Una mirada crítica a la llamada “innovación curricular” revela que muchos cambios en la educación superior chilena se quedan en ajustes superficiales. Innovar de verdad exige coherencia formativa, decisiones institucionales responsables y evidencia real de calidad, no solo nuevas etiquetas académicas.
Por Nassib Segovia.-No toda carrera nueva responde a una innovación real, ni toda innovación se traduce necesariamente en una mejor formación académica. En los últimos años, la innovación curricular se ha vuelto una expresión habitual en la educación superior chilena, algo esperable en un contexto de cambio permanente. De hecho, resultaría difícil justificar que los planes de estudio no se ajustaran frente a transformaciones sociales, tecnológicas y productivas. El problema surge cuando esos ajustes se confunden con innovación y sustituyen el rediseño formativo profundo que el sistema realmente requiere.
Por lo mismo, resulta necesario precisar de qué estamos hablando. Desde una perspectiva de política pública y de aseguramiento de la calidad, la innovación curricular no se reduce a acortar la duración de una carrera, renombrar asignaturas o eliminar contenidos sin una redefinición explícita de competencias y resultados de aprendizaje. Supone, más bien, un rediseño coherente y sistemático del plan de estudios, de las trayectorias formativas, del perfil de egreso y de los resultados de aprendizaje, en función de la pertinencia, la coherencia interna y la sostenibilidad del proyecto formativo.
—Sobre estos conceptos, puede revisarse el marco de la CNA Chile.
Cuando este enfoque está ausente, modificar mallas puede generar una sensación de modernización, pero difícilmente constituye innovación académica en sentido estricto. Innovar de verdad implica responder una pregunta estructural sobre el tipo de profesionales que requiere hoy un país que ya no se organiza en torno a disciplinas cerradas ni trayectorias lineales. Cuando la innovación se reduce al nombre de la carrera, el problema no es el nombre, sino el vacío formativo que lo acompaña.
Las experiencias más consistentes comparten principios propios de una evaluación seria de calidad, como la coherencia entre perfil de egreso y plan de estudios, la exigencia académica y la articulación disciplinar real. Sin pretensión de exhaustividad, en Chile existen casos que ilustran este enfoque en pregrado, como la Pontificia Universidad Católica de Chile con ingenierías articuladas con Ciencias y Medicina, y la Universidad Adolfo Ibáñez mediante dobles grados y alianzas estratégicas relevantes.
Estas experiencias convergen en un punto central: la innovación curricular no puede reducirse a una estrategia de posicionamiento o marketing académico, sino que constituye una decisión institucional responsable, sustentada en criterios de calidad, pertinencia y coherencia formativa. Desde una perspectiva sistémica, el desafío es avanzar hacia un marco que exija evidencia efectiva de coherencia entre perfil de egreso, plan de estudios y resultados de aprendizaje, y no solo descripciones declarativas de los proyectos formativos. En un sistema tensionado por la masificación y la presión comercial, innovar con rigor no es una opción estética, sino una responsabilidad pública.
Nassib Segovia es académico y especialista en educación superior

