamericanas.

Aun así, Trump necesitaba una victoria simbólica. Recordó el episodio de Theodore Roosevelt y Panamá, sugiriendo el regreso de bases militares en el istmo. El gobierno de Laurentino Cortizo negoció un permiso de uso renovable cada tres años y rumores apuntan a instalaciones en el Darién.

En Chile debemos estar atentos al posible interés en el Estrecho de Magallanes y a las tensiones con Argentina, donde el presidente Javier Milei concedió una base a la armada estadounidense en Ushuaia, vecina de Puerto Williams y no distante de Punta Arenas. Son tiempos impredecibles, y quienes detentan hoy el poder más fuerte del planeta pueden transformar cualquier antojo en política real.

Daniel Urbina es politólogo de la Universidad Católica.

Alvaro Medina

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