La industria musical contemporánea explota estímulos de dopamina y la hipersexualidad para moldear conductas, mientras que la obra de Bach se presenta como una arquitectura sonora que potencia la cognición; elegir qué escuchamos es, en última instancia, una decisión bio‑política.
Por Fabiola Monasterio Ríos.- En el escenario actual, la industria musical no solo vende entretenimiento; ejecuta una ingeniería de la sumisión. Mientras los géneros masivos se diseñan para activar circuitos de dopamina mediante la hipersexualidad y el ritmo binario, la arquitectura de Johann Sebastian Bach (1685–1750) emerge como una tecnología de precisión para el alto rendimiento cerebral.
El diseño sonoro: ¿dopamina o arquitectura cognitiva?
La neurociencia sugiere que gran parte de la música comercial opera bajo un principio de economía de esfuerzo. Al utilizar patrones rítmicos cíclicos y predecibles, se busca una “hipnosis narrativa” que activa áreas vinculadas a la gratificación instantánea y a la motricidad básica.
Por el contrario, Bach representa una arquitectura funcional de alta complejidad:
- Desarrollo de redes neuronales: El procesamiento del contrapunto y la fuga obliga al cerebro a establecer conexiones de alto nivel para resolver estructuras matemáticas en tiempo real. No es “música para relajarse”; es un entrenamiento para la resolución de conflictos complejos.
- Ordenamiento molecular (cimática): No es una metáfora. La cimática y estudios sobre frecuencias muestran cómo las ondas pueden ordenar la materia en geometrías repetitivas. En un organismo compuesto mayoritariamente por agua, la estructura de Bach actúa como un ordenador molecular que contrarresta la entropía y el desorden biológico inducido por el ruido rítmico.
La hipersexualidad: un atajo evolutivo para el control
Desde un enfoque técnico, la hipersexualización de la narrativa musical no es liberación, sino un atajo evolutivo explotado por el marketing. La industria redirecciona la energía psíquica hacia la pulsión sexual porque es el estímulo de menor resistencia y mayor dependencia.
- Secuestro del sistema límbico: Al saturar el entorno con narrativas de sexo y violencia rítmica, se potencia el sistema límbico (emociones básicas) en detrimento de la corteza prefrontal (juicio y ética). Esto produce sujetos más reactivos, coléricos y, por ende, más predecibles para el consumo.
- Soberanía vibratoria: Bach no apela al instinto, sino a la “imaginación racional”. Según la propuesta de Gottfried Wilhelm Leibniz, su música puede entenderse como un cálculo que el alma realiza de forma inconsciente, devolviendo al individuo control sobre su propio estado de alerta.
Bach como estándar de oro en el marketing de élites
Paradójicamente, la misma industria que promueve ritmos simplistas para las masas utiliza a Bach como sello de autoridad y prestigio:
- Ingeniería de estatus: Marcas de lujo y banca privada emplean la acústica de Bach para inyectar una percepción de confianza y eternidad; sus frecuencias resuenan en el sistema nervioso y reducen la resistencia crítica del consumidor.
- Cine y percepción superior: Hollywood recurre a Bach para representar inteligencias superiores o momentos de orden absoluto en medio de la tragedia; la industria reconoce en su obra un “código fuente” de excelencia.
El criptograma: la firma en el código
Bach firmaba algunas obras con el criptograma B–A–C–H (Si bemol–La–Do–Si natural). Este motivo ha sido reutilizado por artistas contemporáneos —desde Lady Gaga hasta Eminem—, reconociendo, a veces de forma inconsciente, que sin la base estructural del maestro la música puede desmoronarse en ruido intrascendente.
Es simbólico que la obra de Bach fuera rescatada por Félix Mendelssohn cuando la partitura de la Pasión según San Mateo estuvo a punto de ser usada como papel de envolver. Es la metáfora perfecta de nuestro tiempo: tratar la genialidad humana como materia inerte para el mercado de la pulsión básica.
Conclusión: una elección bio‑política
En un entorno saturado de frecuencias diseñadas para la obediencia instintiva, elegir a Bach es un ejercicio de bio‑hackeo. No se trata de moralizar, sino de optar por una funcionalidad neurobiológica distinta: cambiar la hipnosis de la hipersexualidad por la lucidez de la geometría sonora.

