Filosofía

Perdón y reconciliación pascual en una postmodernidad vengativa

En una época marcada por la fragmentación y la lógica punitiva, la Pascua irrumpe como una propuesta radical: una justicia que no se agota en el castigo, sino que apuesta por el perdón y la reconciliación como única vía para restaurar la humanidad herida.

Por Lisandro Prieto Femenía.- Como hemos repetido hasta el hartazgo, la postmodernidad está caracterizada por la caída de los grandes relatos y la fragmentación del sentido, dejando al sujeto contemporáneo en una suerte de orfandad ética, donde la justicia suele reducirse al simple cálculo de la pena. En este escenario de profunda decadencia axiológica, la celebración de la Pascua emerge no como un rito anacrónico de la memoria litúrgica, sino como una interrupción violenta, un verdadero “kairós” en la lógica de la reciprocidad negativa que suele dominar los escenarios de posconflicto.

Mientras que la justicia retributiva se asienta sobre la búsqueda de una equivalencia exacta del daño, la propuesta cristiana de reconciliación introduce una asimetría que descoloca la razón puramente jurídica. No se trata, bajo ningún concepto, de ignorar el agravio o de promover una amnesia institucionalizada, sino de entender que la justicia, cuando queda abandonada a su propia inercia punitiva, corre el riesgo inminente de transformarse en una venganza legalizada que perpetúa el ciclo del resentimiento.

En su obra “La memoria, la historia, el olvido”, Paul Ricoeur profundiza en esta tensión dialéctica con una altura filosófica que nos permite distinguir la norma de la excepción. El filósofo sostiene que el perdón posee una naturaleza excepcional que sobrepasa el orden de la ley sin anular su vigencia, advirtiéndonos así sobre la fragilidad de una sociedad que solo sabe castigar, mientras que señala que el perdón es el único dispositivo capaz de liberar el pasado para que este deje de ser un destino fatal para las generaciones venideras.

Al respecto, nuestro autor afirmó con precisión que “el perdón, si tiene un sentido, si existe, debe ser un perdón de lo imperdonable. La justicia, por el contrario, se detiene ante lo imperdonable, puesto que su medida es la de la retribución y la de la equivalencia entre el crimen y el castigo” (Ricoeur, 2004, p. 593).

Esta distinción resulta fundamental para comprender la ética pascual en contextos donde las heridas sociales aún supuran. La justicia distributiva busca el equilibrio de la balanza, una simetría de dolor, pero el perdón cristiano busca la restauración del sujeto y la posibilidad de un nuevo comienzo. La Pascua es, en su esencia más íntima, la victoria sobre la muerte, y, en la esfera de lo social, la muerte se manifiesta precisamente como la cosificación del otro bajo la etiqueta inamovible del enemigo.

Al reclamar una justicia que trascienda la simple punición, la reconciliación cristiana propone que la verdad del hecho victimizante sea el cimiento innegociable, mientras que la caridad sea la estructura arquitectónica que permita volver a habitar la ciudad común tras el horror.

Esta caridad no debe confundirse con una emoción vaga o un sentimentalismo inoperante, pues constituye una exigencia ontológica que San Agustín de Hipona sitúa en el centro de la vida del espíritu. Para la antropología católica, el ser humano es una criatura caída que, sin embargo, conserva de forma indeleble la imago Dei, lo que implica que ningún crimen, por atroz que sea, agota la dignidad del ofensor ni clausura la capacidad de la gracia para restaurarlo.

La encarnación de esta doctrina se manifiesta con especial crudeza en la composición del grupo de los Doce, donde la reconciliación no podía ser un postulado teórico, sino una convivencia agónica. La relación entre Mateo, el publicano, y Pedro, el pescador galileo, representa el microcosmos de cualquier posconflicto. Solo la mirada pascual pudo fundir estas dos soledades en una misión compartida, pues el perdón cristiano exige reconocer que ambos dependen de la misma fuente de misericordia.

En este punto, es imperativo precisar que el acto de pedir perdón no debe interpretarse como una transacción orientada a la obtención de un beneficio o a la anulación de una pena. Pedir perdón es, ante todo, un acto de verdad que nace del arrepentimiento interior. Por el contrario, recibir el perdón es un regalo soberano de la víctima. Al respecto, Hannah Arendt sostuvo que “nadie puede perdonarse a sí mismo… el perdón es la única reacción que no simplemente reacciona, sino que actúa de nuevo y de forma inesperada” (Arendt, 2005, p. 257).

El fundamento último de esta praxis no reside en una abstracción teórica, sino en el acontecimiento mismo del Calvario. El Evangelio de Lucas recoge el testamento ético de la Pascua en el momento de máxima tensión del conflicto humano: la crucifixión del inocente. Allí, la justicia retributiva queda desarmada ante una palabra que redefine la historia: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Bajo esta luz, surge un contraste entre la justicia retributiva y la justicia divina. Santo Tomás de Aquino, en su “Suma Teológica”, sostuvo que la misericordia no destruye la justicia, sino que la perfecciona, afirmando que “la misericordia es la plenitud de la justicia”.

La reconciliación teológica no debe entenderse como un simple arreglo diplomático o una amnistía política, sino como un misterio de mediación. Joseph Ratzinger, en “Introducción al cristianismo”, explica que la reconciliación es el acto mediante el cual Dios restaura el vínculo no destruyendo al culpable, sino asumiendo el sufrimiento del mal.

Frente a esta propuesta, la postmodernidad ha entronizado una ética de la venganza individualista, muchas veces visible en las dinámicas de cancelación en el espacio digital. En esta lógica, el error es definitivo y el otro queda reducido a su peor acto.

Contrariamente, la propuesta cristiana se presenta como un muro de contención frente a este fenómeno. La Pascua invita a transitar de la venganza del “yo” a la construcción del “nosotros”, entendiendo que la paz social no se construye sobre el aniquilamiento moral del adversario, sino sobre la posibilidad de su conversión.

El Papa Francisco, en su encíclica “Fratelli Tutti”, advierte que el perdón no implica olvido, sino una forma superior de enfrentar el conflicto sin negarlo.

Esta postura desafía la lógica punitiva tradicional y plantea una justicia orientada al futuro. En la postmodernidad, donde el derecho se ha vuelto muchas veces una técnica fría y procedimental, la ética del perdón reintroduce la humanidad del rostro frente al anonimato de la represalia.

Tras este recorrido, la inquietud permanece: ¿es nuestra sociedad capaz de soportar una gracia tan radical en medio del narcisismo contemporáneo? ¿Podremos transitar desde una justicia que castiga hacia una que restaura?

Si la Pascua es el triunfo de la vida sobre la muerte del odio, el desafío más urgente no es jurídico, sino espiritual. Quizá, al final, la verdadera justicia no se encuentre en las frías sentencias, sino en ese instante en que dos enemigos se reconocen hermanos.

 

Referencias bibliográficas

Agustín de Hipona. (2010). Confesiones (P. de Labriolle, Trad.). Editorial Gredos. (Obra original publicada c. ‪397-400).

Aquino, T. (2001). Suma de Teología (Traducción dirigida por los Regentes de Estudios de las Provincias Dominicanas en España). Biblioteca de Autores Cristianos. (Obra original publicada ‪1265-1274).

Arendt, H. (2005). La condición humana (R. Gil Novales, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1958).

Biblia de Jerusalén. (2013). Editorial Desclée de Brouwer.

Francisco. (2020). Carta Encíclica Fratelli Tutti: Sobre la fraternidad y la amistad social. Tipografía Vaticana.

Juan Pablo II. (2002). Mensaje de Su Santidad Juan Pablo II para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz: No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón. Libreria Editrice Vaticana.

Ratzinger, J. (2005). Introducción al cristianismo (J. L. del Valle, Trad.). Sígueme. (Obra original publicada en 1968).

Ricoeur, P. (2004). La memoria, la historia, el olvido (A. Neira, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 2000).

Alvaro Medina

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