Tras trece años de camino, la pedagogía deja de ser técnica y se vuelve presencia: un tránsito desde Wittgenstein hacia el derecho a la maravilla.
Por Fabiola Monasterio Ríos.- En la dedicatoria de mi tesis de Máster de 2013 escribí una frase que hoy, trece años después, resuena con una urgencia renovada: “No permitamos que el modelo sistémico actual nos nuble la visión”.
Aquella investigación nació de una inquietud académica por comprender cómo el pensamiento de Ludwig Wittgenstein podía iluminar el aprendizaje de entidades abstractas. Sin embargo, el paso del tiempo y la práctica en el aula han transformado esa inquietud en una misión vital: transitar de la fría lógica del lenguaje a una ética de la presencia y la calma.
El punto de partida (2013): la trampa del lenguaje privado
En mis inicios, el enfoque era predominantemente epistemológico. Bajo la lupa de las Investigaciones Filosóficas, analizábamos cómo el significado de los conceptos no es una representación mental solitaria, sino un uso compartido. Comprender qué es un número o una operación matemática no es un proceso interno místico, sino el dominio de una técnica dentro de una comunidad de hablantes.
En aquel momento entendíamos que el error del alumno no era una falla de inteligencia, sino una “anomalía” en el juego de lenguaje. La solución era técnica: mejorar la conciencia semántica y la mediación lingüística. Si lográbamos que el niño “jugara correctamente” con las palabras, el mundo de lo abstracto se abriría ante él.
Pero la realidad del aula nos mostró algo decisivo: la lógica, por sí sola, no basta cuando el alma del alumno está en otro lugar.
El giro de 2026: del dogma neurológico a la música del ser
Hoy, marzo de 2026, mi mirada ha madurado. Si bien mantengo los cimientos wittgensteinianos, mi crítica se ha vuelto más profunda frente a lo que llamo el “dogma neurológico”. Hemos caído en la tentación de tratar las dificultades de aprendizaje como simples fallos de una maquinaria biológica, olvidando que aprender requiere, ante todo, un entorno donde el sentido no esté roto.
Nuestras aulas sufren una arritmia pedagógica: el flujo del aprendizaje está fracturado por el ruido digital y la inmediatez. Ya no basta con enseñar la técnica del lenguaje; hoy debemos ser directores de una partitura de inclusión, donde cada alumno aporte su timbre único a la armonía general.
La Arquitectura de la Calma y la Pregunta Wittgenstein
La mayor evidencia de esta madurez es el paso de la supervisión punitiva a lo que llamo la Arquitectura de la Calma. Wittgenstein nos enseñó que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo. Si respondemos al bloqueo de un alumno con castigo —un lenguaje de poder y miedo— estamos estrechando su mundo hasta la asfixia.
Propongo, en cambio, la Adecuación Dialógica. Cuando un alumno se desborda o se bloquea en la fase de elaboración, no debemos preguntar “¿por qué te portas mal?”, sino aplicar la Pregunta Wittgenstein: “¿Qué parte de la partitura —la clase, el ejercicio, el ruido— te ha impedido hoy tocar tu propia nota?”
Sustituir el pasillo del castigo por un Oasis de Calma —un espacio de baja estimulación y silencio reparador— no es un lujo: es una necesidad psicopedagógica para limpiar los canales de información y recuperar el asombro de aprender.
Conclusión: el derecho a la maravilla
Al contrastar mi trabajo de 2013 con la realidad de 2026, veo una evolución necesaria: pasar de buscar la palabra correcta a buscar la palabra liberadora. Aquella que no solo explica un concepto, sino que devuelve al alumno la seguridad en su propio juicio.
Donde termina la memorización estéril y el control sistémico, empieza la verdadera educación: esa que, siguiendo las últimas palabras de Wittgenstein, permite que cada individuo pueda decir al final de la jornada: “Mi vida fue maravillosa.”
La pedagogía es, en esencia, el arte de afinar el silencio para que la música de cada alma pueda manifestarse.
El legado de la claridad
Este viaje —desde la estructura lógica de 2013 hasta la apertura sensible de 2026— no habría sido posible sin la guía de quien me enseñó a amar el rigor de la palabra.
“A la memoria de mi maestro, Mirko Skarica (1942–2025), quien me enseñó que la claridad del lenguaje es el primer paso hacia la libertad del espíritu”.
Fabiola Monasterio Ríos es Filósofa y Psicopedagoga

