Opinión

Irán y el antiimperialismo cómplice

Una parte del antiimperialismo y del progresismo identitario ha convertido la geopolítica en coartada moral: condena con fervor a unos regímenes mientras relativiza a otros si se declaran enemigos de Estados Unidos. El resultado es una ceguera selectiva que abandona a mujeres, disidentes y presos políticos en Irán, y que transforma la ética en propaganda.

Por Miguel Mendoza Jorquera.- Hay una frase que se repite como coartada: “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Suena estratégica, casi brillante. Pero como brújula moral es dinamita: revienta cualquier principio hasta dejar un solo reflejo útil —apoyar, justificar o blanquear todo lo que se declare antiestadounidense. Y así el antiimperialismo, cuando pierde la ética, termina defendiendo al carcelero. No al pueblo, no a las mujeres, no a los presos, no a los disidentes: al régimen que los aplasta, siempre que ese régimen grite “muerte a Occidente”.

La escena es conocida. Las redes arden con Venezuela, con soberanía, con sanciones, con consignas. Pero cuando el foco cae sobre Irán, el volumen baja, aparecen los rodeos, el “es complejo”, el “hay que contextualizar”. Curioso: para algunos, todo es simple cuando se trata de condenar al adversario; todo es “complejo” cuando el opresor viene con estética antioccidental.

Irán no es un malentendido cultural. Es un Estado teocrático con aparato represivo y control sistemático sobre la vida privada, especialmente sobre el cuerpo de las mujeres. Y quien lo relativiza por geopolítica no está haciendo análisis internacional: está ejerciendo complicidad intelectual. La versión elegante de mirar para el lado.

La trampa se sostiene en una verdad histórica real: el intervencionismo occidental existió y dejó heridas. En 1953, Estados Unidos y el Reino Unido apoyaron el derrocamiento del primer ministro iraní Mohammad Mosaddegh, en un contexto marcado por la nacionalización del petróleo y el choque con intereses británicos. Eso no fue un detalle: fue una fractura que alimentó desconfianza y radicalización por décadas. Pero hay un salto lógico —cómodo, infantil— que algunos hacen con entusiasmo: como el golpe existió, todo lo que venga después queda moralmente absuelto si se presenta como “antiimperialista”. Ahí el antiimperialismo se vuelve identidad, reflejo, tribu: ya no importa lo que un régimen haga, sino contra quién dice estar.

El Sha Mohammad Reza Pahlavi fue impuesto por Estados Unidos y el Reino Unido —eso es verdad— y también modernizó Irán, sí, pero con represión, desigualdad y poder blindado. La modernización sin libertad suele incubar estallidos. En 1979 cae la monarquía y la revolución —plural, con sectores que creyeron que habría participación real— termina capturada por una arquitectura religiosa que no comparte: domina. Y lo que vino después debería bastar para vacunar contra cualquier romanticismo: el nuevo orden no toleró socios, los trituró. La represión contra opositores y sectores de izquierda se documentó tempranamente. Y el punto más negro, imposible de maquillar, son las ejecuciones masivas de presos políticos en 1988: miles de ejecuciones sumarias y extrajudiciales descritas por organizaciones de derechos humanos.

En ese punto, el antiimperialismo cómplice hace su mejor truco: la horca pasa a ser “matiz”, la represión “respuesta”, la teocracia “contexto”. La moral no desaparece: se vuelve selectiva. Y lo selectivo, cuando hablamos de derechos humanos, es una forma pulida de crueldad.

La prueba decisiva está en el feminismo. En Irán, el control sobre las mujeres no es “tradición”: es norma, sanción, vigilancia. La obligatoriedad del hijab se consolidó tras la revolución y quedó incorporada en el marco legal, con castigo por incumplimiento. Por eso Mahsa Amini se volvió una grieta moral mundial: detenida por la “policía de la moral” por el velo y muerta bajo custodia, detonó protestas que expusieron al régimen ante el planeta. Y cuando el planeta miró, el régimen hizo lo que hacen las teocracias cuando sienten peligro: apagó la ventana. En enero de 2026 se reportó un apagón nacional de internet en medio de protestas, con conectividad reducida a niveles mínimos según mediciones externas, y esfuerzos parciales por conexión satelital para sortear la censura.

Y aquí aparece el problema de una parte del progresismo woke, no del progresismo en general. El progresismo, cuando es sano, empuja a la sociedad hacia más dignidad, más libertad y más derechos. Pero el progresismo woke —cuando se vuelve identidad, reflejo y tribu— evita condenar con claridad a una teocracia por miedo a parecer “islamófobo”, y termina practicando el relativismo más cruel: callar para no incomodar su propio relato, callar para no contradecir su propio bando. Ese silencio no es prudencia: es abandono. Es decirles a las mujeres iraníes: “tu lucha estorba mi mapa”.

Entonces la pregunta cae sola: ¿por qué Venezuela enciende pasiones y Irán se relativiza? Porque Venezuela sirve para la pelea eterna de bandos. Irán, en cambio, funciona como tótem: su enemistad con EE. UU. compra indulgencias. Y esa indulgencia no es abstracta: Irán mantiene cooperación con regímenes autoritarios, incluida Venezuela. Reuters reportó el plan de cooperación a 20 años firmado en 2022. Y también reportó sanciones vinculadas a coordinación Irán–Venezuela en materia de drones. Si tu causa dice “derechos humanos”, esto debería importarte. Si no te importa, tu causa no era esa.

La coherencia es simple, aunque incomode: se puede condenar el golpe de 1953 y el intervencionismo occidental, y al mismo tiempo condenar sin rodeos a los ayatolás y su teocracia punitiva. Lo contrario no es matiz: es una excusa para no decir lo evidente.

Porque no hay antiimperialismo que valga si se compra al precio del cuerpo de una mujer. Y no hay liberación posible si tu ética cambia según el enemigo. Si tu indignación depende del bando, no es indignación: es propaganda con lenguaje moral.

Y que nadie se engañe: no hay imperialismo más feroz que el que se ejerce sobre el cuerpo de una mujer en nombre de Dios, y no hay ceguera más triste que la de quien lo justifica por odio a una bandera.

Miguel Mendoza Jorquera, Tecnólogo Médico – MBA.

Alvaro Medina

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