Opinión

La caja vacía y un país rehén

La estrechez de la caja fiscal revela un problema más profundo: una dirigencia que niega los límites y administra el deterioro con soberbia, dejando al país rehén de promesas vacías y torpezas repetidas.

Por Miguel Mendoza Jorquera.- Chile no enfrenta solo una estrechez fiscal. Enfrenta algo peor: una clase política que se acostumbró a mentir sobre los límites. La izquierda promete justicia como si el presupuesto fuera infinito. La derecha promete orden como si la dureza bastara para gobernar. Y entre ambas, el país paga.

Gabriel Boric dejó una caja debilitada. Ese es el hecho político central. Su gobierno confundió voluntad con solvencia, relato con respaldo y consigna con capacidad real. Se gobernó como si el Estado pudiera financiar cualquier ambición moral, aunque después la cuenta quedara escondida debajo de la alfombra. Ahí estuvo la verdadera irresponsabilidad: no solo gastar mal, sino convertir esa irresponsabilidad en superioridad discursiva.

Mario Marcel también forma parte de esa herencia. Durante demasiado tiempo fue presentado como garantía de seriedad dentro de un gobierno que, en la práctica, terminó alejándose de ella. Su salida no lo despega del problema: apenas lo deja mirando desde fuera un deterioro que ayudó a incubar desde dentro.

Pero sería demasiado fácil detenerse en Boric. Porque José Antonio Kast llegó prometiendo orden, control y responsabilidad, y sus primeras señales no muestran todavía una alternativa sólida, sino el riesgo de otro fracaso: el de una derecha que cree que basta con heredar el desastre para quedar absuelta de su propia torpeza.

La frase sobre el “Estado en quiebra” fue un error grueso y revelador. No solo debilitó al gobierno en su arranque; también expuso una torpeza política elemental. En vez de instalar con inteligencia la gravedad de la herencia recibida, el oficialismo desordenó su mensaje, debilitó a la Secom y le regaló a la izquierda un respiro que no merecía.

Y el problema no es solo comunicacional. Es de tono, de criterio y de elenco.

  • Mara Sedini no ha estado a la altura de una vocería exigente. En momentos de tensión, una vocera no puede parecer ornamental ni transmitir la impresión de que el cargo le quedó grande.
  • Jorge Quiroz, por su parte, representa el límite del tecnócrata que cree que la razón económica basta, aunque su pragmatismo suene frío frente a un país que vive el ajuste en la mesa, en el transporte y en el sueldo.
  • Iván Poduje ha proyectado una prepotencia innecesaria, con desmadres que contradicen cualquier idea de conducción serena.

Y en Seguridad, justamente la cartera más importante para un Presidente que hizo de ese tema una promesa central de campaña, Trinidad Steinert abrió un flanco especialmente grave. No solo por su conflicto con la PDI, sino porque quedó instalada la sospecha de que líos personales o rencillas arrastradas contaminaron decisiones institucionales delicadas. En esa cartera no hay espacio para cuentas pendientes ni para desórdenes personales que terminen debilitando al Estado.

A todo esto se suma un contexto internacional que empeora las cosas. La guerra encarece la energía, aprieta aún más a Chile y vuelve más visible la fragilidad de un país que llegó mal parado. Pero incluso ahí el problema de fondo sigue siendo interno: la crisis externa golpea más cuando adentro gobierna una clase dirigente mediocre.

Como siempre, la cuenta no la pagan quienes escribieron el relato. La paga el trabajador, la familia, el pequeño emprendedor, el país entero. La paga Chile cada vez que la política reemplaza la responsabilidad por propaganda o la conducción por soberbia.

Pero hay algo todavía más incómodo para la derecha: no puede fingir sorpresa. Cuando era oposición, ya conocía las señales. Las alertas estaban sobre la mesa, el Consejo Fiscal Autónomo advertía sobre el deterioro y el panorama económico se estrechaba con bastante claridad.

Aun así, prefirió demasiadas veces criticar lo superficial, lo anecdótico y lo comunicacional, en vez de enfrentar con seriedad la complejidad del problema fiscal que venía incubándose. No fiscalizó a la altura del riesgo porque, en el fondo, calculó políticamente que el desgaste lo capitalizaría después desde el gobierno. Esa omisión también fue una irresponsabilidad. Porque mirar para el lado cuando el país se deteriora, solo porque conviene electoralmente, no es prudencia: es oportunismo.

Ese es el verdadero problema: la distancia entre izquierda y derecha se achica demasiado cuando llega la hora de gobernar. Unos dejan desorden. Los otros corren el riesgo de administrarlo sin empatía. Unos niegan los límites. Los otros empiezan a negar el daño. Unos vacían la caja. Los otros, cuando pudieron advertir con más seriedad lo que venía, prefirieron la crítica superficial antes que la fiscalización de fondo.

Chile no necesita solo alternancia. Necesita algo más incómodo: sancionar al que gasta sin respaldo, al que calla para no perder votos, al que promete milagros y al que administra la crisis con soberbia. También al que, viendo venir el deterioro, decide no dar la pelea de fondo porque calcula que el costo lo pagará otro y el rédito lo cobrará después.

Porque cuando toda la clase política se acostumbra a mentir sobre los límites, el país entero termina viviendo dentro de una ficción.

Y las ficciones, tarde o temprano, se derrumban.

Miguel Mendoza Jorquera, Tecnólogo Médico – MBA

Alvaro Medina

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