La ultraderecha crece gracias a la incapacidad de la socialdemocracia para actualizar su diagnóstico, sumada a la pérdida de memoria histórica y a la fragmentación del centro político. Esto abre paso a un giro conservador que no surge por mérito propio, sino por los errores acumulados de quienes debían ofrecer rumbo. La historia, ignorada, vuelve como advertencia.
Por Hugo Cox Morán.- La historia no es simplemente un registro frío de fechas, batallas y nombres del pasado; es, fundamentalmente, la herramienta que nos permite entender quiénes somos y hacia dónde vamos. Su importancia se puede dividir en dos dimensiones: el impacto en nosotros como individuos y su rol en la construcción de las sociedades.
A nivel individual, la historia funciona como un espejo y un mapa.
- Construcción de la identidad: Al igual que una persona necesita recordar su infancia para comprender su personalidad actual, los seres humanos necesitamos conocer el pasado de nuestras familias, comunidades y naciones para construir nuestra propia identidad. Nos da un sentido de pertenencia.
- Desarrollo del pensamiento crítico: Estudiar el pasado nos enseña que las cosas no “siempre han sido así”. Nos ayuda a cuestionar el presente, a entender que la realidad actual es el resultado de decisiones humanas y que, por lo tanto, puede transformarse.
- Empatía y perspectiva: Nos permite ponernos en los zapatos de personas que vivieron en épocas, culturas y condiciones completamente distintas a las nuestras, ampliando nuestra visión del mundo.
Para los países y las comunidades, la historia es el cemento que los mantiene unidos y la memoria que los protege de la autodestrucción.
- Evitar la repetición de errores: Aunque las situaciones nunca se repiten exactamente de la misma manera, los patrones del comportamiento humano sí lo hacen. Analizar cómo surgieron las crisis económicas, los regímenes autoritarios o los conflictos sociales en el pasado es la única forma de identificar las señales de alerta en el presente.
- Cohesión social y memoria colectiva: Compartir una historia —con sus luces y sombras— crea un relato común que une a los ciudadanos. La memoria histórica es clave para la justicia, la reparación y la reconciliación, especialmente en sociedades que han atravesado traumas colectivos o dictaduras.
- Comprensión de las instituciones actuales: Las leyes que nos rigen, el sistema político en el que vivimos, nuestras fronteras y hasta nuestros problemas estructurales (como la desigualdad o el acceso a la educación) no aparecieron de la nada; son el producto de procesos históricos, tensiones y acuerdos previos.
En pocas palabras: un pueblo que no conoce su historia está condenado a ser un espectador pasivo de su presente, mientras que una sociedad consciente de su pasado se convierte en la autora de su propio destino.
Cuando la historia se ignora: Weimar y el ascenso del nazismo
Cuando no se conoce la historia o simplemente se ignora, ocurren hechos como los actuales en el mundo occidental.
El ejemplo más claro se vivió durante la República de Weimar (1919–1933), una crisis que facilitó el ascenso del nazismo en Alemania. La izquierda y la socialdemocracia alemanas no pudieron construir una alianza que pusiera freno al avance nazi, debido a visiones ideológicas que les impidieron ver el drama que significaría para Alemania.
La crisis actual de la socialdemocracia
La crisis de la socialdemocracia actual no es solo electoral: es principalmente de diagnóstico. El modelo tradicional nació para gestionar una sociedad industrial, con clases sociales claras (trabajadores vs. capital) y fronteras nacionales sólidas. Hoy, el mundo es global, hiperconectado, algorítmico y ecológicamente frágil.
Aquí es donde entra el pensamiento complejo. Este enfoque no ofrece recetas mágicas ni dogmas, sino una forma de entender la realidad como un tejido de partes interconectadas.
El pensamiento complejo permite a la socialdemocracia transitar de una visión lineal (“si subimos los impuestos, financiamos el bienestar de siempre”) a una estrategia sistémica basada en tres principios fundamentales:
Superar el reduccionismo: El ciudadano ya no es solo “clase obrera”
La socialdemocracia clásica solía reducir la identidad política a la posición económica. El pensamiento complejo enseña que los sistemas humanos son multidimensionales.
Un ciudadano actual es simultáneamente:
- un trabajador precarizado,
- un consumidor en plataformas globales,
- una identidad cultural,
- una persona preocupada por el cambio climático,
- un usuario de algoritmos de IA.
El rescate: Diseñar políticas transversales que unan las demandas materiales (salarios, salud) con las postmateriales (ecologismo, salud mental, identidades), en lugar de tratarlas como prioridades que compiten entre sí.
El principio dialógico: Conciliar lo que parece contradictorio
La política tradicional se bloquea en falsos dilemas: ¿Estado o mercado? ¿Globalización o soberanía nacional? ¿Crecimiento económico o transición ecológica?
El pensamiento complejo utiliza la dialogía, que consiste en mantener unidas dos ideas que parecen excluirse mutuamente, pero que se necesitan para funcionar.
| Dilema tradicional | Solución desde la complejidad |
| Protección vs. dinamismo | Diseñar una seguridad flexible real: proteger la vida mediante rentas básicas o formación continua, permitiendo que los sectores económicos muten sin destruir vidas. |
| Ecología vs. empleo | Ver la transición verde como una reconfiguración de la matriz productiva, generando empleos verdes y tecnologías de adaptación. |
Del Estado burocrático al Estado adaptativo
El Estado del bienestar tradicional opera de forma lineal y fragmentada (el Ministerio del Trabajo no habla con el de Educación, ni este con el de Medio Ambiente).
El pensamiento complejo introduce la idea de que las causas producen efectos, y esos efectos vuelven sobre las causas modificándolas.
El rescate: La socialdemocracia debe pasar de un “Estado burocrático” a un “Estado estratega y adaptativo”. Las políticas públicas deben ser experimentos controlados con capacidad de corrección rápida en tiempo real, asumiendo la incertidumbre en lugar de planificar a 20 años bajo la ilusión de un entorno estático.
El mayor error de la socialdemocracia fue creer que las herramientas del siglo XX servirían para los ecosistemas del siglo XXI. La complejidad no busca simplificar el caos del mundo actual, sino aprender a navegarlo sin perder la brújula ética: la dignidad humana y la equidad social.
Chile y el triunfo reciente de la ultraderecha
El triunfo de la ultraderecha en el ciclo presidencial chileno reciente no fue un fenómeno fortuito, sino el resultado de un desgaste profundo del sistema político tradicional y de una serie de desajustes entre las demandas de la ciudadanía y las respuestas de las coaliciones gobernantes.
Mirando el proceso con perspectiva, existen varios errores estratégicos, de lectura y de gestión —tanto de la izquierda como del centro político— que pavimentaron ese camino.
Por ejemplo, levantar una candidatura desde las filas del Partido Comunista en un país profundamente anticomunista generó un voto de rechazo que favoreció a Kast. Algo similar ocurrió en la elección anterior, cuando muchos votaron por Boric para evitar el triunfo de Kast.
Hay un voto importante en el centro del país que busca respuestas a sus inquietudes.
En sociología política se suele decir que la ultraderecha no gana por mérito propio, sino por el vacío que dejan los demás. En Chile, el tránsito desde el anhelo de reformas profundas hacia el refugio en el orden conservador se explica por el cansancio de una ciudadanía que sintió que la política tradicional gastaba más energía en disputas ideológicas que en resolver sus urgencias materiales.

