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Opinión

Ladramos. Peleamos. Y seguimos sin escucharnos

Última actualización: 31 de mayo de 2026 8:11 am
10 minutos de lectura
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polarización lenguaje político escucha
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Dos noticias aparentemente inconexas —los ataques contra Carolina Tohá en redes sociales y una violenta pelea escolar en Talcahuano— revelan un mismo problema de fondo: la creciente incapacidad de dialogar, escuchar y convivir en una sociedad que ha confundido el desacuerdo con la hostilidad permanente.

Por Claudio Masson.- Dos noticias ocurrieron el mismo día. En una de ellas, la exministra Carolina Tohá planteó una idea relativamente sensata: la necesidad de abrir la mente, pensar en el futuro y evitar reducir toda discusión política a una lógica de oposición permanente.

Sin embargo, en menos de una hora, los comentarios en redes sociales ya la habían sepultado. No mediante argumentos o contraargumentos razonados, sino a través de descalificaciones automáticas, reflejos tribales y ofensas innecesarias. La noticia desapareció de los principales titulares mucho antes del almuerzo.

La segunda ocurrió en un liceo de Talcahuano. Una pelea entre estudiantes derivó en agresiones contra profesores y terminó con personas heridas en ambos bandos. Un estallido sin una explicación política o económica inmediata, pero con una causa cultural mucho más incómoda de reconocer: esos jóvenes no inventaron nada. Aprendieron.

Aprendieron que, cuando no se sabe cómo resolver un desacuerdo, se agrede. Que quien grita más fuerte parece tener razón. Que el debate es una trinchera y no una conversación. Que el otro no es alguien a quien escuchar, sino alguien a quien derrotar. ¿De dónde lo aprendieron? De nosotros.

La peligrosa lógica de la estupidez

El historiador económico italiano Carlo M. Cipolla, autor del célebre ensayo Las leyes fundamentales de la estupidez humana, formuló una idea que hoy resuena con una claridad incómoda: una persona estúpida es aquella que causa daño a otros sin obtener beneficio alguno para sí misma e, incluso, perjudicándose en el proceso.

No se trata necesariamente de maldad deliberada. Tampoco de perversidad calculada. Se trata de actuar sin comprender plenamente las consecuencias de los propios actos. Y precisamente por ello, advertía Cipolla, la estupidez puede resultar más peligrosa que la malicia. El escritor italiano Marco Malvaldi aborda el problema desde otra perspectiva. Lo preocupante de la ignorancia contemporánea no es únicamente su existencia, sino que muchas personas han dejado de ser conscientes de ella.

Durante siglos, quien desconocía un tema reconocía que existían expertos, académicos o personas más preparadas capaces de ayudarle a comprender mejor la realidad. Hoy, en cambio, pareciera haberse instalado la idea de que toda opinión posee idéntico valor por el simple hecho de haber sido emitida.

Todos tenemos derecho a hablar. Pero también parece que nos hemos atribuido el derecho a que cualquier afirmación sea considerada válida automáticamente. Y no son lo mismo.

Libertad de expresión no significa inmunidad intelectual

Una de las enfermedades culturales de nuestro tiempo consiste en confundir la libertad de expresión con la validez automática de cualquier afirmación. La libertad de expresión es un derecho fundamental de toda democracia. Sin ella no existe deliberación pública ni pluralismo político. Pero el derecho a opinar no elimina la responsabilidad sobre aquello que se dice, se comparte o se promueve. Tampoco convierte una afirmación en verdadera.

Recuperar la responsabilidad intelectual implica reflexionar sobre aquello que repetimos, sobre las narrativas que amplificamos y sobre el daño que podemos causar cuando confundimos convicción con lucidez.

Nadie gana, todos pierden

Lo que reflejaban aquellas dos noticias no era simplemente un conflicto político o un episodio de violencia escolar. Era una manifestación de aquello que Cipolla describió y que Malvaldi ayuda a identificar: situaciones donde nadie gana, todos pierden y casi nadie parece advertirlo.

Quien insulta a Tohá en los comentarios no derriba a la exministra. Lo que realmente debilita es el espacio donde las ideas podrían debatirse y contrastarse racionalmente.

Quien golpea a otro estudiante o agrede a un profesor en un establecimiento educacional tampoco resuelve conflicto alguno. Por el contrario, destruye uno de los pocos espacios donde todavía deberíamos aprender a convivir, dialogar y construir comunidad. La consecuencia es una erosión progresiva del tejido social.

Más allá de la polarización

La pregunta inquietante es hasta qué punto hemos perdido la capacidad de comprender al otro. Porque esto ya no parece ser únicamente un problema de polarización política.

Es algo más elemental y más grave: la incapacidad de interpretar la realidad con matices; de aceptar que quien piensa distinto no es automáticamente un enemigo; de comprender que la crítica y el insulto pertenecen a categorías completamente diferentes. La crítica busca comprender y mejorar. El insulto busca humillar y destruir.

Durante años hemos cabalgado sobre nuestros prejuicios. Desde el primer gobierno de Michelle Bachelet hasta la actualidad, Chile ha atravesado múltiples ciclos de confrontación política, cambios de gobierno, nuevas consignas y distintos adversarios circunstanciales.

Sin embargo, el patrón de fondo permanece intacto. No porque falten recursos, talento o capacidades intelectuales. Permanece porque falta disposición genuina para escuchar.

La protesta y sus límites

Existe además una confusión frecuente que conviene aclarar. La protesta es un derecho democrático esencial. Las sociedades libres necesitan espacios para manifestar desacuerdos, expresar demandas y fiscalizar a quienes ejercen el poder.

Pero una cosa es protestar y otra muy distinta es transformar cada manifestación en una oportunidad para destruir, agredir o desestabilizar. Cuando la violencia deja de ser un accidente y se convierte en una segunda agenda, deja también de ser una expresión ciudadana legítima. Pasa a convertirse en una explotación de la frustración colectiva.

Allí reaparece el fenómeno descrito por Cipolla: alguien cree estar dañando a su adversario, cuando en realidad está erosionando el mismo espacio común que necesita para vivir.

¿Qué podemos hacer?

La respuesta no es simple, pero sí tiene algunas formas reconocibles. En primer lugar, debemos exigirnos a nosotros mismos aquello que exigimos a la política. No podemos reclamar altura de miras a nuestros dirigentes si nosotros reducimos cada conversación pública a una guerra de trincheras.

En segundo lugar, es necesario recuperar la educación como un proyecto de largo plazo y no como un simple eslogan de campaña. Lo ocurrido en Talcahuano no se resolverá únicamente con medidas de control o con detectores de metales en los pasillos.

Se resolverá cuando existan adultos capaces de enseñar, mediante el ejemplo, que los desacuerdos se procesan con palabras y no con golpes. Finalmente, resulta imprescindible recuperar el valor de la democracia como un sistema de conversación y deliberación, no solamente como un mecanismo de votación. Como señaló el expresidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle: «¿Para qué elegir un presidente si después no se le dan los medios para gobernar?»

Una democracia que solo sirve para bloquear, vetar o impedir la acción política deja de ser plenamente funcional. Se transforma en una forma colectiva de autolesión institucional.

La diferencia entre avanzar y girar en círculos

Aunque pueda discrepar de muchas decisiones de este gobierno, ello no impide reconocer cuándo una idea merece ser discutida seriamente. Esa capacidad de distinguir entre una crítica argumentada y una descalificación automática constituye una de las diferencias fundamentales entre una sociedad que progresa y una que permanece atrapada en sus propias frustraciones.

Porque el problema no es la existencia del conflicto. Toda democracia saludable convive con el desacuerdo. El verdadero problema surge cuando dejamos de hablar para comenzar únicamente a reaccionar. Cuando sustituimos el pensamiento por el reflejo. Cuando la identidad reemplaza a la razón. Cuando el adversario deja de ser un interlocutor y se convierte en un enemigo.

Chile necesita recuperar la conversación pública antes de que la lógica de la agresión termine normalizándose por completo. Todavía estamos a tiempo. Podemos seguir ladrando. O podemos empezar a hablar.

 

Referencias:

Cipolla, C. M. (1992). Las leyes fundamentales de la estupidez humana. En Allegro ma non troppo (M. Pons, Trad., pp. 67–87). Editorial Crítica. (Obra original publicada en 1988)

https://www.instagram.com/marco.malvaldi/

https://www.biobiochile.cl/noticias/nacional/chile/2026/05/13/toha-por-gobierno-de-kast-no-parecia-refundacional-y-lo-esta-siendo-boric-lo-parecia-y-no-lo-fue.shtml

ETIQUETADO:diálogoviolencia
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