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Entre el estrés y la esperanza

Por José Víctor Núñez.- Curiosa es nuestra situación de hijos de la Tierra. Estamos por una breve visita y no sabemos con qué fin, aunque a veces creemos presentirlo (Einstein).

Hace poco Benito Baranda -cuya autoridad en materias relacionadas con la asistencia a la pobreza es indiscutible, criticaba la tesis del gobierno, sus expertos y adláteres quienes afirmaron que la única manera de actuar frente a una nueva pandemia es mediante el “ensayo y error”. Según Baranda, se ha escrito tanto y durante tanto tiempo sobre este tipo de circunstancias, que no es aceptable, a estas alturas, sostener una tesis de esa especie.

Seguramente Baranda tenía en su mente algo parecido a lo que escribimos en un artículo anterior[1], en el que mostrábamos la larguísima historia de las estrategias de confinamiento en el tratamiento de las epidemias: “Hay que decir que el aislamiento es una estrategia que se aplica desde hace 3.000 años, aunque a veces de forma indiscriminada y no siempre con los resultados esperados Pero fue en la mortífera plaga de Justiniano (siglo VI D.C.), aunque con sucesivas oleadas hasta el siglo VIII en el imperio bizantino y un área que comprendía Europa, Asia y África, cuando se adoptaron medidas masivas de aislamiento (…). Sin embargo, el uso moderno del término cuarentena entendido como procedimiento formal para el control de una epidemia, se introdujo en el siglo XIV en los años posteriores a la Peste Negra.(…). A mediados del siglo XIX se avanzó el estudio de los contagios y se dotó de base científica a la cuarentena. Conceptos como el periodo de incubación hicieron que se avanzara en la eficacia de estas medidas

A la crítica de Baranda, le sumaría la sospecha de que la tesis del “ensayo y error”, podría ser utilizada como excusa para justificar la decisiones erradas, erráticas o, en muchas ocasiones, tardías que han caracterizado la conducción intencionalmente hegemónica[2] del gobierno central.

Esta constatación no invalida para nada el hecho cierto de que estamos ante una situación muy compleja, con enormes dificultades y carencias, para la cual, nadie, con un mínimo sentido de la honestidad, podría afirmar que estábamos perfectamente bien preparados. Por lo mismo, los ingentes y, sin duda, onerosos esfuerzos del oficialismo -incluidos los shows presidenciales casi diarios – con los cuales pretende convencer al país de lo contrario, no han hecho más que evidenciar dos cosas por lo menos: 1) El excesivo recurso discursivo parece destinado a recubrir las reiteradas improvisaciones; 2) Impedir que se develen las limitaciones ideológicas o metodológicas que le impiden comprender cabalmente  una realidad social que sistemáticamente contradice sus diagnósticos y directrices.

  1. El estrés social

Como siempre ocurre en las catástrofes, en Chile y en el mundo, los sistemas que sustentan la marcha de la sociedad suelen estresarse[3]. De esto, los chilenos sabemos bastante, simplemente por habitar un país que, a lo largo de su historia, no ha estado exento de situaciones extremas, tal como ocurre en muchos rincones del planeta -y en esto Benito Baranda tiene toda la razón- no debiéramos quejarnos de que “nos falta experiencia”.

Tal vez lo diferente, en esta ocasión, es que todos nuestros sistemas están alterados y estresados. Así está la educación, la economía, la vida familiar y social, el mundo del trabajo, las dinámicas previsionales, el orden público y la seguridad ciudadana, el sistema de transporte o el sistema de salubridad que, según parece, está muy cerca del colapso. Esta situación se ha visto agravada porque, junto a los efectos del estrés de todos estos sistemas, ha emergido, con gran dramatismo, el conjunto de desigualdades, injusticias e inequidades que dieron origen a la rebelión social de octubre 2019 contra el actual modelo de desarrollo económico-social (nieto predilecto de la dictadura)

Ahora bien, ¿Qué significa que un sistema esté estresado? Hay diferentes tipos de estrés y todos implican algún riesgo para el equilibrio y la estabilidad del sistema. Un factor estresante puede ser un acontecimiento que sucede una sola vez o que dura poco tiempo, también los hay que ocurren reiteradamente y/o durante un largo período de tiempo.  Pero, cualquiera sea la duración e intensidad del factor estresante, algunos sistemas pueden afrontarlo más eficazmente y recuperarse de sus efectos más rápido que otros.

Sin embargo, es frecuente que un acontecimiento estresante de mayor intensidad y duración puede generar un estado de estrés crónico, es decir, un tipo de estrés cuyos efectos se prolongan en el largo plazo, y, por lo mismo, tienden a interferir severamente a la sensibilidad del sistema para captar y asumir las señales de normalización de su funcionamiento. Una de las razones por las que es necesario evitar el estrés crónico, es porque las mismas acciones que, en condiciones de normalidad, permiten una adecuada adaptabilidad y funcionalidad del sistema, bajo un estado de estrés cronificado pueden alterar radicalmente sus capacidades de anticipación, planeación o coordinación y, también las de vinculación, convivencia y preservación del clima sistémico. Esto ya lo hemos vivido parcialmente en los fallidos “ensayos de normalización” anunciados o intentados por algunas autoridades.

Todo lo que acabo de describir referente a los sistemas, ocurre con mayor profundidad y graves consecuencias, entre las personas.  En las últimas semanas, hemos tenido demasiadas noticias sobre los efectos negativos del estrés producido por la cuarentena en las realidades familiares, especialmente en las que no tienen los recursos mínimos para superar las restricciones impuestas sobre las constricciones de vida que ya tienen por ser pobres. Es probable, que esto termine siendo uno de los peores recuerdos de la pandemia, una vez que logremos superarla.

Para nadie puede ser un hecho desconocido que estamos ante una crisis de marca mayor y, afortunadamente, los Trumps o Bolsonaros que pudieran existir en el país, han tenido el buen juicio de cobijarse bajo su silencio y no dar la cara, pero no hay que olvidar algunos “discursitos” de los primeros días de la epidemia. Por lo mismo, es conveniente estar claros en que estos dos personajes son sólo una versión radicalizada e ignorante (o estúpida) de una gestión basada en el modelo capitalista neoliberal, también presente en los sectores pudientes y actualmente gobernantes en nuestro país.

Ésta no es una circunstancia menor para determinar qué podemos esperar respecto de cómo se intentará resolver la crisis provocada por la pandemia COVID–19 y las acciones acometidas para controlar su expansión y sus consecuencias en la salud y el bien-estar de la población.

Como se sabe, el modelo neoliberal abarca una corriente política y económica dentro del capitalismo que defiende, con especial énfasis, la no intervención del Estado en la sociedad, mucho menos en la economía, y dejar que sea la “mano invisible” del mercado la que regule la asignación de los recursos sociales.  Precisamente por esto mismo, uno de los aspectos más inquietantes de este modelo es la ausencia de mandatos éticos generales, que, por una parte, impidan la intervención interesada de manos visibles en el funcionamiento de la sociedad y, por otra, orienten la conducta ciudadana más allá de algunas ambiguas normas sobre cómo debiesen funcionar los mercados. Esto no es un asunto teórico. Dejar que sea el autocontrol de los agentes del mercado y de los individuos/consumidores la calidad de la ética funcional de la sociedad, ya hemos visto que no funciona; basta con recordar las colusiones de las farmacias, los abusos de los monopolios como la Papelera, las corrupciones del Grupo Penta o, algo más reciente, el abusivo incremento de precios en situaciones de extrema necesidad. La ausencia de un marco ético compartido también explica la existencia de una justicia tuerta que castiga con un cursillo de ética la sinvergüenzura de los poderosos y con cárcel las inconductas de los pobres.

En todo caso, el paradigma neoliberal se puede resumir en sus cinco principios principales:

  1. En primer lugar, es consistentemente refractario a cualquier propuesta comunitaria o colectiva que relativice su concepción individualista de la sociedad y, por lo mismo, sus partidarios suelen esgrimir un radical y ferviente antagonismo con los ideales más socializantes o progresistas, de tal suerte que es muy probable que los llamados a sus oponentes a una co-laboración (laborar juntos) provengan mucho más de un análisis de conveniencias que de una convicción democrática. Un buen ejemplo de esto lo constituyen la presidenta de la UDI y la activista política Marcela Cubillos, quienes, por lo menos y, a diferencia de muchos otros, tienen el mérito de la sinceridad.
  2. En segundo lugar, asume que el mercado debe ser el factor único, exclusivo y excluyente en la asignación de recursos, sin limitación alguna. Para ello sostienen que el mercado debe desarrollarse libremente sin trabas de ninguna especie, como fijaciones de precios, la definición de salarios mínimos, de condiciones y jornadas laborales, normativas sobre las relaciones con sindicatos, etc. Exigen, además, que el mercado “no debiera tener piedad”; los débiles y los ineficientes deben ser marginados o expulsados del mismo. Entonces, el Estado debe reducirse a su mínima expresión, sólo conservando funciones de seguridad nacional y policía interna y debe estar expresamente excluido de toda actividad económica.
  3. En tercer lugar, sostiene que es conveniente proteger la existencia de grandes grupos económicos porque eso favorece la estabilidad de la economía. En consecuencia, la concentración de la riqueza y la desigualdad no la consideran desviaciones del modelo, sino una consecuencia “normal” del mismo, lo que, según la CEPAL explica que el intocable 1% de los más ricos de Chile concentren poco menos del 30% del ingreso nacional.
  4. En cuarto lugar, consideran que los trabajadores son un recurso fungible del proceso productivo[4], al igual que lo son los insumos, el capital de trabajo o las herramientas, bajo el superviviente supuesto de que esencialmente aportan su energía humana. Por ello, los representantes de esta corriente de pensamiento consideran moralmente justo que los trabajadores reciban sólo una parte menor (frente al capital) de los frutos del crecimiento de las empresas y de la economía por la vía del «chorreo». Para los marginados, potencialmente susceptibles de transformarse en “factores de inestabilidad social” se asignan políticas «focalizadas» de asistencia social, que, en el contexto de una cuarentena obligatoria, reciben el apelativo de “protección social”
  5. En quinto lugar, es necesario, para que todo lo anterior funcione, que el Estado cumpla a cabalidad su propósito esencial que -según esta visión- es asegurar el orden público y la seguridad de los negocios, de la propiedad y de la vida de los individuos y sus familias

Desde la perspectiva de estos principios neoliberales se podría esperar que sus políticas de gobierno tendieran a defender y fortalecer aquellas soluciones que:  a) privilegien lo individual por sobre lo comunitario; b) favorezcan un funcionamiento pleno de la economía, los mercados y los procesos de negocio internos y externos; c) contengan pacíficamente las demandas sociales y laborales y d) aseguren el orden público y la seguridad funcional del país.

El cumplimiento de estos propósitos era el sueño y misión de Piñera y su gobierno, sueño que él mismo bautizó como “oasis” desde la arrogancia y altivez que caracterizó a los funcionarios del gobierno triunfante en esos primeros días, en que parecían sentirse “los dueños del país”, como alguien los calificó, haciéndonos recordar a los ministros de la dictadura.  Pero, como se sabe, ese sueño tuvo una muy corta vida…

  1. Aprendiendo a esperar la esperanza

Desde el funeral del “oasis”, pasando por el “estallido social” de octubre y la llegada de la pandemia del coronavirus, han ocurrido muchísimas cosas notables, algunas de ellas seguramente no las conoceremos completamente, pero intuimos que, detrás de lo que podemos ver, hay señales de que está ocurriendo un profundo proceso socio cultural, cuyo devenir aún es muy pronto para anticiparlo.

No obstante, vale la pena pesquisar algo de lo sucede en la intersección entre los acontecimientos y los discursos que surgen de ellos, intentando recoger  pistas de lo que podría estar ocurriendo en el “alma nacional”. Partamos, entonces, por el primero de estos acontecimientos: La rebelión de octubre, que es la que le dio término a la ilusión del “oasis”, evitando verlo como un evento aislado, sino  situándolo más bien en el contexto de la llegada de la derecha neoliberal al poder.

En apariencia, todo se habría iniciado con el alza de la tarifa del Metro de Santiago impuesta el 6 de octubre de 2019. Sin embargo, entre el 14 y el 18 de octubre, los estudiantes secundarios organizaron una evasión masiva del pago de los tickets del Metro de Santiago, como protesta por el alza de sus tarifas. Al paso de los días el conflicto comenzó a escalar con el apoyo tácito de la población, hasta que el día jueves 17, estando custodiadas las estaciones por Carabineros, el conflicto se radicalizó con ataques a los torniquetes de algunas estaciones.

A las ocho y media de la noche comenzaron a sonar cacerolas en distintos barrios de Santiago y un buen número de manifestantes, la mayoría jóvenes, se congregaron a la entrada de varias estaciones del Metro e iniciaron ataques en algunas de ellas. Simultáneamente, diversos locales comerciales y supermercados fueron saqueados. Al atardecer de ese día la policía se vio superada y el gobierno, por voz de Piñera, amenazó con aplicar la Ley de Seguridad Interior del Estado, sin ofrecer salida alguna al alza de tarifas.

Pero la tensión siguió aumentando y el día viernes 18 de octubre, ante las ​ manifestaciones en las estaciones de alta concurrencia y el consecuente enfrentamiento con Carabineros, fueron progresivamente cesadas las operaciones de toda la red subterránea del Metro.  En el intertanto, casi sin una convocatoria formal, se fue conglomerando, de manera relativamente espontánea, la mayor concentración pública (estimada en más de un millón de personas en Santiago) desde la derrota de la dictadura, la que se replicó en prácticamente todas las cabeceras de provincia del país, dando origen a diversos titulares en los medios de comunicación, tales como Estallido social en Chile”, “Chile Despertó”, “Crisis en Chile de 2019” o “Revolución de los 30 pesos”.

Durante la noche de ese mismo viernes continuaron las protestas, los saqueos y aparecieron varios focos de disturbios violentos a lo largo del país, los que se extendieron al sábado 19, con estado de emergencia en ejercicio, a través de caceroleos, manifestaciones en plazas o grandes avenidas y múltiples saqueos a supermercados y farmacias, tanto en la capital como en provincia, en abierto desafío de los pobladores y los jóvenes al estado de emergencia, ante lo cual, al anochecer del día, el gobierno decretó el “toque de queda” en Santiago, Valparaíso y Concepción, que tampoco funcionó como se esperaba y las manifestaciones públicas y los saqueos continuaron de tal manera que el gobierno se vio forzado a implantar las mismas medidas de excepción constitucional primero a cinco regiones del país y más adelante a quince de las dieciséis capitales regionales

Se dice que el viernes 18 de octubre de 2019 es el día en que todo cambió en Chile y la primera señal de esto lo constituye el anuncio de Piñera, de que se suspendía el alza de 30 pesos en la tarifa del Metro de Santiago, pero eso ya no fue suficiente para aplacar la indignación ciudadana.

Con los militares en la calle, el domingo 20 la violencia no cesaba, sino todo lo contrario, y los medios informaban de las primeras muertes y de las denuncias del Instituto Nacional de Derechos Humanos, sobre los abusos y vejámenes de la autoridad. Piñera realizó esa noche la que se consideraría como la declaración más desafortunada que ha hecho un presidente de la República de Chile en democracia:  “Estamos en guerra contra un enemigo poderoso”, declaración que fue inmediatamente rechazada por los más diversos sectores del país que lo conminaron a cambiar radicalmente su tono amenazante en una cuarta alocución el martes 22 para pedir perdón al país por su discurso anterior y anunciar algunas medidas que ayudarían a combatir las brechas sociales.

Varios analistas coinciden en que, en estos acontecimientos, se notó la ausencia de líderes, sobre todo teniendo en cuenta la amplitud de la composición social de los participantes en las protestas, en las que se podía observar personas pertenecientes a las clases más desfavorecidas hasta las de nivel medio y medio alto. También coinciden en que el alza de la tarifa del Metro, sólo fue el factor gatillante para expresar un profundo malestar social alimentado por el alto costo de la vida, las​ bajas pensiones, los elevados precios de remedios y los tratamientos de salud, el descrédito de las instituciones y de la política, los flagrantes abusos de los detentores de algún poder y las indignantes desigualdades de la sociedad chilena… ¡Nada menos!

Con todo, aparte de los daños a la infraestructura pública, estimados en más de 3.500 millones de dólares, la rebelión de octubre tuvo un costo humano y social bastante elevado: más de 30 fallecidos, cerca de 4 mil civiles hospitalizados, 2 mil carabineros lesionados, cerca de 9 mil detenidos y, según los organismos dedicados a la defensa de los derechos humanos (Instituto Nacional de Derechos Humanos, Amnistía Internacional, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Human Rights Watch y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos) hubo una gran cantidad de transgresiones a los derechos humanos entre las que se cuentan detenciones arbitrarias, torturas y vejaciones sexuales, entre otras.  El gobierno sólo ha reconocido la existencia de algunos casos puntuales de “exceso” policial, pero descartado la ocurrencia sistemática de éstos (que, obviamente, implicaría la existencia de órdenes superiores).

Una vez calmadas un poco las cosas, gracias a la intervención de diversas instancias del país, incluyendo a los partidos y políticos de la oposición, Piñera, mediante un discurso extrañamente congraciativo, muy diferente a su tono arrogante anterior a octubre, anuncia una serie de medidas, supuestamente encaminadas a responder a las demandas expresadas en las protestas (según cómo las entendió el gobierno y sus partidos) que llamó “Nueva Agenda Social”.

Días después, el 15 de noviembre, se produjo un acuerdo entre el gobierno en el Congreso Nacional, y firmado por la mayoría de los partidos políticos con representación parlamentaria, en el que se acordó convocar a un plebiscito nacional en abril del 2020 para definir si se aprueba o no la redacción de una nueva Constitución Política y qué mecanismo sería utilizado para ello.

Muchos dijimos “se asustó la derecha” ante la fuerza y masividad de la rebelión social. Pero esto no pasaba de ser una simple especulación surgida de la intuición. Afortunadamente existen profesionales dedicados a analizar discursos, mediante herramientas de inteligencia artificial[5] que aplicaron a los cuatro discursos de Piñera pronunciados en los días viernes 18sábado 19domingo 20 y martes 22 de octubre. Para su análisis, Mansilla y Manríquez (M&M) se basaron en el modelo de Robert Plutchik[6].

En este cuadro se puede observar una cierta polaridad emocional en los discursos de Piñera: a lo largo de esas fechas aumentan simultáneamente su optimismo y su temor, pero si se toman los valores promedio de estos porcentajes, se extraen dos conclusiones: por un lado, el desprecio y el temor sumados están presentes en un 51%, mientras que la agresividad y el optimismo alcanzan sólo un 33%; por otro lado. Llama la atención la estabilidad del factor optimismo, considerando las circunstancias que debió afrontar y los continuos retrocesos que fue obligado a asumir desde su declaración de “oasis”. Es posible que esto tenga que ver con un tema de carácter, pero eso no interesa por el momento; lo que sí interesa, es saber cuánto el personaje sigue representando a sus seguidores, al empresariado, a los partidos que lo apoyan y a la derecha en general. Si así fuese, el estudio parece confirmar la idea de que la derecha se asustó con la rebelión de octubre, pero su conducta posterior pareciera indicar que lo estaría superando.

Supondré, por el momento, que no lo ha superado totalmente y, supondré también, que el cambio de vocabulario de las autoridades, caracterizado por un exagerado y sistemático uso de expresiones como “empatía”, “del fondo de mi alma” o “del corazón”, “con el mayor respeto”, “agradezco infinitamente”, “hay que ser  solidarios”, “necesitamos la colaboración”, “hay que actuar unidos”, etc., etc., poco o nada tienen que ver con la economía, el mercado, el individuo y, en suma, con el modelo neoliberal.

Tiendo a creer que este nuevo tamizaje cultural representa algo más que un simple ajuste derivado del temor al pueblo o de algún análisis de conveniencia.  Más bien parece ser un resultado no esperado del rudo contraste entre el “modelo” y su lenguaje con una realidad que, tras haber estado contenida por demasiado tiempo, emergió con insospechada energía y con su propio lenguaje.

Más allá de los temores o giros adaptativos de Piñera o la derecha, interesa verificar si los cambios de vocabulario descritos, pudiesen indicar movimientos en la visión y la cultura política de ese sector. Por de pronto, si revisamos las condiciones neoliberales de aceptabilidad de políticas de gobierno[7], la rebelión de octubre contravino frontalmente, hasta invalidarlas, las relacionadas con la contención pacífica de las demandas sociales y laborales y con el aseguramiento del orden público y la seguridad funcional del país. Respecto de las otras condiciones (privilegiar lo individual por sobre lo comunitario y favorecer el funcionamiento pleno de la economía, los mercados y los negocios)  precisamente el acontecimiento de octubre se inició con la decidida contravención de los jóvenes secundarios a la libertad de la empresa Metro para definir sus tarifas y, a todo lo largo de los conflictos, lo individual pasó a un segundo o tercer lugar.

En un lenguaje metafórico, diríamos que el individualismo neoliberal, es hijo natural del concubinato conceptual entre una adolescente idea (el individuo es la unidad humana básica de la sociedad) y un envejecido concepto (el mercado es el mejor asignador de los recursos sociales). La fuerza de la rebelión de octubre y la crudeza de la pandemia, se confabularon para mostrar la fragilidad de este concubinato, que no pudo oponerse a que la noción de persona como sujeto de derechos y de dignidades, resurgiera como la verdadera unidad básica de la sociedad, desplazando a la de individuo, identificado por sus necesidades y su rol consumidor, muy debilitado por la reducción de los mercados.

En los meses recientes meses hemos visto cómo distintos países reaccionaron de diferente manera frente a la pandemia y, obviamente más temprano que tarde mostraron distintos resultados. Unos, aceptaron la gravedad de la crisis sanitaria y optaron por el confinamiento total o muy amplio.  Algunos, negaron inicialmente la urgencia de reaccionar ante tal crisis, pero tuvieron que aceptar hacerlo cuando sus países mostraron un gran número de infectados y muertos (Italia, España).  Otros, gobernados por personajes cuya mentalidad, arrogancia, ideología, ignorancia o estupidez los lleva a admitir sin problema que igual morirían muchas personas, por lo que era conveniente  privilegiar la salud de sus economías (USA, Brasil).

En Chile se optó por una estrategia intermedia (de inspiración neoliberal) en un controvertido intento inicial de cuidar la salud de la población y la golpeada economía. Esta decisión generó una animada controversia entre el gobierno central y los gobiernos locales, que la porfiada realidad dirimió tácitamente a favor de estos últimos, lo que, finalmente, ha servido para corregir, en parte. los reiterados errores de una burocracia plutocratizada y excesivamente alejada de lo que sucede en la base de la sociedad chilena.

Uno de los aspectos más paradojales de lo que está ocurriendo con la pandemia COVID-19 es que, al mismo tiempo que se le exige a la población abandonar todo contacto con otros en la vida práctica, a nivel cultural se promueve, con especial intensidad, la colaboración, la solidaridad, el auto cuidado como forma de cuidar a los demás, la comunidad de propósitos, el respeto por los que cuidan a los demás y a las normas propiciadas por las autoridades del Estado. La pregunta que nos podemos hacer es cuánto de toda esta configuración valórica -nítidamente antagónica con los principios neoliberales- logrará permear la cultura y la convivencia nacional, una vez que sea posible recuperar algo de la “normalidad”, cualquiera sea la forma que ésta tenga en el futuro.

En estos días se están repartiendo dos millones y medio de cajas de alimentos en las casas clasificadas como hogar de familias vulnerables, iniciativa que implica un esfuerzo de logística y distribución de tal magnitud, que llevó a muchos a preguntar… ¿No era más fácil aumentar el subsidio de la emergencia en lo mismo que cuesta la caja? Sería más expedito y fácil de administrar. Efectivamente, no es para nada una solución práctica, aun sabiendo que hay buenos argumentos para cualquiera de las dos opciones. Esto nos lleva a pensar que en realidad se trata de un “inversión política” de la que se espera obtener réditos de corto plazo y este es, precisamente, su mayor riesgo (toda inversión conlleva riesgos).  Aquí aparece la “especialización” especuladora del Presidente: recordemos la exhibición mundial del papelito de los mineros. También podríamos preguntar: ¿Por qué no se operó a través de las cocinas comunitarias?

Francamente no parece que las autoridades de gobierno hayan aprendido mucho. De verdad impresiona el nivel de polaridad de sus actuales discursos (polaridad ya detectada en el estudio de M&M, en el caso de Piñera). Cada vez que hablan, junto al tema que justifica sus discursos, alternativa y rutinariamente se refieren a costos de lo que sea, pero expresados en miles o millones de dólares, cifras que resultan indescifrables para la mayoría de las personas y luego a aluden a ciertos sentimientos básicos, que parecen generarles la ilusión de cercanía con la gente.

Finalmente me pregunto: ¿serán conscientes de que están ayudando a construir su propio caballo de Troya?

En fin, Dios y la Historia dirán…

 

Notas

[1] “El Corona Virus y el Neoliberalismo”

[2] Según la RAE Se denomina hegemonía al dominio de una entidad sobre otras de igual o similar tipo.

[3] El estrés, del latín stringere (apretar) es un concepto derivado de término inglés “stress” (‘fatiga de material’) y se trata de una reacción del organismo sometido a eventos traumáticos o demasiado exigentes para su funcionamiento natural.

[4]  El concepto de “capital humano” parido en los 80’s, década de gran florecimiento del capitalismo financiero, es un buen ejemplo de ello. Discutimos esto con más detalle en el libro “Ni Recurso Ni Capital….Patrimonio Humano”

[5]  Javier Mansilla y Claudio Manríquez, ingenieros civiles industriales de la Universidad del Bío-Bío utilizando “Data Scientist” de Krino, empresa especializada en procesamiento digital de datos no estructurados

[6] El psicólogo Robert Plutchik es el creador de la Rueda de Emociones que identifica ocho emociones básicas (temor, sorpresa, tristeza, disgusto, ira, esperanza, alegría y aceptación)

[7]  Condiciones: a) que privilegien lo individual por sobre lo comunitario; b) que favorezcan un funcionamiento pleno de la economía, los mercados y los procesos de negocio internos y externos; c) que contengan pacíficamente las demandas sociales y laborales y d) que aseguren el orden público y la seguridad funcional del país.

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