¿Y si el problema no fuera que hemos perdido la conciencia, sino que hemos dejado de habitar?
Por Susan González.- Hay una pregunta que cada vez me resulta más difícil dejar de hacerme: ¿Qué significa realmente estar presente?
Por décadas ha sido el alcohol, las drogas, los juegos… sin embargo ahora…
Vivimos en una época que habla constantemente de presencia, conciencia, bienestar, sanación y despertar. Meditamos para estar en el presente. Practicamos yoga para volver al cuerpo. Hablamos de conexión, energía, espiritualidad , evolución y conciencia.
Sin embargo, la tesis de este ensayo es que la espiritualidad, cuando se convierte en una búsqueda de trascendencia, pureza o bienestar permanente, puede transformarse en una forma de disociación: una manera aparentemente elevada de evitar la experiencia humana concreta. En lugar de acercarnos al cuerpo, al dolor, a los vínculos, a la historia y a las contradicciones que nos constituyen, ciertas prácticas y discursos espirituales pueden enseñarnos a tomar distancia de todo aquello que incomoda. Así, lo que parecía una vía de presencia termina funcionando como una vía de fuga.
Pero ¿estamos realmente más presentes? ¿O hemos construido nuevas formas, mucho más sofisticadas, de escapar de nosotros mismos?
Esta pregunta resulta especialmente importante porque revela una paradoja: mientras más herramientas tenemos para comprendernos, pareciera que más difícil se vuelve simplemente habitar nuestra propia existencia. Podemos observar nuestras emociones, interpretar nuestras heridas, trabajar nuestras sombras y buscar estados superiores de conciencia; pero todo ese esfuerzo puede alejarnos de la experiencia inmediata si lo utilizamos para no sentir, no comprometernos o no dejarnos afectar.
La espiritualidad no es necesariamente una forma de evasión. Puede abrirnos a una relación más profunda con nosotros mismos, con los demás y con el mundo. El problema aparece cuando se utiliza para negar la vulnerabilidad, controlar el sufrimiento o construir una identidad superior desde la cual mirar la vida sin participar plenamente en ella. En ese momento, la búsqueda espiritual deja de ser un camino de encuentro y se convierte en una estrategia para evitar la condición humana.
Quizás el gran desafío del ser humano contemporáneo no sea alcanzar una conciencia superior. Quizás sea algo mucho más elemental y, por eso mismo, mucho más difícil: habitar lo humano.
Pero ¿qué significa habitar lo humano?
Significa habitar el cuerpo. Habitar la tierra. Habitar el tiempo que nos corresponde. Habitar nuestras relaciones. Habitar nuestra historia. Habitar nuestras contradicciones. Habitar aquello que llamamos bueno y aquello que llamamos malo. Habitar el dolor sin convertirlo inmediatamente en una “enfermedad espiritual”. Habitar la felicidad sin exigirnos que permanezca. Habitar la rabia, el miedo, el deseo, la sexualidad, la pérdida, la frustración, la ternura y el amor.
Porque quizás hemos cometido un error fundamental: hemos comenzado a pensar que vivir bien significa eliminar de nuestra experiencia todo aquello que nos resulta incómodo.
¿Por qué? ¿Por qué la tristeza tiene que ser transformada inmediatamente en aprendizaje? ¿Por qué la rabia debe ser trascendida? ¿Por qué el miedo tiene que desaparecer? ¿Por qué necesitamos sanar permanentemente? ¿Por qué tenemos que convertirnos en una versión mejor de nosotros mismos? ¿Quién nos dijo que estar sanos significa estar en paz? ¿Y quién decidió que una persona consciente debería ser una persona que ya no se altera, que no se contradice, que no sufre o que ha dejado atrás sus “sombras”?
Tal vez ahí comienza una de las grandes trampas de nuestro tiempo: confundir la presencia con la distancia, la paz con la evitación, y la conciencia con la capacidad de no ser afectados.
El problema de querer escapar de la condición humana
No cuestiono la meditación. No cuestiono el yoga. No cuestiono las tradiciones espirituales orientales, indígenas o chamánicas. Tampoco cuestiono la búsqueda interior. Lo que cuestiono es qué hacemos con ellas.
Porque una práctica que nació para acercarnos a la experiencia puede transformarse en otra forma de alejarnos de ella.
Podemos meditar para encontrarnos con nuestra experiencia o podemos meditar para no sentirla. Podemos hablar de desapego para comprender la impermanencia o podemos utilizar el desapego para no comprometernos con nadie. Podemos hablar de perdón para elaborar una herida o podemos utilizar el perdón como una manera de no atravesar la rabia. Podemos hablar de iluminación para ampliar nuestra conciencia o podemos convertir la “iluminación” en una identidad desde la cual mirar a los demás como seres menos evolucionados.
Entonces aparece una pregunta que considero fundamental: ¿En qué momento la espiritualidad deja de ser una vía de encuentro y se convierte en una vía de fuga?
Tal vez una persona puede estar profundamente dedicada a su desarrollo espiritual y, al mismo tiempo, profundamente disociada de su propia vida. Puede pasar horas meditando y ser incapaz de sostener una conversación incómoda. Puede hablar de amor universal y no saber relacionarse con su propia familia. Puede hablar de compasión y no tolerar a quien piensa diferente. Puede hablar de conciencia y no reconocer su propia violencia. Puede hablar de paz mientras utiliza la espiritualidad para evitar cualquier conflicto.
Entonces, ¿dónde está realmente la conciencia? ¿En lo que experimentamos con los ojos cerrados? ¿O en aquello que somos capaces de hacer cuando abrimos los ojos y volvemos a encontrarnos con el mundo?
El ser humano hace que las cosas sean lo que son.

