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Opinión

Gramsci y la crisis de la izquierda: cuando se pierde la hegemonía antes que las elecciones

Última actualización: 9 de julio de 2026 9:54 am
8 minutos de lectura
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gramsci izquierda
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Las categorías de Antonio Gramsci permiten interpretar el desgaste de la izquierda y la socialdemocracia en Chile como un proceso de pérdida de representación, hegemonía cultural y conexión con las transformaciones sociales ocurridas desde la transición democrática.

Por Hugo Cox.- El pensamiento del teórico y filósofo marxista italiano Antonio Gramsci (1891-1937) constituye una de las herramientas más potentes y vigentes para analizar las crisis contemporáneas de la izquierda y de la socialdemocracia.

  1. La «crisis orgánica» y el desprendimiento de las masas

Para Gramsci, una crisis orgánica —o crisis de hegemonía— no es simplemente un bache económico, sino una crisis estructural profunda en la que la clase dirigente pierde el consenso social. Su principal manifestación es una crisis de representación política:

«Las grandes masas se han desprendido de las ideologías tradicionales, no creen ya en aquello en lo cual creían antes… La crisis consiste precisamente en que muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo; y en ese interregno ocurren los más diversos fenómenos morbosos.»

Aplicada al contexto actual, esta idea permite sostener que la socialdemocracia tradicional y los partidos de izquierda clásica perdieron gran parte de su arraigo con la clase trabajadora al adoptar políticas de corte neoliberal y tecnocrático durante las últimas décadas del siglo XX y los primeros años del XXI.

Al romperse ese vínculo, se generó un vacío que, ante la incapacidad de la izquierda para construir una alternativa convincente, terminó siendo ocupado por los «fenómenos morbosos» descritos por Gramsci: populismos, movimientos de extrema derecha y nacionalismos excluyentes.

  1. La «revolución pasiva» de la socialdemocracia

La revolución pasiva describe el proceso mediante el cual la clase dominante absorbe parte de las demandas de las clases subalternas de manera controlada, introduciendo reformas que preservan el orden existente y desactivan la movilización popular.

La evolución de la socialdemocracia europea y latinoamericana puede interpretarse desde esta perspectiva.

Al llegar al gobierno, numerosos partidos de centroizquierda terminaron administrando el capitalismo en lugar de transformarlo. Incorporaron demandas de justicia social, pero, al mismo tiempo, fueron debilitando el poder de base de sindicatos y movimientos sociales.

El resultado fue una nueva subordinación de amplios sectores sociales: la ciudadanía volvió a convertirse en espectadora de la política, perdiendo capacidad de organización y autonomía.

Síntesis

Desde la perspectiva de Gramsci, la crisis de la izquierda y de la socialdemocracia no se resolverá mediante simples promesas electorales, sino a través de la reconstrucción de una hegemonía cultural alternativa. Ello exige que la izquierda vuelva a las trincheras de la sociedad civil, forme nuevos intelectuales orgánicos —líderes surgidos del propio pueblo— y sea capaz de articular un proyecto de futuro que unifique demandas dispersas en una voluntad colectiva sólida.

Explicar la crisis de la izquierda y la socialdemocracia en Chile requiere mirar más allá de la contingencia electoral y comprender que se trata de un proceso de desgaste estructural e ideológico que comenzó durante la transición a la democracia.

A partir de las categorías gramscianas, el fenómeno chileno puede analizarse en cuatro grandes ejes.

  1. La fractura entre la élite política y la base social

Durante los gobiernos de la Concertación (1990-2010), la socialdemocracia chilena optó por un modelo de gobernabilidad basado en acuerdos políticos de élite y en la tecnocracia. Si bien ello permitió estabilidad institucional y una importante reducción de la pobreza monetaria, también produjo una profunda desmovilización social.

El síntoma: la izquierda tradicional pasó de liderar movimientos sociales a administrar el modelo económico heredado.

La consecuencia: se generó una desconexión identitaria. Para las nuevas generaciones, esa socialdemocracia dejó de representar una alternativa al neoliberalismo y pasó a ser percibida como su versión moderada o su administrador más eficiente.

  1. La trampa del «éxito» del modelo y el nuevo individualismo

El acceso masivo al consumo, al crédito y a la educación superior privada transformó profundamente la estructura social chilena. Sin embargo, la izquierda tradicional continuó apelando a una clase obrera industrial que había disminuido considerablemente, mientras emergía una nueva clase media vulnerable, altamente endeudada y marcada por una fuerte lógica individualista.

La paradoja: el bienestar pasó a depender, en gran medida, del esfuerzo individual y de la capacidad de endeudamiento, más que de derechos sociales garantizados por el Estado.

El choque ideológico: cuando la izquierda propone soluciones centradas en bienes públicos —como ocurre en los debates sobre pensiones o salud pública— suele enfrentarse a un sentido común que privilegia la propiedad individual de los ahorros previsionales o la libertad de elección, debido a la desconfianza hacia la capacidad del Estado para administrar esos sistemas.

  1. La fragmentación identitaria frente a las demandas materiales

Tras el estallido social de 2019, buena parte de los sectores ubicados más a la izquierda —representados principalmente por el Frente Amplio y el Partido Comunista de Chile— concentró su agenda en demandas identitarias, feministas, ecologistas y de diversidad.

El desencuentro: mientras la dirigencia política dedicaba gran parte de sus esfuerzos a debates constitucionales y transformaciones institucionales de largo plazo, las principales preocupaciones de la ciudadanía comenzaron a concentrarse en la seguridad pública, el control migratorio y la inflación.

El vacío: al no ofrecer respuestas suficientemente claras frente a esas preocupaciones, la izquierda permitió que la derecha y la extrema derecha capitalizaran el discurso del orden, la seguridad y la estabilidad.

  1. La crisis de gestión y la pérdida de superioridad moral

El recambio generacional que prometía superar «los vicios de los treinta años» enfrentó importantes dificultades al asumir responsabilidades de gobierno.

Déficit de experiencia estatal: gobernar requiere equipos técnicos consolidados y experiencia administrativa. Las nuevas coaliciones, en sus orígenes, carecían de ese capital institucional, lo que las obligó, en numerosos casos, a recurrir a figuras provenientes de la antigua socialdemocracia que previamente habían cuestionado.

Casos de corrupción: episodios como el Caso Convenios deterioraron la imagen de superioridad ética que había construido la nueva izquierda, debilitando uno de sus principales activos políticos y aproximando su percepción pública a la del resto de la clase política.

Conclusión

Desde esta perspectiva, la crisis no consiste únicamente en que la izquierda pierda elecciones. El problema más profundo es que ha perdido buena parte de su hegemonía cultural. La socialdemocracia chilena ha quedado sin un relato de futuro capaz de convocar mayorías: el discurso de la transición democrática ha perdido vigencia y aún no logra consolidarse un nuevo proyecto de bienestar que resulte convincente para una sociedad crecientemente atomizada, individualizada y marcada por la incertidumbre.

ETIQUETADO:Gramsciizquierda
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