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Lectura: Las tres caras de la esperanza y el poder que nos desborda
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Filosofía

Las tres caras de la esperanza y el poder que nos desborda

Última actualización: 3 de febrero de 2026 11:24 am
11 minutos de lectura
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En un tiempo marcado por la tecnociencia sin límites y la erosión de los horizontes comunes, Antonio Elizalde explora cómo la esperanza —lejos de los centros de poder— renace en los márgenes, allí donde las víctimas del progreso reclaman dignidad, límite y un futuro compartido desde la fragilidad y la resistencia.

Por Antonio Elizalde Hevia.- Hablamos de esperanza como quien habla del horizonte: algo que intuimos, que nos atrae, pero cuya esencia se nos escapa porque siempre está más allá. Sin embargo, hay una certeza en su naturaleza: la esperanza, cuando es auténtica, no sabe de parcelas. Es, por definición, una fuerza expansiva que quiere abarcarlo todo. Joaquín García Roca lo dice con una claridad que duele: pretende alcanzar “a la naturaleza y a la historia, a los integrados y a los excluidos, a los vencedores y a los vencidos”. Es una promesa de plenitud que, si deja a alguien fuera, se traiciona a sí misma.

Esta promesa universal, sin embargo, no se ha perseguido siempre del mismo modo. La humanidad ha ensayado, al menos, tres caminos fundamentales para creer en ella.

El primero es el camino del telos, de la finalidad intrínseca. Es la confianza en que el mundo, por su propia constitución, camina hacia un punto de madurez y armonía. Como la semilla que lleva en sí el árbol, la historia llevaría un destino bueno inscrito en su código. Hegel lo elevó a sistema: el Espíritu del mundo desplegándose, superando contradicciones, avanzando inevitablemente hacia la libertad. La ciencia moderna, en el fondo, heredó esta fe. La llamó “progreso”, y cambió la providencia divina por el dominio racional de la naturaleza. Pero este relato tiene una sombra alargada: en su marcha triunfal hacia el futuro, demasiadas veces pisa, sin verlos, a los que se quedan atrás. Su universalidad se construye, paradójicamente, sobre exclusiones concretas.

Frente a esta marcha que aplasta, surge una segunda vía: la esperanza apocalíptica. Esta no cree en el progreso del mundo presente; al contrario, lo denuncia como un orden esencialmente corrupto y lo declara condenado. Su promesa no es la culminación de la historia, sino su fin y su reinicio radical. Aquí, la garantía de universalidad se da precisamente a los perdedores de ese orden. Es el consuelo último de los perseguidos, la certeza de que la justicia, aunque no llegue hoy, es ineludible. La esperanza ya no está en el curso de las cosas, sino en una intervención que lo revierta todo, poniendo a los últimos en primer lugar.

Existe un tercer camino, más sutil y quizás más exigente: el profetismo. No anuncia un fin catastrófico ni confía ciegamente en el progreso. Su gesto fundacional es ponerse del lado de la víctima. Y es precisamente desde esa posición aparentemente parcial, desde esa toma de partido por los excluidos, donde encuentra su credencial universal. Porque al defender al que no tiene defensa, al denunciar la injusticia concreta, está defendiendo un principio que vale para todos: la dignidad inviolable. Como señala García Roca, “desde la parcialidad a favor de los desesperanzados podemos rehacer la esperanza”. Es una paradoja luminosa: la puerta de entrada a lo universal está en el rincón más olvidado.

Esta reflexión sobre la esperanza se enreda inevitablemente con otra paradoja mayor, la de nuestra propia existencia. Vivimos en un universo que parece un milagro estadístico. Su existencia, el ajuste fino de sus constantes para que la vida fuera posible, es de una improbabilidad abrumadora. Y la aparición de la conciencia, de esta chispa que reflexiona sobre su propia improbabilidad, es un azar sobre otro azar.

Sin embargo, esa conciencia azarosa está enferma de sentido. No soporta el caos. Su primer impulso es buscar un orden, un patrón, una narrativa que lo explique todo. La ciencia es la forma más depurada de esta búsqueda: el intento de descifrar las leyes que subyacen al aparente desorden del cosmos.

Pero en nuestro tiempo, algo crucial ha cambiado. La ciencia ha mutado en tecno‑ciencia. Ya no nos contentamos con descubrir el orden del mundo. Queremos asignárselo. Diseñarlo. La paciencia ante los ritmos lentos de la evolución y la ecología se nos agota. Buscamos acelerar, replicar en laboratorio, alterar la esencia misma de los fenómenos. El salto simbólico está en el paso de la genética (la ciencia que estudia las leyes naturales de la herencia) a la Genética (con mayúscula, la ingeniería que reescribe ese código). Ya no nos sometemos al orden primigenio; pretendemos ser sus autores.

Este impulso prometeico de “ser como dioses” recorre nuestra historia. Está en el mito de Prometeo, en la serpiente del Edén ofreciendo el fruto del conocimiento, en la “muerte de Dios” de Nietzsche que nos deja como únicos árbitros del valor. Es la voluntad humana desatada, el yo puedo convertido en imperativo absoluto.

Y aquí es donde la advertencia del Papa Francisco en Laudato si’ resuena como un gong: “cuando la técnica desconoce los grandes principios éticos, termina considerando como legítima cualquier práctica”. Un poder sin brújula ética es un poder ciego. La pregunta “¿podemos hacerlo?” ahoga a las preguntas esenciales: “¿deberíamos hacerlo?” y, sobre todo, “¿para el bien de quién?”. La tecnociencia, separada de la ética, no conoce autolimitación. Y en su marcha, redefine qué es la vida, la salud, la normalidad, concentrando ese poder de definición en muy pocas manos y amplificando, a menudo, las desigualdades ya existentes.

Frente a este panorama de poder desbocado y esperanza fracturada, es tentador el cinismo. Pero quizás la respuesta no esté en el centro, en los lugares donde se diseña ese futuro tecnológico, sino en los márgenes que ese futuro suele olvidar.

García Roca apunta hacia allí: “En la esperanza de los últimos, se empieza a recuperar la tierra como hogar”. Para las comunidades excluidas, despojadas, confinadas a los territorios más degradados, la tierra no es un “recurso” abstracto. Es el suelo bajo los pies, el agua que se bebe, el aire que se respira. Es, literalmente, el hogar sin el cual no hay futuro. Su lucha ecológica no es un lujo ideológico; es una cuestión de supervivencia inmediata. En esa lucha se forja una alianza poderosa: la de los perdedores del sistema, unidos por una solidaridad concreta con las víctimas del “progreso”.

Desde ahí, desde esa posición de fragilidad y resistencia, se vislumbra la paradoja más fecunda: “Si hay que esperar en tiempos en los que se ha hecho difícil la esperanza, es en y desde los empobrecidos y excluidos, que se puede recuperar la universalidad de la esperanza”. ¿Por qué? Porque su esperanza nunca se construyó sobre el mito del dominio técnico infinito o del consumo sin límites. Su esperanza, templada en la adversidad, es más resiliente. Sabe de dependencias, conoce los límites, está atada al cuerpo concreto y al territorio vivo. Es una esperanza encarnada. Y desde esa encarnación, desde esa parcialidad consciente por los dañados, es posible vislumbrar una universalidad más verdadera y más humilde.

Frente a la tecnociencia sin ética, Francisco no propuso un rechazo romántico, sino un diálogo triple:

  1. Diálogo interreligioso, para movilizar sabidurías espirituales orientadas al cuidado común.
  2. Diálogo entre las ciencias, para enfrentar problemas complejos con miradas integradas.
  3. Diálogo entre movimientos sociales, para superar fragmentaciones y encontrar causas comunes.

Este diálogo requiere paciencia, ascesis y generosidad. Y debe guiarse por un principio fundamental: “la realidad es superior a la idea”. Ningún modelo teórico puede sustituir la atención humilde a lo concreto: al grito de la tierra y al grito de los pobres, que son, en el fondo, un solo grito.

Al final, nos quedamos con esta imagen paradójica y poderosa. En la era del poder tecnológico sin precedentes, la esperanza universal más genuina no brota de los centros de mando, sino de las periferias de dolor y resistencia. Es una esperanza crítico‑utópica:

  • Encarnada, atada a territorios y cuerpos.
  • Dialógica, que busca el encuentro entre saberes.
  • Consciente de los límites ecológicos y éticos.
  • Parcial hacia las víctimas, porque la justicia universal empieza ahí.
  • Resiliente, forjada en la lucha por la supervivencia digna.

Esta esperanza no es ingenua. Sabe del poder de la tecnociencia y de sus riesgos. No es optimismo fácil. Es la decisión tenaz de rehacer la confianza en el futuro desde el único lugar donde no puede ser una ilusión barata: desde el lado de quienes más tienen que perder y que, aun así, insisten en cuidar el hogar común. Es ahí, en los márgenes, donde la vida, contra toda esperanza, se renueva. Y es quizás desde ahí, paradójicamente, de donde tendrá que venir la luz que nos guíe a todos.

ETIQUETADO:esperanzafuturotecnología
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