Croquis de Patricio Hales
Por Patricio Hales.- Yo no sueño las pesadillas de la derecha chilena que, demonizando las confusas propuestas de la izquierda maximalista, imagina que ésta querría destruir Chile. No creo eso. Pero veo cierto izquierdismo con una confusión sistémica en sus entusiasmos temáticos constitucionales, bien intencionados, pero descuidando los efectos sobre la complejísima red de áreas que incluyen sus propios sueños de desarrollo. Es que las sociedades para su bienestar deben armonizarse como un sistema complejo.
El ser humano vive inventando modelos.
No muestro mi dibujo de ShangHai para sugerirlo para Chile pensando en la infinita imaginación del poder político. Son rascacielos de inversionistas privados sobre terrenos del Estado chino. El modelo de China permite lucir preciosos edificios distanciados como esculturas, porque usa el suelo estatal como un recurso que el negocio de libre mercado no conseguiría. Lo resuelve autoritariamente el partido único, que controla todos los aspectos de la vida social y personal, con ese dominio férreo, heredero de la China imperial, sin igualdad, democracia ni libertad y mucha pobreza. En Chile nadie imagina algo así, pero cuando dibujo en una sociedad distinta, pienso en el desafío de armonizar un modelo nuestro, que tomen en cuenta nuestra historia y exigencias actualmente presentes en el debate constitucional.
La subjetividad originaria del “estallido social” chileno, del justo enojo con el pasado, se basa en diagnósticos objetivos que consolidaron un “clima” social que ilusiona, al punto de desarticular la complejidad de las bases fundantes que exige una Nueva Constitución. El particularismo temático, que se maximalista en las propuestas constitucionales, traba una concepción armónica, lo alientan sin medida, aquellos que siguen creyendo en la varita mágica de “agudizar las contradicciones”, repitiendo diagnósticos que no constituyen remedios y descalificando a quien crítica.
Solo un sistema de ideas interactuantes permitiría una estrategia de desarrollo, para ideologías y los programas de gobierno que escogerá la democracia. Hacerlo bien no requiere más edad biológica sino madurez política.
La subjetividad objetivada, como ambiente de pasión por los cambios, sobreabundó propuestas constitucionales ideologizadas, desarticuladas de un proyecto armonioso; no aseguran coherencia constitucional y menos aún para futuras leyes y decisiones que satisfagan los justos anhelos.
Lo grave es que las expectativas exacerbadas por una retórica ilusoria, instalada en el debate y en la letra de la Constitución, podrían terminar en una celebración constitucional de sus creadores y en la frustración de la sociedad y especialmente de los que menos tienen.
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