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Por Claudia Briones.- La construcción de estados-nación modernos en América Latina hizo que distintos pueblos indígenas quedasen radicados en dos y hasta tres países diferentes. Es el caso del Pueblo Mapuche, pre-existente históricamente y asentado al día de hoy en Gvlvmapu y Pwelmapu, esto es, lo que devino Chile y Argentina, respectivamente. Estas circunstancias plantean, por ende, una serie de convergencias, pero también de divergencias al interior de un colectivo amplio que se autoidentifica en los mismos términos. Convergencias y divergencias quedan, empero, vinculadas a diversos factores que deben ser contextualmente ponderados para evitar caer en postular analogías o contrastes apresurados y, por ende, antropológicamente poco pertinentes y explicativos.
Las convergencias sin duda deben rastrearse a partir de una misma pertenencia que lejos está de ser inmutable, pues ha ido recreándose y reformulándose en el tiempo a partir de distinto tipo de prácticas de intercambio y vinculación que siempre han trascendido las fronteras estatales. Resultan, también, de experiencias compartidas vinculadas a prácticas coloniales y republicanas de subordinación, racializantes, excluyentes y estigmatizantes, que coadyuvan a entramar el sentido de «pertenecer a un mismo pueblo», aunque en este caso a partir de sufrimientos comunes.
Las divergencias se han ido, a su vez, entramando a partir de los modos en que las respectivas formaciones nacionales de alteridad van tallando en bajorrelieve el lugar de lo indígena según formas específicas de construcción de nación en Chile y Argentina. También, de cómo esa co-construcción de nacionalidad y alteridades va definiendo geografías de inclusión y exclusión regionalmente específicas para los distintos pueblos indígenas que han quedado bajo jurisdicción y competencia estatales diferentes y con estilos hegemónicos tan propios como distintivos. Finalmente, a partir de cómo frentes y emprendimientos productivos dispares han ido habilitando economías políticas de producción de «diversidad cultural» particulares, que han derivado en condiciones de existencia diferenciadas, sea respecto de los procesos de formación y mantenimiento de comunidades, sea respecto de forzar desplazamientos y migraciones, o de habilitar distintas formas de inserción laboral y educativa para los integrantes de un mismo pueblo.
No debiera sorprender, entonces, que se manifieste una gran heterogeneidad de trayectorias y formas de vivir una misma pertenencia, y que esto se corresponda con una significativa diversificación de visiones y posicionamientos políticos dentro del «pueblo mapuche», no solo ya entre Chile y Argentina sino dentro de cada país. Reconocer estas complejidades es fundamental para sortear diagnósticos insustanciales, que no logran dar la entidad que corresponde a las muy distintas demandas y formas de reivindicación que el pueblo mapuche realiza a ambos lados de la cordillera.
Esa superficialidad es además peligrosa por distintas razones. Por un lado, enfatizar las convergencias a menudo acaba racializando una pertenencia sociocultural históricamente compleja, haciendo foco en emergencias puntuales deshistorizadas y descontextualizadas. Lleva así a prácticas reiteradas en estos días, como la de generalizar rótulos para un conjunto que queda globalmente denotado como «díscolo», «violento», «terrorista», a pesar de los numerosos indicadores que contradicen semejante atribución. Por otro lado, subrayar sólo las divergencias conduce a ver la heterogeneidad de posturas como señal de debilidad o tendencia a fomentar peleas internas, en vez de como signo de la vitalidad de un pueblo. En casos extremos, conduce a potenciar varas unilaterales para discriminar los «buenos» y los «malos» mapuche, desde la lógica de «separar la paja del trigo», como frecuentemente se escucha en Argentina. Tanto o más grave que todo lo anterior, quedarse en análisis superficiales impide pensar y acordar respuestas políticas congruentes tanto con la diversidad de reivindicaciones que se formulan, como con las distintas formas en que se busca hacerlas audibles y visibles.
Claudia Briones es antropóloga y académica de la Universidad Nacional de Río Negro/CONICET, Argentin
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