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Lectura: Las tres izquierdas y el fin de la política del siglo XX
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Opinión

Las tres izquierdas y el fin de la política del siglo XX

Última actualización: 24 de enero de 2026 3:09 pm
13 minutos de lectura
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woke izquierda
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La izquierda no está en crisis por su discurso, sino porque sigue pensando el siglo XX en un mundo gobernado por infraestructuras tecnológicas que reordenan el poder, la desigualdad y la democracia.

Por Guido Girardi y Rodrigo Ramírez.- Durante décadas, la izquierda creyó que su crisis era ideológica. Que había perdido el relato. Que debía modernizar su lenguaje, que debía ajustarse a mejores cuñas. Que necesitaba nuevas causas o nuevos liderazgos. Pero la verdadera crisis no es de discurso, es de época. La izquierda no está en crisis porque ya no sea “sexy” o diga cosas equivocadas, sino porque sigue discutiendo los conflictos del siglo XX en un mundo que ya se desplazó al siglo XXI.

La reciente columna de Mauro Basaure, “El fin de una izquierda”, publicada en El Mostrador, pone el dedo en una herida real: el proyecto de una izquierda única, aquella capaz de integrar bajo una misma bandera la redistribución material y las luchas de reconocimiento cultural, ha colapsado políticamente. La promesa de una síntesis armónica entre justicia social y políticas identitarias terminó produciendo ambivalencia estratégica, confusión programática, descuelgues tácticos y derrotas electorales.

Basaure propone entonces separar el campo en dos proyectos distintos. Por un lado, la izquierda materialista, centrada en redistribución, trabajo, seguridad social y soberanía; y por otro, una izquierda cultural o con tildes progresistas, enfocada en derechos, identidades, diversidad, género y ecología. Ambas legítimas, ambas necesarias, pero políticamente irreductibles a un solo proyecto unificador y coherente.

El diagnóstico es correcto, pero incompleto. Porque tanto la izquierda materialista como la cultural comparten un supuesto que se desvaneció, que ya no se sostiene como categoría estructurante: que el eje central del conflicto histórico sigue siendo económico o simbólico. Lo que ninguna de esas dos izquierdas ha terminado de asumir es que hoy existe un nuevo lugar donde ambas se reconfiguran y metabolizan, dando paso a una estructura superior: un tercer eje de poder, el poder tecnológico.

La tecnología ya no es un sector. No es una herramienta. Es la infraestructura civilizatoria del presente. Hablar de la tecnología como nuevo eje del poder no significa negar los conflictos económicos ni las luchas simbólicas. Significa algo más complejo y profundo: ambos se reordenan dentro de la arquitectura tecnológica que estructura la sociedad de hoy.

La desigualdad económica ya no se produce solo por la distribución de la riqueza, sino por el acceso diferencial al conocimiento, a los datos, a las plataformas, a los sistemas de automatización y a las infraestructuras digitales. El capital del siglo XXI no es solo financiero o industrial: es algorítmico, es entrenamiento, es informacional y cognitivo.

Del mismo modo, el conflicto simbólico ya no se juega solo en el espacio cultural tradicional, sino en los entornos digitales que modelan identidades, emociones, discursos y percepciones. Las plataformas digitales no solo distribuyen contenido: producen subjetividad, jerarquizan visibilidad, amplifican ciertas narrativas y silencian otras.

En ese sentido, la tecnología no reemplaza lo económico ni lo simbólico, sino que los concentra, los acelera y los gobierna. Es el nuevo plano donde se decide simultáneamente quién tiene recursos y quién tiene voz, quién accede a oportunidades y quién queda invisible, quién define el sentido y quién queda reducido a dato.

Por eso el poder tecnológico no es una simple categoría junto a los otros dos, sino el metaeje donde hoy convergen y se articulan todas las formas de poder: el material, cultural, político y cognitivo.

El conflicto del siglo XXI no es entre economía y cultura, sino por la arquitectura tecnológica que hoy define simultáneamente quién tiene riqueza y quién tiene —y le da— sentido.

Así, la primera no termina de entender el valor que en el capitalismo y las relaciones de poder tiene el capital algorítmico; mientras la izquierda cultural no advierte cómo las actuales plataformas son —o van camino a convertirse en— las principales modeladoras de la subjetividad.

Ergo, la “tercera izquierda” puede representar una síntesis superadora y no una simple tercera línea que se suma a las anteriores. Esto cambia toda la estructura y cohesiona el entorno y el contorno.

Aquí emerge una tercera izquierda, una izquierda tecnológica-humanista, que lucha por asegurar que la humanidad siga siendo sujeto de su propio futuro.

Esta nueva infraestructura civilizatoria define cómo trabajamos, cómo nos informamos, cómo nos vigilamos, cómo decidimos, cómo votamos, cómo se distribuye el poder, cómo se produce la verdad, cómo nos cuidamos, cómo se ejerce la violencia, cómo se construye la subjetividad.

La inteligencia artificial, los datos masivos, la automatización, la biotecnología, las plataformas digitales, la neurotecnología y los sistemas algorítmicos no son “temas” dentro del debate político. Son el nuevo sistema nervioso de la sociedad.

Y sin embargo, la izquierda —tanto la materialista como la cultural— sigue tratándolos como simples anexos: la IA como problema laboral, los datos como recurso económico, las plataformas como entretención, la automatización como externalidad, el entrenamiento algorítmico como proceso del negocio.

Pero el problema es mucho más radical y evidente: quien controla la tecnología controla lo que es posible.

Esta tercera izquierda es distinta en naturaleza, no en matiz. Una izquierda que no se define por redistribuir el pasado ni por reconocer identidades, sino por asegurar que la humanidad siga siendo sujeto de su propio futuro.

Si la izquierda material luchó por la justicia social, y la izquierda cultural luchó por el reconocimiento, la tercera izquierda lucha por la gobernanza del porvenir.

Es una izquierda tecnológica-humanista, civilizatoria, anticipatoria. Su eje no es la renta ni la identidad, sino la soberanía sobre los sistemas que organizan la vida.

No discute solo cuánto se reparte. No discute solo quién es reconocido. Discute quién diseña el mundo que viene.

La tecnología no es neutral; encarna valores; sin gobernanza democrática amplifica desigualdades, erosiona derechos y puede vaciar de sentido a la propia democracia. La pregunta política central ya no es solo quién gobierna el Estado, sino quién gobierna los algoritmos, los datos y los sistemas inteligentes.

Y esto no es un delirio latinoamericano. Hace unos días, en Davos 2026, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, afirmaba que el orden internacional basado en reglas se está desmoronando, que el mercado ya no puede autorregular los riesgos sistémicos y que las tecnologías estratégicas requieren nuevas formas de cooperación política, soberanía y gobernanza global.

Traducido al lenguaje político real, hasta el propio capitalismo reconoce que el desplazamiento del eje de poder avanza desde la dimensión financiera a la tecnológica-estratégica.

El dilema real ya no es si la izquierda debe ser más radical o moderada. El dilema es si la izquierda seguirá defendiendo solo derechos del pasado o si será capaz de defender la posibilidad misma de tener futuro.

La tercera izquierda no promete más consumo, más subsidios ni más reconocimiento simbólico. Promete algo más radical: que la inteligencia artificial no reemplace la democracia, que los datos no se transformen en instrumentos de dominación, que la tecnología no vacíe de sentido la condición humana.

Cómo volver a cautivar y reconstruir una izquierda que se vació. Si la izquierda quiere volver a cautivar, lo primero que debe hacer es dejar de hablar solo para sí misma. Durante años se encerró en lenguajes técnicos, morales o identitarios que la alejaron de las mayorías, mientras la vida real se llenaba de incertidumbre, miedo, precariedad y sensación de pérdida de control.

Volver a convocar implica recuperar una promesa histórica comprensible: la seguridad existencial en un mundo tecnológico inestable. No seguridad policial, sino seguridad humana frente a la automatización del trabajo, la manipulación algorítmica, la pérdida de privacidad, la fragilidad climática y la sensación de que nadie gobierna realmente los sistemas que organizan la vida.

Nuestra vida cotidiana, nuestro espacio común, está cuasi totalmente digitalizado y, en consecuencia, nuestra trayectoria ordinaria se explica por la misma lógica del poder.

¿Dónde está, por tanto, el impacto en la vida diaria de Jocelyn, que trabaja en el centro comercial? Tiene que ver con todo. Con que el sistema que organiza su trabajo ya no lo decide solo su jefe, sino un software que mide ventas, tiempos, turnos y productividad. Con que el crédito que le ofrecen, el interés que le cobran, el seguro que le aprueban o no, si es sujeta de subsidios o no, y hasta las ofertas que ve en su celular, ya no las decide una persona, sino algoritmos que nadie le explica y que ella no puede reclamar. Con que mañana su puesto puede ser reemplazado por una caja automática, una app o una inteligencia artificial, sin que exista hoy una política que la proteja, la recicle o le asegure un futuro.

Pero también hay una buena noticia para Jocelyn. La misma tecnología que hoy la vigila, la mide o la precariza puede ser la herramienta que le devuelva tiempo, dignidad y oportunidades. La inteligencia artificial puede servir para mejorar la seguridad en el barrio, reducir jornadas, automatizar tareas repetitivas, acceder a tiempo a prestaciones de salud, personalizar la educación, facilitar el acceso a servicios del Estado, ayudarla a capacitarse sin costo, emprender sin intermediarios y tomar mejores decisiones en su vida cotidiana. El problema no es la tecnología: es quién la controla y para qué se usa. La propuesta de la tercera izquierda no es frenar el futuro, es poner la tecnología al servicio de las personas, para que trabaje para Jocelyn y no al revés.

La izquierda del futuro no se reconstruye con más consignas, sino con capacidad de anticipación. Debe dejar de reaccionar a los cambios y empezar a explicarlos antes de que ocurran, traducirlos a lenguaje ciudadano y proponer marcos de protección colectiva.

Hubo un tiempo en que la política de izquierda luchó por el derecho a votar. Luego luchó por el derecho a trabajar con dignidad. Después luchó por el derecho a existir sin ser discriminado. Hoy esta política enfrenta una frontera más radical, que es el derecho a seguir siendo humanos en un mundo gobernado por sistemas que ya no entendemos.

La tercera izquierda no es una corriente. No es un partido. No es una moda ideológica. Es el nombre político de una intuición profunda: que el progreso sin conciencia no es progreso, que la innovación sin ética no es libertad, y que el futuro sin democracia no es futuro.

Por primera vez, la misión histórica de la izquierda no es solo cambiar la sociedad. Es evitar que la humanidad se vuelva irrelevante en la historia que ella misma escribió y está escribiendo.

Guido Girardi Lavín, Vicepresidente Ejecutivo Fundación del Futuro
Rodrigo Ramírez Pino, Director Programa políticas digitales en FLACSO

ETIQUETADO:izquierdapolítica
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