
Por Diego Silva.- Cada año, el Día Interamericano de la Calidad del Aire nos invita a detenernos ante algo que hacemos cerca de 20 mil veces al día y que, precisamente por ser cotidiano, solemos olvidar: respirar. El aire parece invisible, pero sus efectos sobre nuestra salud son concretos. Su calidad puede marcar la diferencia entre vivir en un entorno saludable o estar expuesto a un riesgo ambiental que aumenta la probabilidad de enfermar.
La evidencia científica es clara: la contaminación atmosférica se relaciona con enfermedades respiratorias y cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares y cáncer de pulmón, y afecta con mayor intensidad a niños, personas mayores, embarazadas y quienes viven con enfermedades crónicas.
Chile enfrenta este desafío de manera diversa. En Santiago, la geografía de la cuenca, el transporte y las emisiones industriales contribuyen a episodios de contaminación. En ciudades del centro-sur, el uso residencial de leña durante los meses fríos constituye una fuente relevante de material particulado fino (MP2,5) (epa.gov in Bing). En el norte, las actividades mineras e industriales plantean otros desafíos. A ello se suman las diferencias climáticas, geográficas y urbanas de cada territorio.
Esta diversidad demuestra que no existe una única solución para todo el país. Las políticas de descontaminación deben considerar las características de cada territorio, pero también una realidad que muchas veces queda en segundo plano: la desigualdad.
No todas las familias tienen las mismas posibilidades de protegerse frente a la contaminación. La calidad de la vivienda, el acceso a sistemas de calefacción menos contaminantes, la disponibilidad de áreas verdes, el transporte y las condiciones socioeconómicas determinan cuánto y cómo nos exponemos a los contaminantes. Así, la contaminación atmosférica también puede convertirse en una expresión de inequidad en salud.
El desafío, entonces, exige mucho más que reaccionar frente a una alerta ambiental. Necesitamos políticas sostenidas de reducción de emisiones, viviendas energéticamente eficientes, transporte más limpio, transición hacia fuentes de energía menos contaminantes y ciudades diseñadas para proteger la salud de quienes las habitan. También necesitamos información clara y participación efectiva de las comunidades.
En este Día Interamericano de la Calidad del Aire, la pregunta no debiera ser solamente cuánto contaminamos, sino qué país queremos respirar. Porque un Chile saludable no puede conformarse con cielos azules en una fotografía: necesita garantizar aire limpio para todos, en todas sus regiones y durante todo el año. Cuidar el aire que respiramos es, finalmente, cuidar la salud presente y futura de Chile.
Diego Silva Jiménez es académico de la Facultad de Medicina, Universidad Central
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