
Por José Luis Donoso Garri.- Hace ya un mes que partió Jürgen Habermas, filósofo y sociólogo alemán perteneciente a la segunda generación de la Escuela de Frankfurt (donde ejerció como ayudante de Theodor W. Adorno), en el Instituto de Investigación Social, espacio en el cual se desarrolló la Teoría Crítica, una corriente de pensamiento postmarxista que marcó profundamente su visión del mundo.
Desde esa matriz intelectual, Habermas construyó un ideario orientado a responder a los problemas fundamentales de la humanidad, plasmado en conceptos trascendentes como la ética del discurso, la acción comunicativa, la modernidad y la democracia deliberativa. Estas ideas encuentran su expresión más acabada en algunas de sus obras más reconocidas: Historia y crítica de la opinión pública (1962), Teoría de la acción comunicativa (1981), El discurso filosófico de la modernidad (1985) y Facticidad y validez (1992).
La posmodernidad, surgida a fines del siglo XX en la escuela neoestructuralista francesa, fue sintetizada magistralmente por Jean-François Lyotard en su obra La condición posmoderna (1979). En sus páginas se presentan sus postulados centrales: la crisis de legitimidad de las instituciones democráticas, la incredulidad del sujeto frente a los sistemas de creencias y el fin de los grandes relatos universales.
El pensamiento posmoderno, hoy ampliamente difundido, se ha convertido en un marco interpretativo influyente —incluso como referencia en ciertos movimientos neoconservadores— cuyo impulso original fue desarticular el sistema de creencias construido en torno a la razón y la modernidad. En ese proceso, contribuyó a describir un mundo marcado por el cuestionamiento de las ideologías, la transformación del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial y las tensiones de la globalización capitalista financiera.
El discurso filosófico de la modernidad (1985), ya citado, constituye la defensa más lúcida de Habermas de la razón como estructura fundamental del desarrollo humano. En esta obra, el filósofo enfrenta la crítica posmoderna y reivindica la modernidad como un proceso inacabado, caracterizado por una nueva conciencia del tiempo y por la necesidad de autocercioramiento. Para Habermas, la transformación en la noción del tiempo y la capacidad de ejercer control sobre él fueron elementos decisivos en el tránsito desde la sociedad medieval a la sociedad moderna, entendida como el despliegue de la razón en la organización política, económica y social.
Es precisamente esa concepción de mundo —basada en la libertad, el progreso y la racionalidad— la que hoy se encuentra en crisis a comienzos del siglo XXI. El discurso neoconservador, de raíz posmoderna y con rasgos autoritarios, amenaza con socavar los fundamentos de la modernidad, tal como advirtiera Habermas hace más de cuatro décadas.
Dependerá de nosotros contener esa deriva, construyendo un futuro que permita superar la lúcida advertencia contenida en el célebre discurso que pronunciara el filósofo al recibir, en 1980, el Premio Theodor W. Adorno: La modernidad: un proyecto inacabado.
José Luis Donoso Garri, Licenciado en Historia PUCV
Entre anécdota jurídica y gesto poético, la insólita historia de Jenaro Gajardo Vera —el chileno…
La agresión contra Ximena Lincolao Pilquian en la Universidad Austral expone una fractura más profunda:…
Desde el interior de Irán, el relato de un chileno expone las fisuras de la…
Una inflación de 1% mensual no es solo una anomalía estadística, sino el síntoma de…
Una lectura incisiva sobre cómo el poder ha migrado desde la fuerza hacia la gestión…
Ya no se necesita clandestinidad ni esquina para la piratería; le basta con un algoritmo…