Reducir el fascismo a una etiqueta de izquierda no solo distorsiona la historia: impide comprender las diferencias doctrinales que separan proyectos políticos incompatibles. Cuando se borran categorías para ganar una disputa del presente, se pierde la capacidad de reconocer las verdaderas amenazas autoritarias cuando vuelven a aparecer.
Por Miguel Mendoza Jorquera.- Decir que el fascismo es de izquierda no es una provocación inteligente: es un error de categoría. Es como afirmar que existe un “helado caliente”. La frase no intenta explicar el siglo XX; intenta ganar una pelea del presente a punta de etiquetas.
El truco más común consiste en reducir la política a un eje infantil: “más Estado vs. menos Estado”. Bajo ese criterio, si un régimen regula la economía o expande su aparato estatal, entonces “es de izquierda”. Así, la ideología desaparece y queda solo contabilidad. Pero un Estado grande puede servir a fines opuestos: derechos o disciplina, igualdad o jerarquía, ciudadanía u obediencia. El instrumento no define el signo. Lo define el proyecto.
La diferencia central —la que se borra cuando se juega a confundir— es doctrinal. El comunismo, en su formulación clásica, es internacionalista: plantea la solidaridad de clase por encima de las fronteras nacionales y aspira, al menos en teoría, a un horizonte universal. El fascismo y el nazismo, en cambio, son la apoteosis del particularismo: la nación como absoluto, la comunidad cerrada, la identidad impuesta y la necesidad de enemigos internos para justificar la “purificación” y la violencia. Por eso la comparación honesta no es “son lo mismo”, sino “cuando se vuelven totalitarios, pueden parecerse en la brutalidad”. Parecerse en métodos no equivale a ser idénticos en ideas.
El segundo engaño es el literalismo del nombre: “se llamaban nacionalsocialistas, por tanto, eran socialistas”. Ese razonamiento se derrumba con dos ejemplos básicos. Corea del Norte se denomina “República Popular Democrática”, pero nadie serio concluye que sea democrática solo por el rótulo. Y la extinta República Democrática Alemana tampoco garantizaba democracia real. Los nombres no certifican la naturaleza de un régimen; muchas veces son propaganda o ingeniería simbólica.
La tercera trampa, reciclada en versión editorial, es la idea de los “gemelos ideológicos”. En Chile se ha popularizado el rótulo “nazi-comunismo”, especialmente a partir del libro Nazi-Comunismo de Axel Kaiser. El mecanismo es siempre el mismo: se toma un rasgo común de método —censura, partido único, policía política, propaganda— y se lo hace pasar por esencia, como si compartir herramientas de dominación bastara para ser la misma ideología.
Pero eso es un fraude conceptual. Dos regímenes pueden parecerse en cómo aprietan el control y, aun así, diferir radicalmente en el fundamento que lo justifica: uno se legitima como “renacimiento nacional” mediante exclusión; el otro como “necesidad histórica” o “purificación política”. La historia muestra que el autoritarismo puede usar uniformes distintos sin perder capacidad destructiva.
Sí: fascismo y comunismo, en experiencias reales, han causado un daño gigantesco. Reconocerlo es un deber moral. Lo que no es admisible es usar ese daño para borrar categorías y reescribir definiciones. Porque cuando se confunde a propósito, se pierde algo más peligroso que un debate: se pierde la capacidad de identificar amenazas reales cuando aparecen.
El fascismo no es de izquierda. Y el comunismo no se vuelve fascismo por el solo hecho de que algunos Estados comunistas hayan sido autoritarios. El “helado caliente” puede servir para ganar likes; pero se derrite en cuanto uno exige criterios.
Miguel Mendoza Jorquera, Tecnólogo Médico – MBA.

