La educación sexual enseñó a evitar el embarazo, pero nunca a enfrentarse al deseo de tener hijos cuando el cuerpo no coopera. Entre protocolos, ansiedad y silencios, la responsabilidad sigue recayendo solo sobre ellas.
Por Liz Zárate.- “En teoría a todas nos enseñan cómo cuidarnos, pero a nadie qué pasa si no puedes tener hijos” (Entrevistada W.)
La educación en salud que recibimos las mujeres desde la adolescencia se organiza alrededor de la reproducción. No es casual: históricamente se nos ha asignado la responsabilidad de administrar la reproducción de la familia y la sociedad. Tiene sentido, diría algún médico especialista, porque es la mujer la que “se embaraza”; entonces, sería ella la responsable de controlar su propia fertilidad.
En la actualidad, ya nos parece natural que la educación sexual se estructure casi por completo alrededor de la prevención, especialmente por ese gran fantasma del “embarazo adolescente” que rondaba los pasillos de los programas de planificación familiar en América Latina del siglo XX.
A los padres no les costó nada convertirlo en el cuento de terror que les contaban a las niñas antes de dormir, porque los cuentos de terror infantiles siempre han cumplido la función de transmitir una lección moral. Así, los salubristas del siglo XX culpaban a las “niñas” por “abrir las piernas”; paradójicamente, hoy, los del XXI, ante una baja tasa de natalidad, culpan a “las niñas de 35” por no hacerlo.
Pero ¿qué pasa con las mujeres que descubren que la misma sociedad que las entrenó durante años para evitar un embarazo no les enseñó nada sobre cómo lograrlo? Sobre todo cuando el cuerpo no responde. Lo que aparece, naturalmente, es la culpa.
Y si sumamos que la salud, en su versión neoliberal, exige que cada persona se responsabilice de su propio cuerpo, entonces cuando algo falla se asume que hay una causa identificable y una conducta corregible. La mujer investiga y compara tratamientos. Aprende sobre hormonas y protocolos con una velocidad que sorprendería a cualquier especialista, porque sabe desde antes que su cuerpo es un asunto que debe gestionar ella sola.
Cada nuevo dato que no resuelve el problema deja abierta la sospecha de que algo, en algún momento, se pudo haber hecho distinto. Detrás de dietas, cábalas y terapias hay mucha esperanza, pero también mucha ansiedad. Habría que enseñar, con la misma llaneza con que se dice entre amigas, que no podemos controlarlo todo.
Quizá el problema comienza mucho antes: en quién hemos decidido depositar la responsabilidad de controlar la reproducción. Educar en fertilidad no puede seguir siendo enseñar únicamente a evitarla o promoverla. Conviene preguntarse, en el fondo, a quién le habla todo este aparato de indicaciones.
Hablar de familia no debería seguir significando hablar solo del cuerpo de ella. Decir que una mujer “se embaraza”, como si se dividiera sola igual que una bacteria o se fecundara a sí misma igual que un caracol, borra de la frase al otro cuerpo que hizo falta para que eso ocurriera.

