
Por Fabiola Monasterio Ríos.- En el escenario actual, la industria musical no solo vende entretenimiento; ejecuta una ingeniería de la sumisión. Mientras los géneros masivos se diseñan para activar circuitos de dopamina mediante la hipersexualidad y el ritmo binario, la arquitectura de Johann Sebastian Bach (1685–1750) emerge como una tecnología de precisión para el alto rendimiento cerebral.
El diseño sonoro: ¿dopamina o arquitectura cognitiva?
La neurociencia sugiere que gran parte de la música comercial opera bajo un principio de economía de esfuerzo. Al utilizar patrones rítmicos cíclicos y predecibles, se busca una “hipnosis narrativa” que activa áreas vinculadas a la gratificación instantánea y a la motricidad básica.
Por el contrario, Bach representa una arquitectura funcional de alta complejidad:
La hipersexualidad: un atajo evolutivo para el control
Desde un enfoque técnico, la hipersexualización de la narrativa musical no es liberación, sino un atajo evolutivo explotado por el marketing. La industria redirecciona la energía psíquica hacia la pulsión sexual porque es el estímulo de menor resistencia y mayor dependencia.
Bach como estándar de oro en el marketing de élites
Paradójicamente, la misma industria que promueve ritmos simplistas para las masas utiliza a Bach como sello de autoridad y prestigio:
El criptograma: la firma en el código
Bach firmaba algunas obras con el criptograma B–A–C–H (Si bemol–La–Do–Si natural). Este motivo ha sido reutilizado por artistas contemporáneos —desde Lady Gaga hasta Eminem—, reconociendo, a veces de forma inconsciente, que sin la base estructural del maestro la música puede desmoronarse en ruido intrascendente.
Es simbólico que la obra de Bach fuera rescatada por Félix Mendelssohn cuando la partitura de la Pasión según San Mateo estuvo a punto de ser usada como papel de envolver. Es la metáfora perfecta de nuestro tiempo: tratar la genialidad humana como materia inerte para el mercado de la pulsión básica.
Conclusión: una elección bio‑política
En un entorno saturado de frecuencias diseñadas para la obediencia instintiva, elegir a Bach es un ejercicio de bio‑hackeo. No se trata de moralizar, sino de optar por una funcionalidad neurobiológica distinta: cambiar la hipnosis de la hipersexualidad por la lucidez de la geometría sonora.
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