
Por Ignacio Valdés.- Anteriormente he abordado la idea de la presencia de liderar, y generó cierto grado de ruido esta representación del avestruz como mecanismo para comprender cómo algunos líderes sortean los vaivenes cotidianos. Tenía la intención de escribir acerca de la figura de este líder, sobre todo por la imagen de esta ave gigante; sin embargo, la propia reflexión y el contexto me llevaron a una pregunta: ¿Es el entorno el que empuja al aislamiento o es la ausencia de autoridad personal para ejercer un rol?
Las ráfagas de viento golpean fuerte en la actualidad. Nos están pillando desprevenidos a nivel organizacional. La más evidente es la inteligencia artificial; sin embargo, existen otras fuerzas latentes que carcomen silenciosamente los recursos físicos, sociales, emocionales y cognitivos de las personas: las enfermedades de salud mental salud mental.
Me he dedicado largos años a escribir sobre este fenómeno en el contexto organizacional. Desde que comencé hasta hoy, la situación es aún más problemática. Existe una sensación evidente de desprotección, instancias de cuidado acotadas, malestar excesivo, y ni hablar de los temas de confianza institucional. Aquí radica una de las mayores amenazas en el ejercicio de liderar: ¿Estoy preparado/a para contener?
La pregunta es interesante porque abre el espacio para pensar cuáles podrían ser, efectivamente, las competencias de un líder contemporáneo. Es evidente que necesitamos a alguien competente en lo técnico; sin embargo, hoy es clave ese pequeño gesto de mirar sobre la superficie.
La violencia del entorno no puede abordarse de manera individual ni mediante chivos expiatorios que justifiquen comportamientos erráticos en nuestra gestión.
Me imaginaba a un gran porcentaje de líderes con la cabeza inmersa en sus propios conflictos, enterrados bajo la tierra de sus pensamientos y rumiaciones, mientras sus equipos permanecen dispersos en el quehacer cotidiano, sin un destino claro ni una luz en el horizonte que guíe su dirección.
La indefensión en la pradera
El bienestar, en la actualidad, ha adquirido un matiz distinto. No se trata solo de verse bien por fuera, sino también de estarlo en dimensiones ocultas para el resto. Somos presas fáciles de cualquier evento o situación poco decorosa. Los conflictos tienen mala reputación, aunque desde un punto de vista organizacional resultan productivos cuando son sorteados por un líder con visión.
En esta analogía organizacional, los pasillos se transforman en verdaderas guaridas oscilantes que escuchan y cobijan fantasías, miedos y temores de quienes los habitan. Así, un espacio cotidiano se convierte en un lugar donde se puede hablar de lo que nos ocurre, aunque con cierto dejo de desconfianza. Las paredes absorben esa información y siguen un curso desconocido para quien la emite. Las paredes institucionales se agrietan producto de este salvajismo emocional sin contención.
El dilema es que nada de lo dicho se transforma; más bien, queda en un estado oscilante entre la esperanza de que alguien recoja lo expresado y lo convierta en una oportunidad para salir de esta indefensión.
La pradera institucional es salvaje porque el medio carcome la confianza, la seguridad personal, la colaboración y el ejercicio del liderazgo personal.
He aquí cuando ese líder que, erráticamente, permanece escondido bajo sus propias capas debería, en un acto de rebeldía personal, mirar en qué lugar se encuentra en la pradera.
Del nacionalismo italiano de posguerra al ascenso de Mussolini, una mirada al fascismo busca desmontar…
En “Las palmeras salvajes”, William Faulkner entrelaza dos historias sobre la libertad, el encierro y…
El secreto bancario debe proteger la privacidad de los ciudadanos, pero no convertirse en un…
Las declaraciones de Ximena Lincolao en orden a que los profesores pueden dedicarse a vender…
La reforma constitucional y el enfoque del Gobierno frente a la seguridad abren un debate…
El filósofo Lisandro Prieto analiza la soledad de quienes piensan con lucidez en la sociedad…