Nos obligan a comer logística y petróleo mientras nuestros campos (lo auténtico) se vacían. ¿Para qué? Para convertir la nutrición en una dependencia absoluta del suministro global, dice la filósofa Fabiola Monasterio.
Por Fabiola Monasterio (desde España).- Habitar este 2026 requiere aceptar una derrota: la de nuestra propia soberanía. Mientras nos entretienen con el último estallido geopolítico en streaming, asistimos a la gestión técnica de nuestra propia decadencia. Como profesora de ética, observo con estupor cómo la virtud ha sido sustituida por la obediencia al algoritmo. La pregunta ya no es solo por qué nos sucede esto, sino: ¿para qué nos están despojando de todo lo auténtico?
Nos prometieron la libertad de la nube y probablemente terminaremos con el grillete del euro digital en la billetera. Es la vigilancia total: una transparencia radical para nosotros, mientras las élites vinculadas a la lista de Epstein nos recuerdan que la impunidad sigue siendo un lujo de casta. Esta estafa llega hasta nuestro plato y nuestra piel.
Estamos sacrificando a nuestros campesinos en el altar del Mercosur. Es una locura: asfixiamos al productor local con normativas imposibles para terminar importando carne y grano que viajan diez mil kilómetros. Nos obligan a comer logística y petróleo mientras nuestros campos se vacían.
¿Para qué? Para convertir la nutrición en una dependencia absoluta del suministro global. Se estima que para el 2050 las cocinas habrán desaparecido de los hogares. No es una evolución; es una amputación. Me estremece ver cómo los pisos nuevos ya prescinden del fogón, sustituyéndolo por el delivery programado; o cómo las duchas eliminan la bañera, prohibiéndonos el descanso y la reflexión. Quieren cuerpos productivos, no seres que piensen bajo el agua o preparen su propio alimento.
Esta agresión llega incluso a nuestro rostro y nuestra piel. Nos venden una cosmética industrial que asfixia la dermis y vestimos el petróleo del fast fashion porque la lana pura o el ovillo artesanal son hoy reliquias prohibitivas. Han convertido nuestra identidad en otra superficie plástica y estandarizada.
Hablo desde la trinchera de lo cotidiano. Vivo la fractura compartiendo piso con tres desconocidos bajo el amparo irónico de una “sostenibilidad” que no es más que una intimidad colectivizada. No hay dignidad posible donde se ha amputado la intimidad. Estamos ante una decisión vital: ser o no ser. ¿Somos personas soberanas o solo piezas de un experimento que controla qué comemos, qué vestimos y cómo habitamos?
Solo nos queda la resistencia de lo auténtico. Frente a la simulación, elijo la soberanía de lo real: la resistencia del toxo, el sabor de lo que nace de la tierra y el refugio en el agarimo. Es momento de buscar la claridad frente a la Torre de Hércules; al menos el faro, a diferencia de los eslóganes oficiales, no miente sobre dónde están las rocas.
Busca y resuelve.
Fabiola Monasterio Ríos es Máster en Filosofía y Profesora de Ética y Formación Valórica

