Filosofía

Jürgen Habermas y Populismo Digital

En plena sociedad digital, el populismo reaparece como respuesta emocional a un mundo sin certezas, mientras el republicanismo y la acción comunicativa de Habermas buscan reconstruir un espacio público deliberativo.

Por Manuel José Benítez.- Con el surgimiento de la Sociedad Digital, nuestras relaciones personales, la forma en que trabajamos y la manera en que habitamos el mundo están transformándose a una velocidad vertiginosa. Vivimos profundos cambios tecnológicos y mutaciones en las estructuras sociales, en tiempos de confusión, como señala el filósofo José Luis Villacañas en su libro sobre el populismo (Madrid, 2015).

En tiempos de confusión surge la amenaza del populismo, que pese a su connotación negativa como concepto, cuenta con teóricos como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe que lo reivindican como una forma legítima de articulación política en la sociedad actual.

El escritor e intelectual Mario Vargas Llosa sostiene, en cambio, que el populismo no es una ideología, sino una epidemia viral que afecta por igual a países desarrollados y atrasados, adoptando máscaras diversas: ultraizquierdistas en unos, ultraderechistas en otros. Incluso las democracias más consolidadas —advierte— no están vacunadas contra esta enfermedad.

Los teóricos populistas sostienen que el lazo social es de índole sentimental, ligado al deseo y la libido, impugnando así la creencia ilustrada de que la base de la sociedad es racional. Según Villacañas, “su reto es cómo vivir una vez que las sospechas dialécticas de la razón ilustrada se han tornado sentencias”.

En la modernidad, como muestra Martin Heidegger, las sociedades carecen de un suelo firme: operan en un vacío que, cuando emerge, libera un exceso peligroso.

Para el pensador Slavoj Žižek, el populismo actual difiere del tradicional, pues su enemigo ya no es la élite económica o política, sino la post-política: la reducción de la política a mera administración racional de intereses en conflicto.

Esta variante antipolítica se conecta con el Chile de hoy, donde el rechazo ciudadano a la política es profundo desde hace años, lo que abre la posibilidad de que surja una alternativa populista basada en una discursividad abiertamente antipolítica.

El problema central del populismo es cómo transformar una sociedad de masas —fragmentada y sin vínculos comunes— en una comunidad políticamente operativa.

Aquí entramos en su núcleo: el “pueblo” es construido mediante una operación hegemónica atravesada por el conflicto, que fractura el cuerpo político en dos: los amigos del pueblo y los enemigos del pueblo.

El populismo es, ante todo, una construcción lingüística, y asume esa racionalidad como propia. Su novedad radica en que debe ser exitoso usando los nuevos medios y formatos comunicativos, profundamente modernos.

La jurista y académica de la Universidad de Buenos Aires María Elsa Uzal señala que estamos en medio de lo que algunos llaman la quinta revolución industrial, marcada por una inteligencia artificial fuerte y la posible llegada de una IA “seminal”, capaz de mejorarse a sí misma. Esto abre enormes posibilidades tecnológicas para que un liderazgo populista haga llegar su mensaje a las masas.

Por su parte, el Republicanismo, como opción que podría oponerse al populismo, se transmite desde la tradición política romana hasta la Edad Moderna. Sus ideas centrales son el bien común, la participación, y la virtud cívica, expresada en la capacidad de actuar en público y contribuir a la construcción de la República.

El modelo republicano enlaza con la teoría de la acción comunicativa de Jürgen Habermas, quien propone un modelo deliberativo que otorgue prioridad a los procedimientos democráticos, la participación y la deliberación.
Habermas, a diferencia del populismo, defiende un espacio público discursivo, un tejido político asociativo y una democracia participativa radical, más allá de los partidos de masas que han optado por el marketing político, la imagen y las consignas repetidas hasta el cansancio.

La filósofa María José Guerra Palmero plantea la idea de la e-democracia, que podría acercarnos al ideal de participación igualitaria en procesos deliberativos. Sin embargo, también advierte sobre el capitalismo comunicativo, es decir, la cooptación de las redes sociales por poderes económicos que neutralizan su potencial crítico.

El gran legado de Jürgen Habermas nos invita a recuperar la experiencia de la “felicidad pública”, evocada por los padres fundadores de Estados Unidos: nadie puede ser feliz sin participar de la felicidad pública, y nadie puede ser libre sin experimentar la libertad pública.

Su llamado es a buscar espacios que permitan un uso del lenguaje en su función originaria: interactiva, orientada al entendimiento, y a repensar el uso meramente instrumental que damos a las nuevas tecnologías, de modo que estas amplíen —y no reduzcan— nuestros grados de libertad.

Alvaro Medina

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